Autoría de 8:12 pm #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito • 4 Comments

Prácticas antidemocráticas – Víctor Roura

Evidentemente no existe la democracia en la prensa cultural, dije ante una nutrida concurrencia de veracruzanos, que asiente, aunque no sé si comprendía del todo mi aseveración.
      Una reportera tomó la palabra, sin embargo.
      —Los periodistas no dejan que nadie más se inmiscuya en sus fuentes —dijo—. Se enojan si alguien aborda un tema que creen suyo. Cuando yo he escrito sobre un problema cultural, los editores lo descalifican de su contexto para remitirlo a las páginas de sociedad, que es donde caben las denuncias. Además, me dicen que yo no debo meterme en estas complicaciones. Que la cultura es la cultura, como si en ella no hubiese delitos.
      La reportera estaba hablando, acaso de manera ingenua, de una de las más graves crisis que se contempla en el interior de la prensa en general: la mezquindad y todo lo que ésta arrastra consigo. Porque, en pocas palabras, lo que quería la reportera era saber cómo solucionar las tradicionales intolerancias que se dan en los intestinos de la redacción, incluso ya digitales, si bien en éstos, si hablo de los intestinos, o en ésta, si hablo de la redacción.
      —El problema —dije, entonces, para tratar de solidarizarme con su problema— es irresoluble…

Mientras haya jerarcas, o personas con grados superiores al periodista común, lo merezca o no (el grado), que impidan las independencias de los reporteros (honorables, porque en efecto hay de todo en este mundo a la venta), mientras limiten sus fuentes, sus estilos escriturales, sus propios métodos de trabajo, mientras les prohíban acometer empresas fuera de sus circuitos encomendados, mientras no estimulen sus iniciativas, la prensa mexicana siempre se va a desarrollar —como lo ha venido haciendo casi desde su inicio de la construccción de los  medios mismos— al margen de la creatividad colectiva, y hablo ya también de las instancias públicas, antes diferenciadas en su actitud, ya ahora tal vez peores que las empresas privadas en lo relacionado, lamentablemente, con la postura oficial: el disimulo de antaño ha pasado a ser el descaro leguleyo de la entraña política, es decir de personal chapucero que labora sin rigor, sin  conocimientos suficientes, eligiendo la sutil complicidad laudatoria para conseguir sus propios beneficios o satisfactores económicos.

