Autoría de 5:09 pm Desde la UNAM

El Teeteto contemporáneo, o un diálogo sobre la vocación científica – Aldo Ledesma Durán

Escena: En el patio central de la UNAM-Juriquilla, bajo la amplia copa de un sabino que filtra la luz del mediodía, Sócrates, un viejo científico de barba canosa, reposa en un banco. A él se acerca un joven de veintitantos años, mochila cargada de libros, laptop y una expresión inquieta.

Teeteto: ¡Maestro! He oído que usted sabe interrogar el alma de quien desea consagrarse al conocimiento de la naturaleza. Yo anhelo con todo mi ser dedicarme a la ciencia, pero cuanto más leo y escucho, más dudas me asaltan. Mis amigos me advierten que es un camino de penurias y números desalentadores. ¿Podrías ayudarme a examinar si poseo vocación?

Sócrates: Con gusto. Mas antes de responderte, permíteme preguntarte: ¿qué entiendes tú por “ser científico”?

T: Descubrir cómo funciona el mundo, plantear preguntas, diseñar experimentos, publicar hallazgos y, tal vez, contribuir a que la vida de los hombres sea mejor.

S: Bien. Pero hoy día, máquinas poderosas llamadas IA leen en minutos miles de artículos, proponen hipótesis, diseñan experimentos e incluso redactan textos. ¿Qué queda, entonces, para el mortal que aspire a ser científico?

T: Queda… decidir qué preguntas merecen ser formuladas, interpretar con sentido lo que las máquinas arrojan, y quizá conectar ideas que ningún algoritmo ha previsto.

S: Pero dime, ¿quién elige las preguntas dignas? ¿La máquina, que sólo recombina lo ya pensado según patrones del pasado, o el alma humana que se asombra, que busca, que sueña despierta?

T: El alma humana, sin duda.

S: Entonces la primera virtud del científico es el asombro profundo, esa curiosidad insaciable que no se conforma con respuestas rápidas o superficiales. Dime sinceramente: cuando contemplas las estrellas en la noche, o la división de una célula bajo el microscopio, ¿sientes ese fuego que quema por dentro?

T: Sí, lo siento. Pero confieso que a menudo me distraigo. Mi generación parece incapaz de sostener la atención más de unos minutos. El celular vibra con notificaciones y mi mente se dispersa.

S: ¡Ah, la atención! La joya más preciada y olvidada. La máquina no se cansa ni se aburre, pero tampoco se apasiona. Tú, en cambio, puedes pasar horas ante un problema arduo si la curiosidad arde con fuerza. Pregúntate: ¿eres capaz de silenciar ese espejo negro y sumergirte en un libro denso o en un cálculo prolongado sin buscar recompensa inmediata?

T: A veces sí, a veces no. Me cuesta trabajo. La dopamina me traiciona.

S: Entonces cultiva la disciplina como quien fortalece un músculo. Porque la ciencia exige perseverancia ante el fracaso: los experimentos fallan, el programa no corre, los artículos son rechazados, las becas escasean. ¿Podrás levantarte una y otra vez sin que el ánimo se quiebre?

T: Tengo miedo de que la ansiedad me venza. Muchos de mi edad sentimos presión constante, incertidumbre. Además, en nuestro país los números son crueles: apenas invertimos en ciencia, comparados con otras naciones. Son pocos los investigadores, los reactivos tardan meses, los equipos son obsoletos. ¿Cómo cultivar la virtud en un desierto así?

S: El suelo es árido, cierto. Pero dime: ¿crece más fuerte el roble en un invernadero donde todo se le ofrece, o el cactus que aprende a extraer agua de la piedra?

T: El cactus, claro. Pero el cactus no necesita microscopios electrónicos ni secuenciadores de ADN.

S: Tienes razón. Sin embargo, cuando los recursos son escasos, cada descubrimiento pesa más. Si hubiera miles en cada esquina, tu aporte sería sólo un grano de arena en la playa. Mas siendo tan pocos, cada avance en este país, cada vida que inspires, adquiere un valor inmenso. 

T: Y hay otra estadística que me inquieta más que los presupuestos: los diez años. Licenciatura, maestría, doctorado, posdoctorado. Mis amigos que estudiaron finanzas o actuaría ya tienen autos y departamentos, mientras yo sigo mendigando becas, estirando el desayuno.

S: Ahí está el nudo. Si tu felicidad o, desafortunadamente, tu sustento dependen de la rapidez del retorno, tal vez has elegido mal el camino. Pero considera esto: mientras muchos buscan atajos, las máquinas resuelven ecuaciones, problemas, ensayos en segundos. ¿Qué sucederá con las mentes que sólo persiguen resultados rápidos?

T: Se volverán dependientes. Sus facultades se atrofiarán por desuso.

S: ¡Exacto! Vivimos una gran atrofia cognitiva colectiva. Y aquí te pregunto: ¿es desventaja invertir diez años en aprender a pensar con profundidad? ¿O es, por el contrario, tu mayor ventaja?

T: Quiere decir que el científico será de los pocos que aún conserven la capacidad de bucear en el abismo, mientras otros se ahogan en un mar de información somera.

S: Así es. Pero para ello debes vencer al peor enemigo: no al gobierno que recorta presupuestos, ni a la industria que importa tecnología ajena, sino a tu propia dispersión. Si no dominas tu concentración, ¿cómo pretendes dominar las leyes de la naturaleza?

T: Sócrates, me pide ser un gigante: paciencia de monje, mente de filósofo, habilidad de programador, piel de rinoceronte y peor aún ¡el metabolismo de una planta! 

S: No te lo pido yo, joven. Si realmente eres científico, te lo exige tu propia alma, te lo exige tu tiempo. Tienes toda la información del mundo en la palma de la mano, pero quizá la menor capacidad de la historia para realmente procesarla. Ser científico hoy en México es un acto de pasión y rebeldía: decir “no seré mero consumidor de algoritmos; seré quien los cuestione y trascienda”.

T: A pesar de las estadísticas, de los salarios modestos, de la gran probabilidad de fallar … esa rebeldía me seduce.

S: Entonces imagina tu vida dentro de veinte años. ¿Te ves más feliz resolviendo rompecabezas difíciles del universo, aunque sea con recursos modestos, o prefieres la seguridad de una profesión lucrativa y predecible?

T: Me veo más feliz con los rompecabezas, aunque el camino asuste.

S: Parece, pues, que sí tienes vocación. La vocación científica no promete riquezas ni estabilidad; bien entendida, es el bálsamo que te dará a ti, con esa sed y ansia de saber, la coherencia entre lo que te asombra y lo que eres. Cultiva, pues, la curiosidad insaciable, la atención profunda, la resiliencia ante el fracaso y la creatividad indomable. Y recuerda: no estudies ciencia para sentirte superior, ni para competir con algoritmos, ni para complacer a tu ego o la ambición monetaria. Estúdiala para no traicionarte cuando estés a solas con tus preguntas.

T: Gracias, maestro Sócrates. Empezaré hoy mismo.

S: Cuando el alma elige su verdadera senda, la certeza no aguarda al final del camino, sino que se manifiesta en cada aurora. Se reconoce porque, incluso bajo el peso del infortunio y los vientos en contra, el espíritu se mantiene sereno. Buena suerte Teeteto.

El doctor Aldo Ledesma Durán es profesor en la Facultad de Ciencias, de la UNAM Juriquilla

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Last modified: 19 julio, 2026
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