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La sabiduría procede de tener una pregunta para todo – Víctor Roura

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Y por no leer más que mensajes informales (¿pero hay acaso noticias digitales formales?) no se sabe, por ejemplo, que gracias al literato dublinés Jonathan Swift (en efecto: el autor de Los viajes de Gulliver, quien naciera en el año 1667 y falleciera 77 años después en 1745 en su ciudad natal) un portal con millones de visitas como Yahoo es debido a él. O que Kafka (Praga, 1883-1924) hizo hablar a un gorila, tema retomado por el también Nobel sudafricano J. M. Coetzee (1940). O que ya Ray Bradbury (Illinois, 1920-2012) preveía los incendios de las bibliotecas como una colosal metáfora de la extinción del papel.

      Yo estoy sumido en estas historias.

      Porque creo irremediablemente en los buenos escritores. Y tengo que leerlos para poder evaluarlos. No creo, digamos, en Murakami (Japón, 1949). Porque lo he leído, y es un escritor que también tiene prisa, y todo me lo quiere decir con premura, descuidando sus letras, su sintaxis, su estilo. A mí no me gustan esos escritores (como Ken Follett —Reino Unido, 1949—, de quien se aseguraba que vendía millones de ejemplares en aquellos tiempos, ¡ay!, en que nadie, ¡ja!,  leía un libro: por lo menos en México el promedio era, antes de la pandemia, de casi un libro al año por cada habitante, según se acotaba, aunque de manera oficial se resaltaba que eran 2.6 libros por año, es decir casi tres por año, vaya uno a saber si estas cosas eran ciertas o mera especulación) que se apresuraban en escribir sus libros porque tenían la certeza, gracias a sus excepcionales agentes literarios, de que iban a obtener millones de dólares por lo que escriban.

          ¿Y cómo puede saberse esto?

      ¿Que hay escritores que engañan y otros que no?

      Sólo hay una auténtica fórmula: leerlos, leer, leer siempre. Así como uno puede percibir la música mediana sólo escuchando música, y conocer qué teatro es mediocre sólo yendo al teatro, y valorar una buena película sólo asistiendo con regularidad a las salas de cine, también el pulso de la lectura se obtiene a través del impulso lector.

      O nos va a pasar como a la rica booktubera que no sabía que la película La Odisea está basada en el poema, de igual nombre, del clásico Homero.

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Manufacturando este artículo pude percatarme, gracias a la gracia internáutica de algunas amistades, que hay varios textos míos, sin su correspondiente crédito, en la red mundial. Yo vi uno, en el buscador de William Faulkner, tal cual, sin modificar una sola palabra de mi original, un íntegro escrito mío como si fuera de… de… de… en realidad no sé de quién, porque carece de firma, lo cual me causó una breve sonrisa, porque, una vez más, pude comprobar, sin querer, los síntomas antidemocráticos de los portales en aras de una compulsión informativa.

      No estaría mal si toda la información fuera anónima, pero no es así. Sino la catalogación es piramidal: si un escrito lo firma, digamos, una connotada “vaca sagrada” de la literatura, el nombre está a la vista de todos; de lo contrario, se vuela arbitrariamente, procediendo al esquema manido de las categorizaciones impuestas por las cúpulas culturales en el mundo.

      ¿Por qué estas prácticas son obedecidas sin ponerles ninguna objeción?

      ¿Por qué en el orbe cultural también los participantes se ciñen a estas reglas no escritas?

      Dice Ray Bradbury en su Farenheit 451: “Se abreviaron los años de estudio, se relajó la disciplina, se dejó de lado la historia, la filosofía y el lenguaje. Las letras y la gramática fueron abandonadas gradualmente, gradualmente, hasta que se olvidó su existencia. La vida es lo inmediato, sólo el trabajo importa. Divertirse, sí, pero después del trabajo.        ¿Por qué aprender algo salvo apretar botones, dar vuelta a las llaves, ajustar tornillos y tuercas?”

      Y organizar, por supuesto, superdeportes “al alcance de todos, espíritu de grupo, diversión y no hay que pensar, ¿eh?”

      Paradójicamente, en estos tiempos de la supertecnología, la humanidad empieza, de manera paralela, a vivir en un catatónico estado de benigna desilustración. Ya Milan Kundera (República Checa, 1929-2023) había dicho que, en la actualidad, “la estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo”, a diferencia de la novela, cuya “sabiduría” procede “de tener una pregunta para todo”.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX

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Last modified: 28 septiembre, 2026
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