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Benín: la piel del tiempo (II de IV)

“El viaje es fatal para los prejuicios, el fanatismo y la estrechez de miras”: Mark Twain

CRÓNICA: JOSÉ ANTONIO GURREA C: /LALUPA.MX

FOTO PRINCIPAL: JOSEP BLANCH

Kétou.- Benín no da tregua. No hay espacio para la indiferencia ante la fascinante diversidad de sus gentes: desde los Holi, del sur —cuyos cuerpos femeninos narran historias grabadas en la piel mediante tatuajes— hasta el ingenio de los Somba, del montañoso norte —que se manifiesta en sus icónicas fortalezas de barro—. En este rincón de África, donde habitan entre 40 y 50 grupos étnicos, no sólo observamos desde la alteridad, también nos sumergimos en una profunda experiencia en la que somos absorbidos por una energía humana cruda, compleja y vibrante. Al final de cada jornada quedamos exhaustos pero, a la vez, fascinados.

Los Holi, del sur

Los Somba, del montañoso norte Fotos: José Antonio Gurrea C.

Aún no logramos procesar totalmente la experiencia religiosa-lacustre con los Tofinu o nuestros primeros encuentros con el vodún, cuando el polvo rojizo del camino nos anuncia la llegada a Kétou, dominio de los Holi. Nos encontramos en el sureste de Benín, a unos cuantos kilómetros de la frontera con Nigeria, una región con un particular paisaje de transición entre selva y sabana. Esta etnia, animista, dedicada a la agricultura de susbsistencia, es un subgrupo Yoruba que entiende el cuerpo de una forma muy distinta a Occidente.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Al bajar del vehículo, el choque cultural es inmediato y profundo. Aquí, la mirada no se detiene en la ropa, sino en la piel. Las mujeres mayores caminan con un orgullo envidiable, exhibiendo un mapa de escarificaciones y tatuajes que recorren su torso desnudo. Tradicionalmente, esas marcas se hacian al llegar a la pubertad, antes de casarse y después del primer hijo. Son, por ello, como un libro que cuenta toda la vida. La única vestimenta de las abuelas holi es el pagne, una especie de falda de colores y dibujos vibrantes que envuelve la cintura hasta las rodillas. Los ecos de Peter Greenaway y su Pillow Book me rondan por la cabeza tan pronto veo a las primeras mujeres.

Foto: José Antonio Gurrea C.

En Kétou, nuestro concepto de “pudor” se desmorona por completo. A diferencia de nuestras ciudades, donde el pecho femenino ha sido históricamente erotizado y confinado tras capas de tela por una mezcla de moral religiosa y normas de control, entre los Holi el torso descubierto es un estado natural de ser. Y si bien en los senos no hay rastro de esa sexualización o de ese recato que define a Occidente, el erotismo viene por otro lado, precisamente en esos relieves cutáneos. Dentro de la cultura holi una piel escarificada no sólo es testimonio de identidad y pertenencia, es también un lenguaje de seducción: las yemas de los dedos recorriendo los relieves grabados en vientre o espalda buscan una experiencia sensorial que la piel sin marcas no puede ofrecer. TambIén se cree que las escarificiones estimulan la fertilidad y aseguran que los hijos nazcan sanos.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Sin embargo, esta forma de arte vivo está bajo asedio. Mientras las abuelas lucen sus historias grabadas, las jóvenes enfrentan una encrucijada dolorosa. La presión de las escuelas, las iglesias cristianas y el islam se infiltra en las aldeas, dictando que esas marcas son “primitivas”. Hoy, parte de las nuevas generaciones eligen mantener su piel lisa, no por gusto, sino por pragmatismo. Prefieren una piel sin marcas para poder conseguir trabajos en la ciudad sin ser víctimas de la discriminación.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Dejamos Kétou con una mezcla de admiración y tristeza: los Holi se hallan entre dos mundos contrastantes: uno que se aferra a la identidad tallada en la piel y otro que, en nombre de un presunto progreso, está borrando el lenguaje táctil de una de las estéticas más fascinantes de África Occidental. Pero tras nuestra visita no sólo hay sentimientos encontrados; también hay aprendizajes y certezas: la moral o el pudor son sólo palabras que cambian de significado según quién cuente la historia.

Fotos: José Antonio Gurrea C.

