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Queridos objetos encuadernados – Víctor Roura

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No entenderemos nunca qué es un libro, dice William H. Gass (Estados Unidos, 1924-2017), “y por qué el libro vale más que varias personas y, aún más, por qué es menos prescindible que una persona, si olvidamos la importancia de su cuerpo, ese edificio que fue construido para guardar juntas y a salvo las líneas del lenguaje a través de muchas aventuras a lo largo del tiempo. Las palabras en una pantalla tienen, seguramente, cualidades visuales, y éstas se delinean iluminando su forma, pero no tienen materialidad, son simplemente sombras, y cuando la luz cambia desaparecen. Fuera de la pantalla no existen como palabras. No aguardan para ser vistas de nuevo, releídas, sólo esperan para re-hacerse, para ser encendidas de nuevo. No me puedo ir con ellas debajo de un árbol o a un porche; no puedo discutir con ellas en sus márgenes; no puedo disfrutar del recuerdo de mi consternación cuando, quizás años más tarde, regreso a mi atesorada copia de La isla del tesoro para encontrar la jalea que descuidadamente embarré manchando la página justo en la parte en que Billy Bones saca a Perro Negro del Admiral Benbow con una sarta de amenazas y donde, al fallar, el blanco de su machete hace una muesca en el anuncio de la posada”.

      El texto, originalmente aparecido en Harper’s Magazine en noviembre de 1999, fue publicado, en traducción de Alma Parra, por la revista Historias —que editaba cada cuatro meses el Instituto Nacional de Antropología e Historia—, que con dicho ejemplar celebró su número 50. El ensayo, intitulado “En defensa del libro”, es un bello alegato a favor de este necesario instrumento literario: “Mi ejemplar —decía Gass refiriéndose al volumen de Robert Louis Stevenson—, que todavía tengo, era de los más baratos. Fue publicado por M. A. Donahue y Co. de Chicago, no tiene fecha, y sus corrientes páginas están amarillentas y quebradizas, pese a todo lo cual han sobrevivido a su productor, y sobrevivirán a su lector (lo que es reconfortante aunque un poco triste a la vez). Sus páginas, de hecho, huelen a su edad, a su decrepitud, y la embarrada de jalea es como un moretón viejo; como la cicatriz que hizo Marcel con su magdalena, como recuerdo de su accidente; yo recuerdo también como un golpe en mi pecho cuando la mancha negra era presionada en la palma de Billy Bones y Blind Pew aparecía en una calle, en un pasaje que incluso yo sabía era una pieza de prosa ejemplar”.

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Decía Gass que el libro de Stevenson y él se querían mutuamente, y no se refería sólo al texto: “El libro, que entonces estaba nuevo, con su cubierta lisa y brillante, su papel centelleante como el mar agitado y listo, como Long John Silver para una pelea. Su pasta, firme como el elástico de la ropa interior nueva, no flojo como está ahora, después de tanto abrir y cerrar, y de tantos años de resequedad, ese libro le había nacido a mi cuarto y vivió en él durante mis miserias preparatorianas en un librero de tienda barata, y también me acompañaría a la universidad empacado en una bolsa de lona que yo cargaba como marinero”.

      Su cuerpo, el del libro, “puede haber sido hecho a máquina de forma muy barata, y puede que se hayan impreso muchas copias de esa edición, pero actualmente todo el tiraje debe estar disperso, reducido a su papel de mi viejo compañero de clase, al que veo en una reunión ocasional junto con las ediciones de Malory y Mann, Nietzsche y Schopenhauer, Hardy y Spengler, tristes amigos de mi triste juventud. Cada copia tomó camino hacia las librerías en busca de compradores a quienes hacer afortunados, y cada uno ha tenido su historia de éxito o fracaso, acomodado entre rarezas y piel o bien, después de una semana de inundar de llanto la librería, encontrarse de repente en un ghetto de segunda mano, botado en un ‘deshuesadero’, como se dice de los coches, por una bicoca, habitualmente por herederos insensibles”.

