Autoría de 8:03 am #Destacada, #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito • One Comment

El contagio de las medianías – Víctor Roura

1

Manuel Buendía nació en Zitácuaro, Michoacán, el 24 de mayo de 1926, razón por la cual durante este año se conmemora su centenario natal. En el seminario de esa localidad cursó los primeros estudios y ahí mismo fue maestro de primaria. En la Ciudad de México estudia el bachillerato y algunos semestres en la Escuela Libre de Derecho. Se emplea como reportero en la revista La Nación, después pasa a La Prensa en donde llegará a ocupar la dirección. Durante algunos años ocupa puestos en unidades de comunicación en el sector público, y en 1977 decide dedicar todo su tiempo al columnismo con la reaparición de “Red Privada” (columna que había nacido en La Prensa) en la cadena de los Soles. Después la publicaría en El Universal y posteriormente en el Excélsior, en donde ya era la más leída columna política del diarismo mexicano cuando las balas de un asesino lo sorprenden fuera de su oficina al atardecer del 30 de mayo de 1984. Apenas seis días antes, Manuel Buendía acababa de cumplir los 58 años de edad.

2

La denominación de nuevo periodismo podría parecer un término extemporáneo en nuestro país porque, como es sabido, la expansión y revelación del caso se suscitaron, sobre todo, en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, género periodístico proveniente de Estados Unidos cimentado a lo largo de los años referidos.

      Mas ello no quiere decir que no se haya escrito antes un modelo narrativo e informativo diferente al común esquema que ha imperado en los medios de comunicación ya industriosos, tradicionales, sino que en los sesenta esta nueva prensa informadora pasó a ocupar un lugar destacado en las redacciones y lo ejercían varios periodistas enemistados con la escritura diaria boletinada e insustancial.

      Tom Wolfe, junto con Truman Capote y Norman Mailer, era de los representantes primarios de esta corriente, quien apuntaba —Wolfe— que Seymour Krim le dijo alguna vez que la etiqueta de nuevo periodismo la había oído por primera vez en 1965, cuando Krim era el jefe de redacción de la revista Nugget, y Pete Hamill le llamó para encargarle un artículo precisamente intitulado “The New Journalism” para que reseñara el trabajo de reporteros como James Breslin y Gay Talese.

      Para ese entonces el propio Wolfe escribió un tratado sobre el nuevo periodismo, que a muchos sigue pareciendo excesivo porque en su texto se hallan desdibujadas ideas brillantes debido justamente a su reiterado gusto por remarcar su admiración por superficialidades que ahora nos parecen esnobistas. A fuerza, Wolfe quería emparentar a la literatura realista con el nuevo género, pero a la vez reconociendo que de no haber él mismo exaltado esta corriente periodística, no hubiese sido posible hallar un camino diferente en las letras diarias: “El estatus del nuevo periodismo —decía Wolfe en su libro New Journalism— no está asegurado de ninguna forma. En algunas esferas el desdén por él es ilimitado; sin un poco de suerte el nuevo género nunca será santificado, nunca será exaltado, nunca se le dará una teología”.

      Porque, para comenzar, esta corriente se enfrentaba al inaccesible conservadurismo de los medios establecidos, a los que Tom Wolfe llamaba medios tótem quizá por su visible inmovilismo y sus caretas esculpidas con base en intereses mercantiles.

      En los sesenta surgen, de manera sistemática, fluida, continua, las nuevas letras en los diarios. Philip Roth, en 1961, detallaba: “El escritor norteamericano a mediados del siglo XX tiene las manos ocupadas en tratar de comprender, después escribir y luego hacer creíble gran parte de la realidad. Causa estupor, enferma, enfurece y finalmente es incluso una especie de desconcierto para la pobre imaginación propia. La realidad continuamente excede nuestros talentos y la cultura casi diariamente saca a relucir figuraciones que son la envidia de cualquier novelista”.

      La mayoría de los analistas de esta corriente coincidía en ese punto: un equilibrio perfecto entre la narrativa de la novela y el lenguaje de los periódicos. Esa endeble cuerda floja entre la literatura y el diarismo (se entiende por diarismo también el practicado en los portales, porque la prensa no va a dejar de serlo independientemente del medio que se use), entonces, se tensa para poder sostener sólidamente a un (nuevo) género que asocia sin dificultad a ambas artes (la imaginación literaria y la descripción periodística). Y me refiero aquí exclusivamente al diarismo, no al periodismo, que si bien son dos términos similares de ningún modo se ejercen de la misma manera en la práctica. Periodistas probablemente sean todos a los que se les edita ocasionalmente un texto en alguna publicación (¡hay periodistas en la televisión que no saben escribir correctamente!), pero diaristas son aquellos que se enfrentan a diario con su prosa informadora: no es lo mismo, digamos, un Carlos Fuentes periodista a un Manuel Buendúa diarista, ni nunca lo mismo un Carlos Monsiváis periodista (que escribía, detallaba y definía asuntos periodísticos, desde su casa, sin haber estado jamás en una redacción periodística) a un Miguel Ángel Granados Chapa.