Bariba: el reino que llegó a dominar el desierto

Parakou: noreste de Benín y tierra del Islam, donde la sabana se extiende como un lienzo de tonos cobrizos y dorados, las mezquitas aparecen por todos lados y el hiyab y la shayla cubren cabeza y cuello de gran parte de las beninesas. Primera semana de abril: el final de la estación seca cuando el aire es denso, justo en el umbral del inicio de la temporada de lluvias que no ha llegado pese a los pronósticos metereológicos que preveían, incluso, tormentas eléctricas para estos días. Eso no ha ocurrido, por lo que los impermeables permanecen en la maleta, y el suelo —castigado por meses de sol— se encuentra yermo y polvoso.

Parakou: tierra del Islam, donde las mezquitas se encuentran en cada esquina y el canto del almuecín es una presencia constante Foto: José Antonio Gurrea C.

En las inmediaciones del palacio real, el silencio de la sabana se rompe con el golpe profundo de los tambores. Esta vez los instrumentos percusivos no se acompañan con trompetas ni con otros metales como marca la tradición bariba. Aun así, el diálogo entre el cuero y la madera es trepidante, hipnótico y persistente, una señal de que la demostración de la caballería real bariba está por comenzar. Los músicos, con sus manos expertas, dictarán la velocidad a la que irán los jinetes y sus caballos.

Foto: Josep Blanch

De pronto, los jinetes bariba aparecen en escena. Para la ocasión, visten sus uniformes de gala: amplias túnicas y turbantes que remiten a territorios más al norte: los del Sahel y los del Sáhara. Es la herencia del poderoso reino de Borgu que en el siglo XVIII dominó no sólo estas tierras, sino también las rutas comerciales del desierto. Para los Bariba, además, es un símbolo de estatus y poderío —para diferenciarse de otros pueblos— y, finalmente, tiene que ver con el entorno: las túnicas crean una capa de aire que aisla el cuerpo del intenso calor, mientras que el turbante protege del polvo y la arena. Los caballos, en tanto, van decorados con mantas coloridas y bordados.

Foto: Josep Blanch

Comienza la cuenta regresiva. La caballería se agrupa en la línea del horizonte. Los tambores intensifican su sonido rítmico, entonces, a galope tendido, uno a uno los jinetes cruzan la polvosa llanura y se dirigen hacia donde nos encontramos. Bajo la fuerza de las herraduras, la sabana seca reacciona de inmediato: densas y pesadas nubes de polvo rojizo se elevan, formando una estela que borra el paisaje a su paso. Es como una visión cinematográfica donde la velocidad se mide por la altura de la polvareda que queda atrás. El estruendo de los caballos compite con el redoble de los tambores hasta que, a escasos metros de la concurrencia, los jinetes tiran de las riendas con una firmeza absoluta, y los animales se clavan en la tierra seca, frenando en seco. Hombres y equinos, entonces, se ponen a bailar al ritmo de los tambores, evidenciado la destreza ecuestre de esta ancestral etnia guerrera.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Cuando la nube se asienta, el silencio vuelve a Parakou. No obstante, impactados por la demostración que hemos presenciado no atinamos a dar un paso y nos quedamos allí con el corazón acelerado y la ropa cubierta por el polvo de la sabana. Es Bailé Saye, “nuestro hombre en Benín”, quien nos saca de nuestro ensimismamiento cuando nos informa que Akpaki Gobi Gninsé, el mísmisimo rey bariba de Parakou, nos espera para darnos audiencia. El asombro se mezcla de inmediato con una punzada de ansiedad: la caballería nos ha dejado sin aliento, pero el protocolo no espera, así que nos sacudimos la arena y nos dirigimos al palacio real.

Bailé nos detiene antes de entrar a la cámara real para hacernos una advertencia necesaria: aunque estamos frente a una modesta habitación de apenas treinta metros cuadrados, se trata de un espacio regido por leyes invisibles y milenarias, por lo que al ingresar tendremos que seguir rígidos protocolos que datan de siglos. Pese a que Akpaki Gobi Gninsè no posee poderes ejecutivos ni legislativos, nos explica, es el custodio cultural y mediador supremo de los Bariba. Es un hombre de una autoridad tal que incluso los políticos actuales lo buscan para solicitar consejo o su intervención en algún asunto determinado. Escuchamos, tomamos nota, y antes de cruzar el umbral, como primer gesto de humildad, nos despojamos de los zapatos.