      Sin embargo, afirmaba Gass que a todos nos encantan “las refacciones”. Las rescatamos “como huérfanos de la congoja dickensiana. Yo primero tomo el volumen de arriba hacia abajo y sacudo sus páginas hacia fuera, como si estuviera sacudiendo fruta de un árbol: salen palillos y pasadores, tarjetas y virutas de papel, la envoltura aplanada de un chicle Doublemint, un obituario del autor del libro, cuidadosamente doblado, un recorte de periódico que acidificó las páginas oscureciéndolas o, de vez en cuando, un mensaje escondido en el texto como el que saqué de un volumen que le perteneció a Arthur Holly Compton (y que me vendió la biblioteca de su propia universidad)”: era, el mensaje, el borrador de un telegrama dirigido a un alto comisionado de Estados Unidos a cargo de las tropas de ocupación en Alemania requiriendo el envío inmediato de Werner Heisenberg a Estados Unidos: “¿Debemos atribuir nuestros sentimientos por el objeto y sus vicisitudes a un sentimentalismo nostálgico, o a lo que asumimos comúnmente como resistencia al cambio? Yo pienso que no —respondía Gass a su propia pregunta—; incluso como estímulo de la memoria, un libro atesorado es más importante que una tarjeta de baile, o la foto que te congela a punto de caer en la orilla del Gran Cañón, porque ese libro puede ser un evento importante en la historia de tus lecturas, y tus lecturas (asumiendo que tú eres importante) deben constituir un segmento esencial de tu carácter y tu vida. A diferencia del amor que hacemos o de los alimentos que comemos, los libros se congregan a nuestro alrededor formando un registro de lo que ha llenado nuestro estómago o nuestro cerebro. No son trofeos de caza, sino los mismos animales vivos”.

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En la logotipia ideal, asumía Gass, “cada persona tiene su propia biblioteca y la incrementa semanal si no es que diariamente. Las paredes de cada hogar parecen hechas de libros, y para donde uno voltea sólo ve lomos, porque cada libro de verdad (no diccionarios, almanaques y otras compilaciones) representa una mente, una imaginación, una conciencia. El conjunto forma una civilización, o incluso varias. Las utopías, sin embargo, tienen la mala costumbre de ocultar las recetas para el éxito, los requisitos del poder, las reglas que tienen que ver con la conducta, que algún día alguien tendrá que observar, emplear y poner a funcionar para que, una vez cumplidas, puedan conservar la esencia de su existencia. Los libros me han enseñado lo que es el verdadero dominio, cuál es una regla correcta, es como el consentimiento y esfuerzo del lector que soñará con los sueños de una página que lo merezca y no esperará nada más que sus palabras a cambio”.

      Pero sólo unos cuantos son los afortunados de poseer su propia biblioteca (de “vivir en Logotipia”, aseveraba Gass), pues “para muchos esto no es posible, y por ello necesitamos una institución libre y abierta con una colección equilibrada de libros bajo su custodia y para préstamo, con repisas donde el visitante pueda vagar, curiosear y realizar descubrimientos; una institución que como pocas le otorgue al público ese poder. De hecho, no tiene rival ya que los libros de una biblioteca pública son los libros que temporalmente pueden residir en su biblioteca o la mía. Nosotros compartimos su riqueza del mismo modo que compartimos el espacio en un parque público”.

      Pero hoy en día se alega que las ciencias ya no usan libros, “tampoco las profesiones ya que lo que todos necesitan son datos, datos día y noche, porque los datos, como las drogas, adormecen los sentidos y nos estimulan a pensar qué somos, cuando estamos en el punto más alto de su acumulación, en la cima del mundo”.

      Sí: los datos pueden estar encerrados en los libros, pero éstos no importan ya que, hoy, la información puede estar correctamente insertada en párrafos sumarios en algún portal puntocom de las computadoras para satisfacer las demandas de los apresurados solicitantes. Y, bueno, no tienen necesidad ya de los libros. Su corazón no los abriga porque estos queridos objetos encuadernados no tienen en sus páginas, para desgracia suya, un cajero automático ni un servicio de chateo a domicilio.

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Last modified: 21 septiembre, 2026
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