Fue Robert Proctor quien, en su estudio Agnotology (Agnotología, ¿Por qué no sabemos lo que no sabemos?, 2008), mostró fehacientemente que algunos científicos podían ser usados para engañar a la ciudadanía.
Proctor mostró que, para impulsar una idea falsa e incluso dañina para la ciudadanía, sólo era necesario elegir cuidadosamente a algunos científicos que, por su tozudez o por ser proclives a la corrupción, sirviesen a los intereses de empresarios o políticos criminales.
Así se hizo en la primera mitad del siglo pasado, cuando, para acallar las numerosas voces que señalaban el vínculo entre el tabaquismo y el cáncer, la en aquél entonces muy poderosa industria tabacalera contrató a médicos poco serios —y muy tozudos— para que negasen las voces que comenzaban a gritar la alarma y elaborasen estudios que “sembrasen duda” entre la ciudadanía. En consecuencia, tales “científicos” elaboraron numerosos estudios que cuestionaban la falta de fiabilidad de los que asociaban el tabaquismo con el cáncer. La consecuencia de ello rápidamente apareció en la publicidad masiva: “Cuida tu salud, fuma Chesterfield” o “Los médicos fuman Camel” o “Lucky Strike, justo lo que me ordenó el doctor”.
Sin embargo, la acumulación de casos de cáncer de pulmón asociados al tabaquismo se incrementó de tal manera que, con el paso de los años, la evidencia es ahora innegable y sólo algunos pocos necios la rechazan. En nuestros días, los cigarrillos de prácticamente todo el mundo están obligados, por la Organización Mundial de la Salud, a indicar la sentencia: “fumar causa cáncer de pulmón, laringe, boca, esófago, vejiga, páncreas y otros órganos”.
Eso no logró evitar que los más adictos siguiesen fumando y que otros ingenuos se les sigan sumando, pues, tal y como mostramos en un estudio previo[1], la nicotina es mucho más adictiva de lo que parece.

Proctor mostró que las grandes corporaciones conocen la manera de aprovechar la “duda razonable” para proteger sus intereses… aunque ello enferme o mate a la ciudadanía.
Eso es exactamente lo que, en nuestros días y en el campo de la ciencia del clima, está realizando la administración Trump.
La historia se repite: el informe de la administración Trump sobre el clima
El 23 de julio pasado fue presentado el informe A Critical Review of Impacts of Greenhouse Gas Emmisions on the U.S. Climate, elaborado por el Departamento de Energía de los EEUU dirigido por Christopher Wright (Climate Working Group, 2025).
Dicho informe, el cual minimiza la crisis ambiental (“el cambio climático es un reto, no una catástrofe”, escribió Wright) y tiene como objetivo revocar la declaración de emergencia climática (endargerment finding) de 2009, fue recibida con asombro por la comunidad científica que ha dedicado su vida al estudio del clima de la tierra. Para la comunidad científica internacional el informe de la administración Trump sobre el clima es una verdadera burla.
Más de 80 especialistas climáticos del más alto nivel calificaron como un “desastre de mala calidad que minimiza los riesgos” el informe de la administración Trump y, para probarlo, elaboraron un estudio de casi 500 páginas donde desmienten punto por punto las tergiversaciones del informe del Departamento de Energía. Los autores del ensayo denuncian que el informe de la administración Trump presenta ideas rechazadas desde hace mucho tiempo, tergiversaciones del conjunto del conocimiento científico, omisiones de hechos importantes y, en general, se trata de un vergonzoso trabajo que muestra el poco interés de la administración Trump para colaborar con la comunidad científica. Como ejemplo de ello el Dr. Sarmiento tradujo el resumen del capítulo Sexto (vide infra, Anexo).
Para elaborar el malhadado informe, el Departamento de Energía eligió a cinco científicos que habían mostrado su rechazo a las tesis sobre el cambio climático aprobadas por la enorme mayoría de la comunidad científica: John Christy, un científico atmosférico que desde hace años sostiene públicamente que se han exagerado los datos referentes a la crisis climática e incluso que tal crisis podría ser positiva; Judith Curry, una climatóloga que ha criticado como innecesario emitir una alarma climática; Steven E. Koonin, un físico que considera insuficientes los datos presentados por los climatólogos; Ross McKitrick, un economista que sostiene que la crisis climática se ha exagerado por lo que no debe modificar las consideraciones de los políticos y Roy Spencer, un meteorólogo que también considera exagerados los planteamientos del Panel Intergubernamental sobre Cambio (IPCC) y otros científicos del clima.
En su introducción al informe del Departamento de Energía, Christopher Wright sostiene que los autores del mismo fueron elegidos por su rigor, honestidad y disposición para elevar el debate, pero, en realidad, ellos se han dado a conocer por formar parte de los científicos que dudan de la crisis climática. La administración Trump los eligió con el objeto de justificar su punto de vista, abiertamente negacionista sobre el cambio climático. Gracias a tales voces, Trump y Wright pueden afirmar que “los científicos y la ciencia sostienen que la crisis climática es un hoax, un engaño”, una exageración. Y, entonces, se pueden seguir quemando combustibles fósiles sin problema y explotando la tierra sin conmiseración alguna. Gracias a tales voces “científicas”, los tomadores de decisiones y sus corporaciones asociadas pueden justificar la destrucción de los ecosistemas y la tierra toda.