      —¿Qué hago para trabajar de otra forma?, ¿para no sentirme encadenada en mi trabajo? —preguntó la reportera.
      Pero yo no tengo una solución para los vicios, ya cimeros, ya con postulados coercitivos, de la prensa.
      —Si estuviera aquí en mi lugar cualquier teórico optimista —respondí— diría que prosiguieras en tu trabajo, que te afanaras más, que todo tiene una recompensa, que en el futuro publica el que tiene que publicar. No obstante, las cosas no son así. Y, sin ser tampoco un pesimista, lo único que puedo decir es que mientras los empresarios que maquilan el medio (porque también el medio digital se maquila ya) donde laboras continúen sólo viendo a su medio de comunicación como una empresa particularizada de canonjías personales (o de idóneo camuflaje informativo) y de intereses muy bien localizados, jamás van a dejar que seas autónoma dentro de sus cuatro paredes, que, finalmente, son de su entera propiedad.
      Fui a esta ciudad con mar para participar en la Feria Internacional del Libro Universitario. Y como en aquella ocasión el tema central era el de la “Educación, política y democracia”, también se me dijo que en mi ponencia me refiriera a estos bastardos elementos periodísticos, cosa que, luego de hacer algunos subrayados esenciales en la gestación de este específico género periodístico —el cultural—, me dirigí a los equívocos mayores que causan, las más de las veces, las confusiones en esta zona, como la creencia de los mitos, los estatus y las intocabilidades, que han dañado, y siguen dañando, el modo de hacer la práctica periodística, conduciendo, de paso, al más rijoso autoritarismo a alojarse en los recintos supuestamente democráticos del sistema.
      Para acabar pronto, la prensa cultural posee listas negras de la misma manera en que difunden a sus consentidos: recuerdo cuando en el periódico, ya desaparecido, unomásuno me pidieron que nunca más se hablase en la sección cultural de Carlos Monsiváis, al siguiente día no regresé nunca más a ese medio. Desde una revista como Proceso hasta un diario como La Jornada, sus políticas internas, pese a sus respectivas apariencias de apertura democrática, se mueven bajo estas pesarosas condicionantes de los prejuicios altivos y las lealtades perennes (en ambos medios, por ejemplo, está prohibido escribir el nombre de Víctor Roura). Por más que un escritor publique un libro cada año, y su calidad literaria sea incluso superior a aquella novela light de moda que aparece cotidianamente en esas páginas, si no es parte, el esmerado escritor, de la cofradía editorial va a ser permanentemente ignorado por estas publicaciones. Y recordé aquella ingrata anécdota del director de Excélsior amigo de Salvador Novo a quien lo requería para todas las entrevistas de opinión hasta que, por alguna razón de su quebrantada intimidad, el lazo fraterno se rompió con la consecuente orden imperial del director que prohibía, terminantenente, que el nombre de Salvador Novo apareciera en las páginas de su periódico… ni aunque se pagara la esquela de su muerte.
      ¿Por qué cuando López Obrador dio su discurso para entrar de lleno a la campaña presidencial un diario como La Jornada, aparte de las fotografías del candidato perredista, publicó una gráfica de Jesusa Rodríguez muy atenta escuchando las palabras del político tabasqueño? ¿Qué tenía que ver una foto con la actitud política? ¿Qué relación había entre el político y la dama de teatro? (Años después, ya en el obradorismo, a Jesusa, distinguida actriz, le fue de maravillas —dinero de sobra, pues— en el sexenio morenista al ser senadora de la República de 2018 a 2021 como suplente de Olga Sánchez Cordero. Nada, sencillamente nada, sino simple veneración de dicho medio hacia una personalidad cultural, que hiciera lo que hiciera —o no dijera nada, o no hiciera nada—, siempre merecía portada en dicha publicación por cuestiones de conexión amistosa, no por otro argumento.

      Y de esa manera es como se va desequilibrando, de a poco, la información cultural.

      ¿Por qué unos sí son atendidos con puntualidad por la redacción de los medios y otros, por más que trabajen, por más que hagan afanosamente lo suyo, nomás no van a tener ningún espacio en las zonas culturales?
      Porque no se trata de inobjetables calidades, ni de apreciaciones intelectuales, ni de rigurosas calificaciones por medio de consejos internos, ni nada que se le parezca. Una vez, varios estudiantes de periodismo me preguntaron qué método practicaba yo para elaborar las páginas de la sección cultural que yo elaboraba entonces en el diario El Financiero, ya que ellos estaban seguros que, para lograr tal proeza, los periodistas mantenían a conciencia una particular metodología. Y me nombraron, como su máximo ejemplo, a Fernando Benítez, cuya metodología, adujeron, estudiaron en las aulas universitarias.
      —¿Me pueden decir, por favor, a qué metodología se refieren? —les pregunté, afinando la interrogación.
      Se miraron unos a otros, todos querían tomar la palabra pero, al final, ninguno lo hizo.
      —Tengo entendido —dije— que el único método de Benítez, del cual se ufanaba, consistía en estar bien con sus treinta amigos a quienes consagraba con vehemencia…
Simple camaradería, nada más.
      Y podía ser, tal vez, un buen método, pero sin duda muy coercitivo y parcializador, tal como en efecto lo era.
      Si el principio revelador —el sino al que se aspira— de la orgullosa práctica de la prensa cultural consiste en la develación publicitaria de los actos realizados únicamente por las amistades, entonces tendremos, ciertamente —tal como sucede en la mayoría de las secciones de cultura—, páginas probablemente irrefutables (mas visiblemente sectarizadas) donde los mismos nombres y las mismas famas siempre ocupen los privilegiados espacios relegando, con ello —de manera enfáticamente antidemocrática—, a los que no forman parte del entorno familiar o amistoso, tal como también efectivamente acontece.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX

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Last modified: 5 mayo, 2026
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