3

Para uno de sus más creativos indicadores, Gay Talese, el nuevo periodismo permite, demanda de hecho, un enfoque más imaginativo del reportaje. Para John Hollowell, la voz del nuevo periodista es francamente subjetiva, lleva el sello de su personalidad: “Mi reino por un estilo establece, primordialmente, la muerte de la objetividad —decía el ensayista mexicano Carlos Monsiváis—, elemento que es prácticamente imposible desde el quehacer del nuevo periodismo”, lo que confirmaba el asunto de la subjetividad planteada por Hollowell.

      Para Harold Hayes, antiguo editor del Esquire —publicación que alentó el nuevo periodismo—, el artículo de revista era un convencionalismo de la escritura, y aquéllos que triunfaban en él eran los que entendían la convención. Más aún, Naomi Feigelson iba hacia terrenos del extremo: “Los representantes del nuevo periodismo se ven a sí mismos como reeducadores de la juventud y como unificadores y solidificadores del movimiento revolucionario. La prensa undergraund no se limita a informar, sino que está haciendo una revolución”.

      En este sentido, Michael L. Johnson distinguía el nuevo periodismo del periodismo especializado y observaba tres grandes categorías de nuevo periodismo surgido en los sesenta:

      1) prensa subterránea,

      2) libros o ensayos escritos en estilo periodístico por gente que dentro o fuera del campo del esfuerzo literario ha formulado una respuesta directa, valorativa y por lo común participante empleando o inventando una voz periodística y

      3) los cambios en los medios de comunicación oficiales que involucran nuevas y distintas maneras de relatar y comentar los sucesos que les interesan.

      Un periodista que por sí mismo decidió abandonar su fuente laboral en el New York Mirror para trabajar en la prensa underground, John Wilcock, decía que mientras los diarios oficiales aceptaban “estúpida e insidiosamente” los cuentos de todo el mundo, desde el autobombo del gobierno hasta los envanecimientos del agente de prensa que llevan a través del cable, la prensa subterránea se basaba en testimonios de hombres procedentes de las guerras, en la evidencia empírica de las calles y los guetos y en la confrontación personal. La práctica estándar del periodismo anclaba a sus hacedores en un mar de conservadurismo e intereses privados. Michael J. Arlen apuntaba: “La prensa norteamericana descansaba en simples oraciones declarativas. El enfoque de fuera adornos. Quién-dónde-cuándo. Inglés limpio, se le llamó más tarde cuando empezó a enseñarse en las universidades. Prosa escueta”.

      Y de ahí que surgieran los opositores a la nueva prensa no fue algo que sorprendiera a los protagonistas de esta novedosa corriente: sabían que tarde o temprano serían vistos con recelo porque los nuevos periodistas, por su peculiar voz, destacaban por encima de sus cientos de repetitivos y encuadrados colegas.

      Lester Markel, por ejemplo, antiguo editor de The New York Times, declaró en los sesenta: “De los doce a catorce artículos en primera plana del periódico promedio, por lo menos diez no pueden cubrirse con el detalle minucioso o con el diálogo y con la colorida información incidental que prescribe el nuevo periodismo. Simplemente no se cuenta con el tiempo para efectuar este tipo de trabajo, a pesar de lo deseable que pueda ser, a menos que el periódico esté dispuesto a entregar el campo de las noticias a la televisión enteramente”.

      ¿El periodismo escrito estaba dispuesto a entregarse al periodismo de la TV?

      Este era, aún lo es, un asunto incómodo por la fácil resolución, pero al mismo tiempo era. es, el matiz que determina la trascendencia del lenguaje de la prensa (aun en la actualidad, cuando la prensa ha preferido digitalizarse) que, en ningún momento, puede competir con las imágenes noticiosas de la pantalla casera, o digital, tal como puede apreciarse hoy en la Internet, donde hay una frecuente batalla, acaso no percibida del todo, entre el habla y la actitud.

      Y he ahí la ventaja, pero también la desventaja, de la (aquí sí, ya que no se trata de florituras imaginativas o escrituras cuidadosas) nueva prensa, porque ante un hecho irrefutable (la imagen se adelanta al periodismo escrito) los reporteros de los diarios, o los periodistas de casa, vuelven a repetir lo ya dicho por la imagen, y sin por supuesto la imagen que, por lo tanto, ha enriquecido a la información, por nimia que ésta fuera. La imagen proclamada por los medios digitales es un medio de prensa inmediato (obviamente parcial u objetiva). Por lo tanto, las líneas editoriales de los antiguos diarios debieran tenerlo siempre presente para, en lugar de tratar innocuamente de competir, hacer la lectura diferente de lo que previamente el lector ya sabía. (Era el colmo: si Fernando Valenzuela, entonces pitcher de Los Dodgers, había perdido, ya al otro día no era noticia; sin embargo, los diarios hacían sus encabezados con su derrota. Si Miguel de la Madrid declaraba que México vivía una feliz democracia, todos los diarios al otro día mostrarían a ocho columnas esa misma frase que ya todo el pueblo la había oído la noche anterior por la televisión o por la radio. Sólo los avezados nuevos periodistas eran capaces de decir cosas diferentes escrituralmente de las noticias conocidas.)