De manera curiosa, apareció del otro lado del espectro político —en la “izquierda más radical”— el ensayo Capitaloceno: camino acelerado hacia el fin de la humanidad, elaborado por dos ilustres miembros de la “ciencia bolivariana”: Pedro Grima y Félix Barloil León. Dicho ensayo, desde sus primeras páginas muestra que en Venezuela se opera de la misma manera que en los EEUU: se contratan científicos que “siembren duda” entre la ciudadanía para poder justificar los peores intereses —en este caso la explotación irrestricta del contaminante petróleo venezolano.

Es por ello que podemos leer en dicho ensayo, el cual se presenta como una crítica feroz a la “ecología burguesa”, que “el calentamiento global observado en los últimos años es inferior al pronosticado por la mayoría de los modelos climáticos del IPCC” y que “tampoco ha quedado explícitamente establecido que el calentamiento sea producto de la actividad humana”[2]. Asimismo, su “ciencia bolivariana” también se apoya en los ensayos de John Christy (el responsable del informe del Departamento de Energía de la administración Trump) para sostener que los informes del IPCC son inexactos y exagerados[3] y sostienen, con él que: “Christy nos demuestra que los modelos climáticos actuales no tienen ninguna confiabilidad y que sería irresponsable tomar decisiones políticas [con base en ellos]”. Y más adelante: “El Acuerdo de Paris no conduce a ninguna parte y quizás sea esa la razón por la cual la descarbonización ha sido un mito (o un fracaso de acuerdo a como se mire) al día de hoy, nueve años después de su aprobación por unanimidad en las Naciones Unidas.”[4]
Personalmente sólo podemos decir que ojalá los estadounidenses y bolivarianos tuviesen razón y el calentamiento global antropogénico fuese sólo un engaño, una estratagema “creada por los chinos para dañar a la manufactura estadounidense”, como sostuvo Donald Trump en el 2012.
Desgraciadamente, sin embargo, los hechos se imponen a lo largo y ancho de la tierra. Por más que Trump y “sus científicos” o los “científicos bolivarianos” sostengan que el cambio climático es un engaño, el río Ebro se encuentra en su nivel más bajo de la historia, el otrora enorme río Nilo pierde su caudal, el mismo río Colorado ni siquiera llega al mar y el Amazonas pierde su navegabilidad. Todos los glaciares desaparecen a lo largo y ancho de la tierra. Y ni qué decir del incremento de la frecuencia e intensidad de las ondas de calor así como de monzones y huracanes, los cuales siembran devastación en todos los rincones del planeta.
En las décadas venideras, cuando ya no pueda hacerse nada para detener los peores efectos del calentamiento global, deberemos recordar a Trump y sus esbirros, así como a los vergonzosos bolivarianos. Aunque ello servirá de poco pues cuando se rebase el punto de no retorno (Tipping point) —el cual, de seguir con el modelo económico depredador actual (la llamada “drill, baby, drill, agenda”), ocurrirá en poco más de una década— ya nada podrá hacerse para detener el desequilibrio del clima. De nada servirá entonces quejarse de la incompetencia e incapacidad de previsión de los “científicos” trumpianos y bolivarianos… la tierra devastada generará problemas mucho más urgentes a nuestros hijos y nietos.
Cuernavaca, Morelos, 8 de septiembre de 2025.
Anexo:
Crítica del Capítulo 6, titulado “Condiciones Meteorológicas Extremas”, en la revisión del informe del Departamento de Energía (DOE), escrito por Kerry Emanuel.
Resumen
El capítulo 6 del borrador del informe del DOE examina si el calentamiento global exacerba los fenómenos meteorológicos extremos. Señala acertadamente que, dado que eventos como los huracanes son poco frecuentes, detectar su respuesta al cambio climático en registros históricos breves e imperfectos es extremadamente difícil, si no imposible. Sin embargo, los autores dedican la mayor parte del resto del capítulo a intentar precisamente eso. Al omitir enmarcar estos esfuerzos en el contexto de la teoría y los modelos, cometen tres errores fundamentales:
1) buscar tendencias donde no se predijo ninguna;
2) descuidar variables importantes para las que se predijeron tendencias; y
3) pasar por alto, o no reconocer, que algunas tendencias predichas son de una magnitud que no es detectable a priori en los conjuntos de datos existentes, ruidosos y breves.
El borrador del informe también ignora la literatura reciente sobre los efectos del cambio climático en los fenómenos meteorológicos extremos y cita de forma selectiva y engañosa el informe más reciente del Grupo intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Por estas razones, se considera que gran parte del capítulo 6 es de dudosa utilidad. Existen al menos tres tendencias inducidas por el cambio climático en los riesgos relacionados con los huracanes, predichas teóricamente, simuladas mediante modelos y confirmadas mediante observaciones:
1. Los huracanes producen más lluvia, lo que provoca un aumento de las inundaciones. Dado que el agua, y no el viento, es la fuente de la mayor parte de los daños y la mortalidad causados por los huracanes, este es el hallazgo científico más relevante.
