HISTORIA: MALÚ GONZÁLEZ Y CARLO AGUILAR / CUPI-UAQ
FOTOS: CORTESÍA VERÓNICA SUÁREZ
INFOGRAFÍAS: MARIO ORTEGA
En el fondo de la fonda “La Fuentecita”, el ruido habitual de los platos y las conversaciones ya no existe. Las mesas permanecen vacías, las puertas cerradas y el eco de las palabras rebota entre las paredes.
Ahí, entre silencios largos y recuerdos que se rompen al pronunciarlos en voz alta, Verónica Suárez y Emanuel Hernández intentan reconstruir quién era el hombre detrás del casco y la bicicleta, víctima de violencia vial, el pasado 1 de mayo, en el kilómetro 18 de la carretera San Juan del Río-Tequisquiapan.

Omar Ruiz no era solamente un ciclista. Era esposo, padre, amigo, entrenador, cocinero y una presencia que resaltaba. Fue una de esas personas que llenan un espacio incluso cuando apenas hablan.
“Siempre tenía una palabra o te sacaba una sonrisa”, recuerda Emanuel, amigo cercano de la familia. Verónica, viuda de Omar y madre de sus hijos, lo describe como “perseverante” e “innovador”, alguien incapaz de quedarse quieto, incluso en pensamiento. “Su mente siempre estaba trabajando”, cuenta.
Durante más de dos décadas, Omar y Verónica construyeron una vida juntos alrededor de “La Fuentecita”, una pequeña fonda donde el día comenzaba temprano entre desayunos, llamadas, fruta recién cortada y clientes frecuentes.
Omar parecía estar en todas partes al mismo tiempo. Cocinaba, atendía mesas, organizaba pedidos y aun así encontraba tiempo para conversar con cualquiera que cruzara la puerta.

“Nosotros a veces decíamos que no tenía tan buena memoria, pero creo que tenía una excelente memoria porque a la mayoría de los clientes los conocía o los ubicaba por nombre”, recuerda Verónica.
Ese detalle, aparentemente pequeño, terminaba marcando a quienes lo conocían. Emanuel sonríe al contarlo: “El plus que él decía que daban en La Fuentecita era sacar una sonrisa, atender y dar un poquito más de lo normal”.
Porque Omar parecía vivir así: dando un poco más de sí mismo todo el tiempo.
Después de jornadas completas en la fonda todavía encontraba energía para correr por las tardes, entrenar, ir al gimnasio o salir en bicicleta.
“Era la persona con más energía que he conocido”, dice Emanuel. “Le decía: ‘¿trabajas todo el día aquí y todavía quieres ir a correr?’”.

Ciclismo “era como su terapia”
La bicicleta, sin embargo, no era solamente ejercicio. Era refugio.
Cuando tenía 17 años, Omar perdió a su hermano mayor, Ricardo, en un accidente de motocicleta. La tragedia lo empujó hacia el deporte.
Comenzó a entrenar triatlón en el Parque Querétaro 2000 y desde entonces el ciclismo se convirtió en una parte inseparable de su vida. “Era como su terapia”, explica Verónica. Ahí encontraba un espacio para liberar el estrés, el cansancio y todo aquello que no siempre se dice en voz alta.
Emanuel recuerda que correr con él también era una forma de conversación. “A pesar de que como hombres no decimos muchas cosas, cuando salíamos a correr platicábamos de la vida, del trabajo, de Dios, de la familia”.
Omar hablaba poco de sí mismo dentro de la fonda, pero sobre el asfalto parecía abrirse más. La actividad física era su manera de procesar el mundo.
Y lo hacía con intensidad.
Quienes entrenaron con él lo recuerdan incapaz de conformarse. Si daba clases de spinning, las transformaba.
Convertía estacionamientos en circuitos improvisados, diseñaba ejercicios distintos y hasta construyó un muñeco relleno de aserrín para que sus alumnos hicieran rutinas de fuerza.
“Nunca quería estancarse”, dice Verónica. “Siempre quería mejorar y darlo todo”.