Foto: Josep Blanch

Ya adentro la atmósfera se siente densa. El suelo está cubierto por una capa de varias alfombras. Es sobre este tejido donde ocurre un ritual que desafía cualquier lógica occidental. No es una simple reverencia; es una entrega física absoluta. Mientras las mujeres se ponen de rodillas, los hombres avanzamos para ejecutar un movimiento seco y coordinado: nos arrodillamos y, con los brazos extendidos, nos lanzamos al pecho tierra, inclinándonos hasta que la frente toca el suelo. Es el protocolo de los reinados de estas tierras en su estado más puro, una coreografía de poder que data del siglo XIV, y que durante más de setecientos años ha sobrevivido a imperios y colonizaciones.

Al levantar la vista, la estampa es imponente. El Akpaki está sentado en un sillón de gran respaldo que hace juego con su ropa, fundiendo al hombre con su trono. Envuelto en su túnica —una bantché monumental de brillos dorados— sus pies descansan sobre un gran cojín. A su alrededor, las paredes tapizadas de fotografías narran su historia.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Sin embargo, el monarca rompe la distancia que dicta el rito con una hospitalidad desconcertante. Uno por uno, el Akpaki nos extiende la mano. En ese contacto físico —un privilegio prohibido para sus súbditos— el monarca se convierte en un puente. Sus palabras viajan miles de kilómetros para enviar saludos a México y España, pero el momento culminante llega cuando la formalidad se disuelve por completo. Cuando toca mi turno, el rey me toma de la mano con firmeza para posar en una foto y, con una enorme sonrisa que acorta todas las distancias geográficas y culturales, me dice en un inglés pausado y cálido: “My friend”.

Al salir, nos invade una confusión silenciosa. Es difícil procesar tantas capas de realidad en tan poco tiempo: el rigor medieval del protocolo inicial frente a la calidez de su mano; la sencillez de esa pequeña habitación frente a la majestuosidad del Bantché; la distancia de un soberano ancestral frente a la cercanía de ese “my friend”. Nos marchamos llenos de emociones encontradas, convencidos de que en Benín no hay que buscar explicaciones, sólo sentir esa realidad tan contrastante y diversa que con frecuencia raya en el surrealismo.

Fulani: las aristócratas de la sabana

Dejamos atrás la corte y nos enfilamos más al norte, hacia Nikki, todavía en territorio Bariba. Allí, nos encontramos con los Fulani, un pueblo nómada y seminómada, ganadero, con características físicas muy particulares: son notablemente más altos y espigados que las etnias vecinas, con una piel de tonalidades más claras y narices rectas. Se ha especulado que posiblemente esta etnia —con presencia en más de 15 países— tenga su origen en el sur del Cáucaso, Yemen o vínculos con los bereberes del norte de África. Sin embargo, no hay certezas sobre su procedencia exacta.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Aunque son musulmanas, las mujeres de la etnia conservan una libertad expresiva muy antigua que se manifiesta en su manera de ser, en sus atavíos corporales y en sus bailes, como lo constataremos al final de nuestra visita. Las Fulani irradian elegancia, desenfado. No hay timidez ante la cámara fotográfica. Por el contrario, percibo, entre algunas de ellas, un asomo de coquetería. Por otra parte, es imposible no fijar la vista en sus adornos en el cabello y el rostro, o en el brillo de los collares y aretes. Esto no sólo desafía la severidad de la sabana en épocas de seca, sino también el rigor de la doctrina religiosa que practican.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Una particularidad más: las mujeres Fulani —especialmente las más tradicionales— suelen afeitarse o depilarse las cejas por completo. Se trata de una cuestión de estética y contraste: al eliminar las cejas, la frente parece más amplia y despejada, lo que hace que los ojos se conviertan en el centro absoluto del rostro. Adicionalmente, en su concepto de belleza, un rostro liso y sin vello se asocia con la pulcritud.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Cuando arribamos con los Fulani es casi mediodía. En la aldea sólo hallamos mujeres, niñas, niños y un anciano, así como una hospitalidad desbordante. Con una amabilidad natural, las mujeres sacan tapetes para que nos sentemos bajo la sombra y nos ofrecen, con orgullo, el corazón de su dieta nómada: leche fresca de vaca y un cuenco con fura de nono, una mezcla de leche de vaca fermentada con bolas de mijo o sorgo machacado. Su consistencia y sabor agrio lo asemejan con el yogurt natural o el kéfir.

Foto: José Antonio Gurrea

La ausencia de hombres en una aldea Fulani no es abandono, sino reparto de roles para proteger el ganado, el patrimonio más valioso de la comunidad. Los hombres jóvenes y adultos suelen estar lejos llevando a las vacas a pastar. Dependiendo de la estación, pueden pasar el día entero en los alrededores o incluso semanas en movimientos nómadas más largos para encontrar zonas verdes y puntos de agua que no agoten los recursos locales de la comunidad. Mientras tanto, las mujeres permanecen en el asentamiento encargándose del hogar, el cuidado de los niños y, muy importante, del procesamiento de los lácteos, como los que nos ofrecieron, para su venta o consumo.