2. La proporción de huracanes que alcanzan alta intensidad está aumentando.
3. Los huracanes se están intensificando más rápidamente.
No existe algún hallazgo científico sólido que indique que la frecuencia de los huracanes esté aumentando o se prevea que aumente. Por lo tanto, gran parte del Capítulo 6 del informe del DOE se dedica a refutar una hipótesis sin respaldo científico. La breve sección sobre tornados no incluye otros aspectos más destructivos de las tormentas convectivas severas, como el granizo y los vientos rectos dañinos, y, al igual que la sección sobre huracanes, omite inferencias de la teoría y los modelos.
Contenido
1. Introducción
2. El problema de la atribución de eventos extremos
3. La importancia de la teoría y los modelos
4. Cita selectiva del AR6
5. Otras omisiones
6. Resumen
Introducción
El propósito del informe del DOE lo establece claramente el Secretario de Energía, Chris Wright, en su prólogo. Comienza señalando que «se nos dice, sin cesar, que los mismos sistemas energéticos que permitieron este progreso ahora representan una amenaza existencial. Los combustibles basados en hidrocarburos, argumentan, deben abandonarse rápidamente o, de lo contrario, corremos el riesgo de una ruina planetaria». Para contrarrestar esta narrativa, encargo este informe «para fomentar un diálogo más reflexivo y con base científica sobre el cambio climático y la energía». Este objetivo se alinea con el propósito declarado de los seis informes completos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC): «proporcionar a los responsables políticos evaluaciones científicas periódicas sobre el cambio climático, sus implicaciones y posibles riesgos futuros, así como proponer opciones de adaptación y mitigación». Cabe suponer que el Secretario Wright, quien ha revisado los informes del IPCC, quiso tender un puente entre su contenido técnico sumamente detallado y las narrativas simplificadas y, en ocasiones, exageradas de los medios de comunicación. De hecho, este informe del Departamento de Energía (DOE) se basa en gran medida, aunque no exclusivamente, en informes recientes del IPCC.
Como científico que ha dedicado gran parte de su carrera a comprender los ciclones tropicales (CT, también conocidos como “huracanes”, las tormentas convectivas severas y su relación con el clima, consideré importante revisar este nuevo informe del DOE para garantizar su precisión científica, centrándome exclusivamente en el análisis de los CT y las tormentas convectivas severas en el Capítulo 6, “Condiciones Meteorológicas Extremas”.
A continuación, los hallazgos.
El problema con la atribución de eventos extremos ¿Qué constituye un “evento extremo”? Se supone que se refiere a un evento dañino y poco común. Estos dos atributos van de la mano: la sociedad está bien adaptada a eventos frecuentes y la mayor parte del daño surge de eventos inusuales como ciclones tropicales fuertes. Empíricamente, sabemos que los daños a largo plazo causados por peligros naturales suelen estar dominados por eventos que ocurren con menos frecuencia, a escala regional, que aproximadamente una vez cada 50 años. En resumen, el problema radica en que la detección robusta de eventos que ocurren incluso una vez cada 50 años requiere alrededor de 500 años de observaciones, algo que ni siquiera tenemos. Los autores del informe del Departamento de Energía son muy conscientes de este problema, y afirman en la página 46 que “El clima se centra en las propiedades estadísticas del tiempo a lo largo de décadas, no en eventos individuales. Además, solo existen unos 130 años de registros de observación fiables que pueden analizarse estadísticamente. Ese breve intervalo no abarca todos los eventos extremos que el sistema climático puede crear por sí solo”. Los autores también reconocen que, en un registro breve de eventos extremos, «si no se detecta una tendencia, claramente no hay base para la atribución. Pero incluso cuando se observa una tendencia, la atribución al calentamiento antropogénico no se sigue necesariamente». En otras palabras, la atribución de eventos extremos es difícil, si no imposible, basándose únicamente en registros históricos. Sin embargo, deberían haber añadido que la ausencia de evidencia en series temporales cortas y con ruido no implica la ausencia de una tendencia.
Lo curioso del resto del Capítulo 6 es que se basa principalmente en intentos de detectar tendencias en datos ruidosos y a menudo sospechosos, justo lo que los autores afirmaron que no se puede hacer. Una vez más, son selectivos al presentar esta evidencia, ignorando ubicaciones y métricas que sí muestran, y a menudo se predijo que mostrarían, tendencias al alza.
Un buen ejemplo se encuentra en la página 50, donde, citando investigaciones publicadas sobre huracanes que tocaron tierra en el territorio continental de Estados Unidos (EUA), afirman que «si bien el mayor número de huracanes que tocaron tierra corresponde a 2004, 2005 y 2020, no existe una tendencia estadísticamente significativa desde 1920». Tienen razón. Pero al afirmar esto, parecen pasar por alto sus afirmaciones anteriores, reconociendo que no se puede detectar ninguna tendencia plausible en un registro tan corto y ruidoso. Analicemos esto de forma más cuantitativa.