Esa intensidad también estaba en las calles. Omar corría y pedaleaba por distintos puntos de Querétaro sin preocuparse demasiado por las condiciones de las vialidades. No porque no existiera peligro, sino porque para él lo importante era avanzar, moverse, disfrutar.
“Él salía a correr ya… a disfrutar”, dice Verónica.
Perciben “poca” empatía de automovilistas
Pero afuera de “La Fuentecita”, fuera del círculo de amigos y clientes que lo conocían, la ciudad se mueve bajo otra lógica: la velocidad de los automóviles.
Omar Ruiz se convirtió en otro nombre dentro de una lista creciente de ciclistas asesinados en vialidades donde la infraestructura parece diseñada únicamente para coches.
Su muerte dejó un vacío devastador entre quienes lo conocían, pero también una pregunta: ¿cuántas tragedias más tienen que ocurrir para que las autoridades actúen?
Aunque Omar no hablaba constantemente del riesgo, quienes lo acompañaban alcanzaban a percibirlo. Verónica recuerda que en ocasiones seguían su bicicleta desde una camioneta para protegerlo más en carretera. Aun así, la reacción de automovilistas era la misma.
“Los automovilistas son poco empáticos”, relata. “Aunque vayas como barredora detrás del ciclista, se molestan, te pitan, porque no pueden pasar a la velocidad que ellos quieren”.
Las banquetas irregulares y la falta de espacios seguros convierten a las calles en territorio hostil para quien se mueve sobre dos ruedas. Emanuel lo resume con una frase sencilla: “Hasta que no pasa algo con alguien cercano es cuando empezamos a decir que hay que tener un poquito más de tolerancia con los ciclistas”.

“Pedir justicia”, prioridad. Mientras avanza la impunidad
La exigencia de justicia, mientras tanto, avanza lentamente.
“El énfasis es pedir justicia”, dice Verónica. “Claramente en esta situación hay un culpable que anda por ahí”. Hasta ahora, asegura, la familia ha tenido que aportar videos y pruebas por cuenta propia para intentar mover la investigación. “Tú asumirías que la Fiscalía debería revisar cámaras y hacer la investigación, pero parece que no es así”.
El 11 de mayo, acompañada de su abogado, Verónica entregó una USB con grabaciones que podrían ayudar a identificar el vehículo involucrado.
Sin embargo, los días siguen pasando sin respuestas claras. Y el tiempo pesa: las grabaciones del C4 se eliminan después de 30 días.
“Es tiempo que se pierde”, lamenta.
Ciclistas y ciudadanos han realizado tres marchas o acciones para exigir que la muerte de Omar no permanezca en la impunidad. El sábado 16 de mayo, colocaron bici blanca en su memoria, a la altura del kilómetro de la carretera San Juan del Río-Tequisquiapan, sitio donde fue asesinado tras ser atropellado por un vehículo.
Antes, Verónica, amigos y ciclistas llevaron un pliego petitorio a Palacio de Gobierno —oficina del gobernador Mauricio Kuri González— para solicitar justicia para Omar, por la violencia vial de la cual fue víctima. Marcharon por calles del Centro Histórico de la capital. Al cierre de la edición de este trabajo periodístico (viernes 22 de mayo), aún no hay respuesta formal u oficial ni del Poder Ejecutivo ni de la Fiscalía de Justicia.

Lucha y disciplina, parte del legado de Omar
En medio de la frustración y el duelo, la memoria de Omar sigue apareciendo en pequeños detalles cotidianos: en las rutas que recorría, en las personas que aún preguntan por él, en los clientes que esperan escuchar su voz detrás de la barra.
Quienes lo conocieron insisten en hablar de la vida que dejó.
Verónica asegura que el mayor aprendizaje que Omar le dejó fue no rendirse. “Nunca darte por vencido. Siempre hay una salida, siempre hay una solución”.
Emanuel, por su parte, habla de disciplina y alegría. De aprender a disfrutar el momento incluso en medio del cansancio.
Luego hace una pausa larga antes de responder cómo le gustaría que lo recordaran.
“Yo me lo llevo como un buen amigo, lo recuerdo como un buen papá… un buen esposo y pues esa parte de su alegría… es lo que me gustaría que todo el mundo recordara”.
En “La Fuentecita”, el silencio sigue ocupando el lugar donde antes estaba Omar Ruiz. Afuera, las bicicletas pasan por calles estrechas con autos que pasan a toda velocidad.
Mientras la investigación avanza lentamente, la memoria de Omar permanece detenida en el mismo punto donde muchas vidas ciclistas en México parecen quedarse: entre la pasión por pedalear y un sistema que todavía no aprende a protegerlas.

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