Fotos: José Antonio Gurrea C.

Nos queda la duda sobre cuál es el papel del anciano. Frente a la interrogante, Bailé explica que en las comunidades nómadas y seminómadas, como la de los Fulani, la gente mayor suele quedarse en el campamento base. Su función no es física, sino política y consultiva, pues son los encargados de tomar decisiones, mediar en conflictos y recibir a los visitantes.

En África Occidental, donde el baile es el lenguaje por excelencia, para una comunidad tan expresiva como es la Fulani danzar representa una manifestación reservada para los momentos más esenciales de la existencia: ya sea como principal forma de comunicación no verbal para el cortejo y el matrimonio, o también —y eso nos honra— para expresar que somos bienvenidos, y que nuestra llegada es motivo de alegría y paz para la aldea. Por ello, mientras permanecemos sentados en los tapetes, las mujeres hacen un semicírculo y “a capella” comienzan, vitales, a cantar y a bailar para nosotros: baten palmas, dan brinquitos y mueven hombros, brazos y manos. A nosotros no nos queda más que hacer una leve reverencia con la cabeza y tocarnos el corazón con la palma de la mano derecha en señal de gratitud.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Video: José Antonio Gurrea C.

Somba: los arquitectos de la Tierra

Nuestra ruta gira ahora hacia el oeste, buscando la frontera con Togo y el ascenso hacia la cordillera de Atakora. Aquí, el paisaje de la sabana da paso a una arquitectura que parece brotar de la misma tierra: arribamos al país de los Somba. Al llegar, lo primero que impacta no es el hombre, sino su obra: las Tata Somba, casas-fortaleza de barro, paja y madera de dos pisos, que operan como un espejismo medieval en mitad de África. La impresión visual es fulminante.

Foto: Josep Blanch

Los habitantes de una de las Tata Somba nos dan la bienvenida y nos invitan a ingresar: aquí no hay alfombras turcas, reyes con túnicas bordadas, o rígidos protocolos. Aquí, siguiendo dictados animistas, la autoridad es espiritual y reside en la puerta. Frente a cada casa, unos montículos de barro cónicos —los fetiches protectores— custodian la entrada. Son los altares de los ancestros, encargados de filtrar las intenciones de quien llega. En este rincón de la cordillera de Atakora, la fe de los antepasados se mantiene. Fue aquí donde encalló el avance de los esclavistas, y donde ni el cristianismo ni el islam lograron permear a este pueblo, que se asentó en estos territorios entre los siglos XVII y XVIII, de acuerdo con Paul Mercier, antropólogo francés estudioso de esta etnia.

Frente a cada casa, unos montículos de barro cónicos —los fetiches protectores— custodian la entrada.

Entrar en una Tata es un viaje iniciático: dejamos atrás la luz cegadora y nos sumergirmos, siguiendo a los hospitalarios dueños, en la oscuridad fresca de la planta baja, donde junto con los animales (cabras y aves de corral, esencialmente), “habitan”, según las creencias de los Soma, los espíritus de los ancestros. Existe también una pequeña área con un fogón de arcilla que se usa durante la estación de lluvias o en los días fríos. Luego, no sin dificultades, subimos por una estrecha y empinada escalera —en realidad, unos peldaños de madera tallados en el mismo muro—, y emergemos en la terraza superior, un espacio abierto y luminoso, donde lo mismo se secan los cereales, que se realizan tareas domésticas al aire libre. Ingresamos a los dormitorios, pequeñas estructuras cilíndricas con techos de paja que parecen torres desde el exterior. Su acceso nos exige gatear: un ingenio arquitectónico que durante siglos garantizó que nadie pudiera entrar en el espacio sagrado del sueño sin quedar completamente vulnerable ante el dueño de la casa. En la planta superior también están los graneros y un espacio para cocinar en días cálidos.

La entrada a uno de los dormitorios.