Una estimación mínima del ruido en este registro es el ruido de Poisson, basado en la media anual observada a largo plazo de huracanes que tocaron tierra en EUA de aproximadamente 2.2. (En realidad, el “ruido” incluye la variabilidad natural, así como las influencias climáticas humanas, distintas del calentamiento por gases de efecto invernadero). Se crearon 10,000 series temporales que abarcan el período 1920-2024, compuestas por una tendencia lineal impuesta con un aumento del 20 % durante el período y ruido de Poisson basado en un promedio de 2.2 eventos al año. Solo alrededor del 12 % de estas series presentan pendientes positivas detectables con un nivel de significación estadística convencional del 95 %. Dicho de otro modo, a priori, solo hay un 12 % de probabilidades de detectar la tendencia ascendente impuesta con niveles convencionales de significación estadística. Incluso si se impone una tendencia ascendente del 50 %, la probabilidad de detectar la tendencia en medio del ruido es solo del 40 %. En cuanto a la llegada de huracanes importantes a tierra, con solo uno al año, el problema de detección es aún mayor. El informe del Departamento de Energía no debería haberse limitado a afirmar que «el registro histórico relativamente corto de la actividad de huracanes, y el registro aún más corto de la era satelital, no es suficiente para evaluar si la actividad reciente de huracanes es inusual en relación con la variabilidad natural de fondo». Debería haber añadido que el conjunto de datos observacionales no puede descartar ni siquiera grandes tendencias subyacentes en los huracanes que tocan tierra en EUA, y que no existe un consenso científico sólido sobre el aumento de la frecuencia de los ciclones tropicales, ya sea que toquen tierra o no. Estas importantes omisiones se deben a la decisión de los autores de no analizar la evidencia teórica y basada en modelos sobre los cambios en la climatología de los ciclones tropicales.
La importancia de la teoría y los modelos
A lo largo de la historia de la ciencia, la teoría y los modelos han desempeñado un papel importante no solo en el avance de la comprensión, sino también en la evaluación de riesgos. Un ejemplo es el propio calentamiento global. A principios del siglo pasado, el químico sueco Svante Arrhenius predijo (Arrhenius 1896, 1906) que la acumulación de bióxido de carbono (CO2) en la atmósfera provocaría un calentamiento a una tasa de aproximadamente 4 °K por duplicación. Poco después de que comenzaran las mediciones precisas de CO2 en 1958, se estableció firmemente su aumento y el de otros gases de efecto invernadero, y mucho antes de finales del siglo XX se confirmó la predicción de Arrhenius sobre el calentamiento inducido por los gases de efecto invernadero. En 1979, la Academia Nacional de Ciencias encargó un informe sobre el cambio climático, redactado por algunos de los principales científicos atmosféricos y oceanógrafos de la época, encabezados por Jule Charney (Consejo Nacional de Investigación, 1979). El informe estimó que la respuesta de equilibrio de la temperatura media global a una duplicación del CO2 sería de 3 ± 1.5 ºC, basándose en la física, modelos simples y los modelos de circulación general, bastante primitivos, disponibles en ese momento. Las estimaciones contemporáneas de la sensibilidad climática en equilibrio son similares, y la incertidumbre de esta predicción ha disminuido poco o nada. Podrían pasar varias décadas antes de que las observaciones determinen la verdadera sensibilidad del clima a los cambios en las concentraciones de gases de efecto invernadero.
Un ejemplo magnífico de la interacción entre la teoría y las observaciones en la ciencia es la radiación gravitacional.
Su existencia fue predicha por la relatividad general, pero su detección presentó enormes desafíos prácticos, requiriendo el diseño y la construcción de antenas grandes y costosas. El proyecto, llamado LIGO, involucró a aproximadamente 1,000 científicos y muchos más voluntarios aficionados. Fue el proyecto individual más costoso jamás financiado por la Fundación Nacional de la Ciencia y finalmente logró detectar la radiación gravitacional en 2016.
Existen dos diferencias interesantes entre los ejemplos del clima y de LIGO. En primer lugar, es improbable que la radiación gravitacional ya se hubiera detectado si no hubiera habido predicciones teóricas sobre su existencia, mientras que el calentamiento global se habría hecho evidente incluso sin una predicción. En segundo lugar, hasta donde sabemos, la radiación gravitacional no tiene ningún efecto sobre el bienestar humano. Por esta razón, los científicos de LIGO podían, y de hecho exigieron, un nivel extraordinario de significancia estadística antes de estar listos para declarar que se había detectado una señal. En cambio, el calentamiento global puede tener graves implicaciones para nuestro bienestar y, por lo tanto, constituye un riesgo.