      No digo que no se testimoniaran los hechos, sino que habría que hacerlo ya de otro modo, con diferente visión, no siguiendo moldes escriturales caducas, porque en la prensa escrita todo, prácticamente todo, se hacía metódicamente. La prensa se había uniformado informativamente. La escuelita de la competencia para ver quién traía la mejor nota sólo había creado prestigios artificiales y un inmoderado desgaste en el reportero. La importancia del nuevo periodismo consistía en documentar, no en ganar o competir absurdamente una nota que finalmente estaría en boca de todos un día después.

4

De ejercer una actitud contraria a la tradicional (donde, por supuesto, el nuevo periodismo no tenía cabida porque el oficio periodístico se zambullía en la rutina y se hallaba limitado al breve espacio del tabloide, dominado entonces por los anuncios publicitarios), la nueva prensa generaría su propia información: dejaría de ser una repetidora de noticias. Carlos Monsiváis, aun siendo ensayista distanciado de las redacciones periodísticas, ya lo había intuido: la intención del nuevo periodismo había sido la de interpretar o recrear los sucesos diarios (lo mismo que practicaba Monsiváis sin recurrir a laborar a un diario): “En lo específicamente literario, el nuevo periodismo reacciona contra el trabajo de los reporteros tradicionales (pasivo, grisáceo, informe) y desea impregnar de apremio estilístico (estético) las fortalezas habituales donde se empobrece, se burocratiza o se degrada el lenguaje”.

      Sí habría que oponerse prosística e informativamente al periodismo dominante. Porque nuevo periodismo significaba mucho más que una búsqueda (que la había) de un encuentro afortunado con la buena escritura.

      No entiendo al nuevo periodismo únicamente como lo establecían los estadounidenses, sino se tenía que recurrir a otras formas de relación, incluso, dentro de la atmósfera de la redacción, en la cual no se bajaban de inútiles a los reporteros que deseaban acercarse a distintos preámbulos periodísticos, como desechar las adocenadas grillas para pisotear a quien no quiera seguir la corriente, tal como continúa ocurriendo hasta en los medios públicos. (De esto hay mucho en la prensa mexicana, de ahí que los propios periodistas, la mayoría, dude de la existencia del nuevo periodismo.)

      Manuel Buendía ya se había percatado de estas ruindades rutinarias: “No hay enemigo más peligroso que la secreta fraternidad de los mediocres —decía el asesinado periodista michoacano—. Están por todas partes y, como cierta clase de individuos, se reconocen entre sí con un leve movimiento de pestañas, y a veces sin pestañear siquiera. De piel a piel se sienten entre ellos. Un mediocre sabe bien quién es otro poca cosa y en cierto tiempo (me refiero concretamente a lo que ocurre en las redacciones) forman una silenciosa pero eficiente y muy pugnaz falange de medianías. De modo instintivo saben descubrir a quien no es de su sindicato y éste automáticamente se convierte en blanco de todas las intrigas y difamaciones. La primera ley de los mediocres es la consigna de destruir a los que no lo son. Para pasarla bien, tranquilos, sin sobresaltos, hay que ser medianos”.

      El nuevo periodismo tenía que surgir en otro ambiente. Y tal vez, sí, el término “nuevo periodismo” tenía una resonancia extemporánea, pero su valía radicaba precisamente en su inusual práctica. El quehacer de este género en México no era, no es, alimentado sino sólo para cubrir un espacio ornamental (“la nota de color”, la llamaban, o la siguen llamando, los editores: el nuevo periodismo era entendido como un plus cuantificado de la prensa común: el nuevo periodismo se escribía no para informar de diferente manera, no para subrayar las voces marginales y marginadas, no para descubrir la miseria cotidiana, no para descubrir las mentiras oficiales, sino para confirmar los estatus del poder, para elogiar las actividades de la clase dominante que es la que, ultimadamente, conforma y precisa y delinea la ideología de la prensa en México.

      El nuevo periodismo, dado el rezago con que se tiene al oficio, su constante violación y corrupción, puede darse sólo (tal como hasta hoy se ha visto) fragmentariamente. Para su concreción necesita liquidar vicios y efectos de un diarismo —escrito, digitalizado, televisivo, radiofónico— ya obsoleto, pero para hacerlo tendría que crearse prácticamente un nuevo orden informativo. Un nuevo orden social.

      El nuevo periodismo tiene que surgir en otro ambiente. Y tal vez, sí, la palabra tenga una resonancia extemporánea, pero lo valioso del término radica precisamente en su inusual práctica.

    La escuelita de la competencia para ver quién trae la mejor nota sólo ha creado prestigios artificiales y un inmoderado desgaste en el reportero.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX

https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/victor-roura-oficio-bonito

(Visited 141 times, 1 visits today)
Last modified: 19 mayo, 2026
Cerrar