En la planta baja existe una pequeña área con un fogón. Fotos: José Antonio Gurrea

El diseño de estos pequeños castilllos medievales es defensivo, pues originalmente se construyeron para proteger a la comunidad de los traficantes de esclavos de Dahomey. Hoy, las Tata Somba siguen cumpliendo funciones de protección adaptadas al presente: sus gruesos muros mantienen el interior fresco frente al sol abrasador, mientras que la planta baja sigue funcionando como un establo fortificado para proteger a los animales de robos o ataques de depredadores nocturnos. Los graneros elevados preservan las cosechas de mijo y sorgo fuera del alcance de la humedad del suelo y de plagas.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Pero su defensa más vital es invisible: en una comunidad donde varios habitantes ya han optado por construir viviendas hechas de bloques de cemento y techos de lámina de zinc —debido al arduo mantenimiento que requiere una Tata—, el empeño de los Somba por preservar las fortalezas de barro que aún permanecen en pie es su última línea de resistencia para proteger la identidad frente al avance uniforme de la globalización. Queda la duda si tendrán éxito en un futuro.

Foto: José Antonio Gurrea C.

El piso de la terraza también es de barro. Foto: Lucía Céspedes

El ritual para mantener los muros se realiza —cada año o cada dos— al terminar la temporada de lluvias. Es en ese momento cuando la comunidad se entrega a la tarea de resanar las paredes, sellando las grietas con una mezcla de adobe y la savia del néré. La esencia de este árbol endémico de África Occidental actúa como un barniz natural que endurece el barro y repele las lluvias. Además —cada tres o cuatro años—, los techos cónicos de paja deben renovarse para que el agua no alcance el corazón de la estructura. Es una labor intensiva que explica por qué muchas familias optan por las nuevas casas de cemento y zinc, ya que la Tata exige una atención constante para no colapsarse.

Las nuevas casas de bloque y zinc, vistas desde la terraza de una Tata. Foto: José Antonio Gurrea C.

Ese compromiso físico con el barro —que parte de las nuevas generaciones ya no está dispuestas a asumir— revela, además, una particularidad ligada a la espiritualidad de los Somba: durante siglos la casa no ha sido sólo un refugio, sino un organismo vivo. Existe un vínculo estrecho entre la arquitectura y la anatomía. Al igual que los niños reciben a temprana edad sus primeras escarificaciones —finas incisiones en el rostro y el vientre que funcionan como un sello para identificar a la persona como miembro del clan y darle protección—, las fachadas de las Tata son labradas con plantillas idénticas a las de sus dueños, convirtiendo al hogar en un miembro más de la comunidad que respira, protege y envejece con el clan.

Los Somba reciben sus primeras escarificaciones como un sello para identificar a la persona como miembro del clan y darle protección. .

Las fachadas de las Tata son labradas con plantillas idénticas a las de sus dueños.

Eso ya no ocurre en las paredes de cemento de las nuevas casas, donde no hay surcos que rimen con las mejillas de sus dueños: son casas sin piel y sin ancestros, son estructuras prácticas, pero mudas. Al abandonar el barro, los Somba no sólo cambian de techo, sino que dejan de habitar una prolongación de su propio cuerpo, dejando morir una tradición ancestral que los había distinguido por siglos.

El conducto que comunica la terraza con la planta baja.

La luz del atardecer sobre Atakora alarga las sombras de las Tata Somba. En el aire queda el eco de una hospitalidad que no entiende de protocolos, sino de espíritus y verdades grabadas en la carne y en el barro. Nos vamos de aquí con un dejo de tristeza, ese sentimiento que deja el ser testigos de una belleza que se desvanece. En el brillo metálico de los nuevos techos de lámina se adivina el peligro de una globalización uniforme, una marea gris que amenaza con anegar incluso este remoto rincón del planeta. ¿Cuántas lluvias más resistirán estas fortalezas antes de que el cemento termine por silenciar a los ancestros?

Fotos: José Antonio Gurrea C.

Taneka: los sabios de la montaña y el humo

Si para huir de la esclavitud, los Tofinu construyeron una ciudad lacustre y los Somba, búnkeres de barro, los Taneka convirtieron la geografía en su armadura. Durante los siglos XVII y XVIII, en el apogeo de la trata transatlántica de esclavos, integrantes de los pueblos Kabye, Bariba y Gourmantché buscaron en las alturas de la cordillera de Atakora un refugio contra la voracidad del Reino de Dahomey. Todos fueron llegando como fugitivos a este abrupto terreno lleno de senderos estrechos y rocosos. En estos entornos, los jinetes esclavistas —que dependían de la velocidad de su caballería y de ataques sorpresa— perdían su ventaja estratégica y tenían que dar marcha atrás.

La simbólica puerta de entrada a territorio Taneka. Foto: José Antonio Gurrea C.