Existe una diferencia abismal entre la detección de señales y la evaluación de riesgos. En el caso de fenómenos meteorológicos extremos, podemos, y de hecho debemos, evaluar los riesgos en gran medida en ausencia de una detección de señales estadísticamente significativa. Como afirmó Verner Suomi, entonces director de la Junta de Investigación del Clima, en su prólogo al informe Charney: «Una política de esperar a ver qué pasa puede significar esperar hasta que sea demasiado tarde».
Por esta razón, la ausencia de un componente teórico y de modelización en el Capítulo 6 del informe del DOE representa una grave omisión que pone en duda su rigor académico. El informe desestima todo el esfuerzo con dos frases en la página 46: Se han invocado la comprensión basada en procesos y argumentos termodinámicos simples para afirmar que el calentamiento está agravando los fenómenos meteorológicos extremos. Sin embargo, es ingenuo asumir que cualquier fenómeno extremo reciente se deba a la influencia humana en el clima.
Esto es peor que simplemente descartar la teoría y los modelos como relevantes para el problema: con el uso de la palabra “sin embargo”, los autores vinculan la comprensión basada en procesos y los argumentos termodinámicos simples con la falacia de que el cambio climático puede inferirse a partir de eventos extremos individuales. Esto es simplemente erróneo. La teoría y los modelos pueden y han sido utilizados tanto para comprender como para predecir cambios globales y regionales en las estadísticas de eventos extremos, así como para ubicar eventos extremos específicos en el contexto de expectativas basadas. en la teoría y los modelos. Ambos son esfuerzos científicos legítimos.
Cualquier esfuerzo legítimo por resumir la comprensión científica actual de los cambios en eventos extremos se centraría en la teoría y los modelos, dado que los registros históricos son demasiado cortos y defectuosos para su propósito. A continuación, se presentan tres ejemplos de predicciones de eventos extremos basadas en la teoría y los modelos, respaldadas por registros históricos.
El primero son los extremos de lluvia asociados con ciclones tropicales (y muchos otros fenómenos meteorológicos). El aire que asciende en los núcleos de los ciclones tropicales está prácticamente saturado de agua en toda la columna atmosférica, y su contenido de vapor de agua está regido por la ecuación de Clausius-Clapyron, un principio fundamental de la termodinámica que demuestra que el contenido de vapor de agua saturado casi se duplica por cada 10 °C de aumento de temperatura. Esto sugiere firmemente que un ciclo tropical dado producirá más lluvia, una consideración importante dado que el agua causa muchas más muertes en los ciclones tropicales que el viento. Esto podría compensarse con un debilitamiento del movimiento vertical en el núcleo, pero, como se ha comentado, esperamos lo contrario. Y, sí, los ciclones tropicales podrían volverse menos frecuentes. Pero ignorar este aspecto fundamental de la física es una omisión grave.
Numerosos estudios han situado las inundaciones relacionadas con ciclones tropicales en el contexto de las expectativas teóricas y basadas en modelos de los efectos del cambio climático. Por ejemplo, tres análisis independientes de las inundaciones de Houston, Texas, causadas por el huracán Harvey en 2017 (van Oldenborgh et al., 2017; Risser y Wehner, 2017; Emanuel, 2017a) concluyeron que el cambio climático ya había aumentado de forma palpable la probabilidad de lluvias relacionadas con el huracán Harvey de la magnitud observada, y un cuarto estudio (Trenberth et al., 2018) atribuyó directamente las precipitaciones extremas de Harvey al calor del Golfo de México. Si bien este es un análisis estrictamente local, por necesidad, ya que la precipitación no se mide de forma fiable sobre los océanos, examinar cómo el cambio climático afecta a las condiciones meteorológicas extremas en zonas densamente pobladas es, no obstante, una labor valiosa. Los tres artículos de investigación citados anteriormente, y otros similares, fueron citados por el Sexto Informe de Evaluación (AR6), pero ignorados en el informe del DOE.
Al examinar las observaciones de precipitaciones causadas por ciclones tropicales en el este de EUA, Kunkel et al. (2010) concluyeron que “Durante 1994-2008, el número de eventos asociados a ciclones tropicales fue más del doble del promedio a largo plazo, mientras que el número nacional anual total de eventos fue aproximadamente un 25% superior al promedio a largo plazo (1895-2008)”, y que “Si bien ha habido un aumento reciente en el número de huracanes que tocan tierra en EUA, el aumento en los eventos fuertes asociados a ciclones tropicales es mucho mayor de lo que se esperaría de la asociación anterior a 1994 entre ambos”. Estos hallazgos llevaron al AR6 del IPCC a concluir que “existe un nivel de confianza medio en que el forzamiento antropogénico ha contribuido a los eventos de fuertes lluvias observados en EUA asociados con ciclones tropicales. y otras regiones con suficiente cobertura de datos”. Esto se omitió del informe del DOE.
Volviendo a la investigación realizada a principios de la década de 1950 (Riehl, 1950; Kleinschmidt, 1951), hemos llegado a comprender que las velocidades del viento de los ciclones tropicales están limitadas por el estado termodinámico del océano y la atmósfera. Este límite superior, llamado intensidad potencial, puede calcularse a partir de datos climáticos estándar en análisis y modelos, y cuando la intensidad máxima de los ciclones tropicales observados individuales se divide por la intensidad potencial en el momento y lugar en que ocurrió el pico, los resultados caen en una distribución de probabilidad universal (Emanuel, 2000).
Esto implica que un cambio en la intensidad potencial se reflejará en las intensidades máximas reales de los ciclones tropicales, pero no tiene implicaciones para la frecuencia general de los ciclones tropicales. Un aumento en la intensidad potencial debería aumentar la proporción de ciclones tropicales de alta intensidad en relación con todos los ciclones tropicales. También se puede demostrar que el movimiento vertical en los núcleos de los ciclones tropicales es proporcional a su intensidad.

Cálculos sencillos con modelos de una sola columna y globales indican que el aumento de los gases de efecto invernadero incrementará la intensidad potencial (Emanuel, 1987). Este aumento es evidente en los datos de reanálisis (Bhatia et al., 2022; Studholme et al., 2021). Además, se ha detectado un aumento en la proporción de observaciones de ciclones tropicales con intensidad de huracán mayor (categorías 3-5) en estimaciones satelitales de la intensidad de ciclones tropicales que tienen en cuenta los cambios en la tecnología de los radiómetros (Kossin et al., 2020). Este es un ejemplo de una predicción teórica respaldada por un análisis observacional minucioso. Una vez más, este trabajo se analizó en el Sexto Informe de Evaluación (AR6), pero no se mencionó en el informe del DOE. En cambio, el informe presenta un gráfico no revisado por pares de las frecuencias globales de ciclones tropicales (Figura 6.2.2, p. 49). Este no muestra tendencias estadísticamente significativas ni en huracanes ni en huracanes mayores, pero sí hay una tendencia estadísticamente significativa en su proporción, que no se menciona en el informe del DOE. La predicción teórica se refería a esta última cantidad, no a las otras dos. De hecho, a lo largo del informe del DOE hay una predicción implícita de que las frecuencias de ciclones tropicales deberían aumentar con el calentamiento, mientras que nunca ha habido un consenso científico sólido sobre cómo la frecuencia de ciclones tropicales responde al cambio climático. En ese sentido, el informe del DOE establece un argumento falaz (que la frecuencia de ciclones
tropicales debería aumentar con el calentamiento) y lo desmiente, a la vez que evita las pruebas observacionales de las predicciones científicas reales (p. ej., que los extremos de precipitación de ciclones tropicales y la proporción de ciclones tropicales muy intensos aumentarán).
Otra predicción teórica es que la tasa de intensificación de los ciclones tropicales debería aumentar con el calentamiento global, y hacerlo a un ritmo normalizado más rápido que la propia intensidad (Emanuel 2017b; Bhatia et al., 2018). Esta tendencia se ha detectado en las tasas de intensificación de los ciclones tropicales del Atlántico Norte (Bhatia et al., 2019). Esto es importante, ya que la rápida intensificación justo antes de tocar tierra puede sorprender a los meteorólogos y reducir el tiempo en el que los residentes pueden prepararse y evacuar.
Cita selectiva del AR6
Se presentan tres citas del AR6 al comienzo de la sección 6.2 del informe del DOE, pág. 48:
Existe poca confianza en la mayoría de las tendencias a largo plazo (de multidecadales a centenarios) reportadas en la frecuencia de los ciclones tropicales o en las métricas basadas en la intensidad debido a los cambios en la tecnología utilizada para recopilar los datos de mejor trayectoria (IPCC, 2021, pág. 1585).
Es probable que la proporción global de ciclones tropicales importantes (categorías 3-5) haya aumentado en las últimas cuatro décadas. Existe poca confianza en las tendencias a largo plazo (de varias décadas a centenarias) en la frecuencia de ciclones tropicales de todas las categorías. (IPCC, 2023 SPM, pág. 9)
Un subconjunto de los datos de mejor trayectoria correspondientes a huracanes que han impactado directamente a EUA desde 1900 se considera fiable y no muestra ninguna tendencia en la frecuencia de los eventos que tocan tierra en EUA (IPCC, 2021, pág. 1585)
Las tres citas se refieren a lo que se puede inferir únicamente del registro histórico. No se menciona un contexto importante: la falta de consenso sobre lo que podría suceder con la frecuencia de los ciclones tropicales. Sin embargo, los informes del IPCC utilizan toda la información científica disponible para evaluar el riesgo climático, no solo los registros históricos. Esto es particularmente importante en el caso de fenómenos meteorológicos extremos, cuyo registro histórico suele ser demasiado corto para detectar tendencias plausibles, como se reconoce plenamente al principio del informe del DOE.
A continuación, se presenta lo que el Grupo de Trabajo I del Sexto Informe de Evaluación (AR6) afirmó sobre las tendencias históricas de los ciclones tropicales en su resumen para responsables de políticas (pág. 9):
Es probable que la proporción global de ciclones tropicales importantes (categorías 3-5) haya aumentado en las últimas cuatro décadas, y es muy probable que la latitud donde los ciclones tropicales en el Pacífico Norte occidental alcanzan su intensidad máxima se haya desplazado hacia el norte; estos cambios no pueden explicarse únicamente por la variabilidad interna (nivel de confianza medio). Existe poca confianza en las tendencias a largo plazo (de varias décadas a centenarias) en la frecuencia de los ciclones tropicales de todas las categorías.