Poder llegar a la aldea Taneka exige ascender por laderas empinadas y senderos de piedras sueltas donde la vegetación seca cruje bajo los pies. El terreno se mantiene tan hostil como hace cuatro siglos, cuando su geografía era la única defensa contra los esclavistas. Traspasamos la simbólica puerta de entrada, y, metros adelante, la primera imagen que nos recibe es de una potencia visual abrumadora. Allí, sentado sobre una roca — a manera de su trono— encontramos a un anciano: es el Sota, el dignatario espiritual o “chamán” de la comunidad. Va semidesnudo, con un taparrabos de piel de animal, un gorro de rafia y en sus manos sostiene una larga pipa de madera desde donde el humo asciende lentamente hacia el cielo.

Foto: José Antonio Gurrea C.

A diferencia de Occidente u otras regiones del mundo, donde el tabaco es adicción u ocio, para los Taneka la pipa es un objeto sagrado de poder. No es un vicio, sino un instrumento de mediación: el humo actúa como un vehículo de oración que enlaza el plano terrenal con el invisible. “Al fumar, el Sota eleva sus consultas a los ancestros. Para ellos, sin ese rastro de humo, la conexión con lo sagrado simplemente se interrumpe”, detalla Bailé, mientras solicita al anciano que le practique un ritual de sanación.

Comienza el ritual. El Sota, con movimientos lentos y ceremoniosos, centra su atención en el tobillo de nuestro guía. Mientras el humo de la pipa envuelve la articulación, el anciano aplica el tizne proveniente de la combustión del tabaco con una presión firme, como si estuviera “atando” la salud a sus pies. Para un hombre como Bailé, que vive de caminar estos senderos agrestes, esa curación no es sólo simbólica: es un refuerzo vital para que sus pasos no flaquearan en la montaña.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Tras los rituales de sanación, nos internamos en la aldea. Caminar por el pueblo Taneka es enfrentarse a una pobreza que no conoce de matices. No hay calles trazadas por el hombre, sino veredas que serpentean adaptándose a la caprichosa geografía de la montaña. Bajo nuestros pies, la roca gastada por siglos de pasos nos guía entre chozas circulares de techos de paja cónicos que se mimetizan con el paisaje. Desde lejos, las aldeas parecen parte de la montaña. En su interior, son espacios extremadamente básicos, oscuros y pequeños, pensados sólo para dormir y resguardar lo más valioso. La vida ocurre afuera, bajo los árboles o en las plazas de piedra.

Foto: José Antonio Gurrea C.

A la precariedad de los techos, hay que agregar la falta de electricidad y de agua —las mujeres caminan kilómetros para llegar a los pozos—.Tampoco hay maquinaria ni tecnología, sino azadas de hierro forjado y palos de siembra gastados por el uso manual, así como una economía de subsistencia basada en el mijo y la yuca. Y aunque también cultivan sorgo, maíz y cacahuetes en las faldas de los montes Atakora, la producción es magra debido a la hostilidad del terreno. Al ser un suelo tan pedregoso, el agua de lluvia no se retiene; se filtra o escurre rápidamente hacia los valles, dejando la superficie seca poco después de una tormenta. No hay “tierra profunda”. El suelo es una capa extremadamente delgada que impide que las raíces de la mayoría de las plantas logren desarrollarse.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Foto: Lucia Céspedes

Esa es la gran paradoja de esta etnia: la agreste tierra que les sirvió de refugio para escapar de la esclavitud y mantener su libertad, ha sido también el mayor obstáculo para su desarrollo. Hace siglos, Atakora y la esterilidad de sus laderas fueron sus mejores aliadas. Ningún esclavista ni ningún ejército colonial osaba internarse aquí, donde cada roca era un escondite. Los Taneka compraron su autonomía al precio del aislamiento. En Benín —nación donde habitan alrededor de catorce millones de humanos—, la oscura etapa del esclavismo es una cicatriz que para muchos aún no ha cerrado.

Fotos: José Antonio Gurrea C.

LEE MAÑANA EN LALUPA.MX LA TERCERA ENTREGA DE ESTA CRÓNICA SOBRE BENÍN: UN BREVE FLASHBACK CON AVIONES DONDE AFRICA REGRESA, EL ARSENAL DE VACUNAS Y MEDICAMENTOS COMO PREPARATIVO DEL VIAJE Y UNA FUGAZ VISITA A PARÍS EN BUSCA DEL PASADO COLONIAL DE ESTA NACIÓN AFRICANA.

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Last modified: 26 mayo, 2026
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