Los estudios de atribución de eventos y la comprensión física indican que el cambio climático antropogénico aumenta las precipitaciones intensas asociadas con los ciclones tropicales (nivel de confianza alto), pero las limitaciones de los datos impiden una detección clara de las tendencias pasadas a escala global. Cabe destacar que el informe del DOE omite la tendencia en la latitud a la que los ciclones tropicales alcanzan su intensidad máxima, al igual que la afirmación de que los estudios de atribución y la comprensión física indican, con un alto nivel de confianza, que el cambio climático antropogénico debería aumentar las precipitaciones relacionadas con los ciclones tropicales. En la página 1519, el Grupo de Trabajo 1 señala además que: La frecuencia global de los eventos de intensificación rápida de los ciclones tropicales probablemente haya aumentado en las últimas cuatro décadas.
No se menciona esto en el informe del DOE. Con respecto al futuro, el AR6 afirma (p. 16) que: Se proyecta que la proporción de ciclones tropicales intensos (categorías 4-5) y las velocidades máximas del viento de los ciclones tropicales más intensos aumentarán a escala global con el aumento del calentamiento global (nivel de confianza alto). {8.2, 11.4, 11.7, 11.9, Recuadro intercapítulo 11.1, Recuadro RT.6, TS.4.3.1} (Figuras RRP.5, Figura RRP.6) y, en la p. 7.
Existe un alto grado de confianza en que las velocidades máximas promedio de los vientos de los ciclones tropicales y la proporción de ciclones tropicales de categorías 4-5 aumentarán con el calentamiento, así como en que los vientos máximos de los ciclones tropicales más intensos también lo harán.
Estas declaraciones sobre las proyecciones futuras de los peligros de los ciclones tropicales no se incluyen en el informe del DOE.
Otras omisiones
El informe del DOE atribuye las oscilaciones multidecadales de las métricas de ciclones tropicales del Atlántico Norte a una supuesta Oscilación Multidecadal Atlántica. Sin embargo, desde la finalización del Sexto Informe de Evaluación (AR6), ha surgido nueva evidencia que apunta a los aerosoles de sulfato antropogénicos como la fuente de la sequía de huracanes del Atlántico Norte de las décadas de 1970 y 1980 (Murakami, 2022; Rousseau-Rizzi y Emanuel, 2022). Esto ya se había sugerido en trabajos anteriores (Booth et al., 2012; Dunstone et al., 2013; Mann y Emanuel, 2006), pero el forzamiento radiativo calculado por los aerosoles de sulfato por sí solo podría explicar solo aproximadamente la mitad del enfriamiento de las temperaturas superficiales del mar en el Atlántico Norte tropical. Se ha demostrado que los aerosoles de sulfato de origen europeo han debilitado el monzón de verano africano, secando los suelos en esa zona y provocando el aumento documentado de la elevación de polvo mineral africano durante este período (Prospero, 2015). La adición de polvo mineral africano explica la falta de forzamiento radiativo sobre el Atlántico tropical (Rousseau-Rizzi y Emanuel, 2022). Esto influye en las proyecciones futuras de la actividad de ciclones tropicales en el Atlántico Norte, ya que es improbable que regresen altas concentraciones de sulfato.
El informe del DOE dedica la mitad de la página 66 a los tornados, y ninguna a los vientos en línea recta ni al granizo, que causan aproximadamente el doble de daños que los tornados en EUA. En la Figura 6.5.1, pág. 67, presentan un análisis no revisado por pares de la tendencia en las estadísticas de tornados en EUA. La tendencia al alza de los tornados débiles entre 1950 y 1990 se descarta, con razón, como consecuencia de un mayor número de informes, la llegada de las cámaras de video portátiles, etc. Sin embargo, se da crédito a la tendencia a la baja de los tornados violentos a pesar de la rápida evolución de la tecnología para estimar los vientos tornádicos durante este período, incluida la llegada del radar Doppler transportable terrestre.
Esto parece ser un esfuerzo amateur por parte de científicos con poca o ninguna familiaridad con los tornados para producir su propio análisis, descartando las tendencias ascendentes mientras que consideran creíbles las descendentes.
El Sexto Informe de Evaluación (AR6) deja claro que la detección de tendencias en eventos de pequeña escala, como las tormentas convectivas severas, es, actualmente, casi imposible:
En casi todas las regiones, existe poca confianza en los cambios en el granizo, las tormentas de hielo, las tormentas severas, las tormentas de polvo, las fuertes nevadas y las avalanchas, aunque esto no indica que estos impulsores de impacto climático (CID*) no se vean afectados por el cambio climático. Para estos CID, las observaciones suelen ser a corto plazo o carecen de homogeneidad, y los modelos a menudo no tienen suficiente resolución ni parametrizaciones precisas para simularlos adecuadamente en las escalas de tiempo del cambio climático.
Sin embargo, el Sexto Informe de Evaluación presenta un análisis exhaustivo de lo que la teoría y los modelos indican sobre las probables tendencias en eventos convectivos severos, dedicando una subsección completa (11.7.3) al tema. Si bien actualmente no podemos detectar ni modelar explícitamente las tendencias de las tormentas convectivas severas de forma fiable, podemos utilizar nuestro amplio conocimiento de las condiciones a gran escala que propician dichos eventos para extraer algunas inferencias sobre los posibles cambios. Según el AR6: Los modelos climáticos proyectan sistemáticamente cambios ambientales que justificarían un aumento en la frecuencia e intensidad de las tormentas eléctricas severas que combinan tornados, granizo y vientos (nivel de confianza alto), pero existe un nivel de confianza bajo en los detalles del aumento proyectado.
Al igual que con los ciclones tropicales, el informe del DOE ignora las inferencias de la teoría y los modelos.
Resumen
Entre las posibles consecuencias más graves del cambio climático se encuentran los cambios en la incidencia de tormentas convectivas severas y ciclones tropicales. Casi por definición, las tormentas destructivas son poco frecuentes y los registros históricos, por lo general, no son lo suficientemente largos ni de la calidad suficiente para detectar tendencias de forma fiable. El informe del DOE reconoce claramente esta deficiencia, pero se basa casi por completo en el análisis de las tendencias históricas de los fenómenos extremos para llegar a conclusiones que solo coinciden parcial y selectivamente con las del AR6 del IPCC, mucho más completo, e ignora evidencia importante derivada de la teoría y los modelos que se presentan en dicho informe o en la bibliografía posterior revisada por pares. Hacen hincapié en la constatación de que no existen tendencias estadísticamente significativas, por ejemplo, en la frecuencia de los huracanes que tocan tierra en EUA, sin informar al lector de que a) nunca hubo una predicción consensuada de dicha tendencia y b) no se pueden detectar tendencias plausibles dado el ruido aleatorio y la variabilidad natural de la serie. Al mismo tiempo, ignoran la literatura más reciente revisada por pares, así como los datos no revisados por pares que ellos mismos presentan, que muestran una tendencia al alza en la proporción de estimaciones de intensidad de ciclones tropicales con intensidad de huracán mayor, una tendencia que ya se había previsto. No abordan directamente la conclusión del Sexto Informe de Evaluación (AR6) de que es probable que aumenten las precipitaciones causadas por ciclones tropicales, basándose en la física simple, ni que es probable que aumenten las tasas de intensificación de los ciclones tropicales. Estas son omisiones graves, ya que las inundaciones son la principal causa de mortalidad y daños en los ciclones tropicales, y el aumento de las tasas de intensificación acortará el plazo para los preparativos y la evacuación.
El informe del Departamento de Energía (DOE) presta poca atención al problema de las tormentas convectivas severas, que causan más daños que los ciclones tropicales, tanto en EUA como en todo el mundo. El informe presenta series temporales de tornados débiles y violentos en EUA, descartando la tendencia al alza de los primeros como poco fiable, pero dando crédito a la tendencia a la baja de los segundos, a pesar de los grandes cambios en la tecnología de notificación y medición durante el período. No abordan el problema del granizo, que es dos veces más dañino que los tornados en EUA. Al igual que con los ciclones tropicales, ignoran la evidencia basada en teorías y modelos sobre los efectos del cambio climático en las tormentas convectivas severas.
El secretario Wright encargó el informe del DOE para fomentar una conversación más reflexiva y con base científica sobre el cambio climático y la energía. Se supone que con “más reflexiva” se refería a los informes mediáticos exagerados. ¿Qué mejor manera de fomentar una discusión reflexiva y con base científica que escuchar a un amplio abanico de científicos que dedican su vida profesional a comprender el clima? Eso es precisamente lo que logran los informes del IPCC. Al citar selectivamente el último informe de este tipo, al negarse a considerar teorías o modelos, y al basarse en series históricas cortas y a menudo propensas a errores que los propios autores reconocen como inadecuadas para su propósito, el DOE presenta una visión distorsionada de la ciencia de los efectos del clima en las condiciones meteorológicas extremas que sin duda confundirá al público.
Referencia del libro: Arrhenius, S., 1906: Die vermutliche Ursache der Klimaschwankungen. Meddelanden de K. Instituto Nobel Vetenskapsakademiens
Referencias
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[1] Tamayo, L. (2021). El crimen perfecto, México: Nandela (Cap. El cartel del tabaco).
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[3] Ibidem, pp. 240ss.
[4] Ibidem, p. 274.
* Siglas en inglés de Climate Impact Drivers
Antonio Sarmiento Galán es investigador de la Unidad Cuernavaca del Instituto de Matemáticas de la UNAM
Luis Tamayo Pérez es catedrático de la licenciatura y el posgrado en Psicología, UAEM.



