Autoría de 2:54 pm Desde la UNAM

¿Cómo ves el estrés? Me preocupaba tanto que se me olvidó*

Todos nos hemos bloqueado durante un examen. Estamos ahí, sentados frente a una hoja de papel que nos hace una pregunta simple, burlona, sobre un tema que estamos seguros de conocer, pero que, en el momento, no podemos expresar. La leemos tres, cuatro veces y nada. Es como si una neblina cubriera nuestra mente, suficientemente ligera para ver la silueta de la respuesta, pero demasiado espesa para ver los detalles. La frustración de no avanzar parece empeorar la situación, la información cada vez se hace más opaca hasta que el tiempo se acaba, sin que hayamos sido capaces de arrancarla de la punta de nuestra lengua. Este bloqueo no es causado por energías negativas que conspiran en nuestra contra, es un proceso fisiológico natural que podemos aprender a controlar y usar a nuestro favor.

El estrés es nuestra respuesta a un reto, a una amenaza o cualquier obstáculo que enfrentamos a lo largo de la vida. Cuando pensamos en “estar estresados”, nos solemos referir a las sensaciones que esto implica, como el incremento en la frecuencia cardiaca o la sudoración de las manos, sin embargo, el estrés afecta muchas otras partes de nuestro cuerpo. Este estado de alerta cambia las prioridades de nuestro cerebro, alterando nuestra capacidad de pensar e, incluso, la forma en la que recordamos. En condiciones saludables, esta movilización de energía incrementa nuestra atención y capacidad de resolver problemas, pero cuando el estrés es demasiado grande o prolongado, estos mismos mecanismos, que en un principio trabajan a nuestro favor, se vuelven en nuestra contra.

El estrés se comunica en el cuerpo por medio de dos hormonas: la adrenalina y el cortisol. Estos pequeños mensajeros viajan por la sangre para darle indicaciones a nuestros órganos para cambiar su comportamiento y enfrentar una situación urgente que necesita nuestra atención. Diferentes partes del cerebro tienen sensibilidades distintas a estos mensajes, algunas reaccionan con intensidad, otras son más moderadas. El hipocampo, que es la región del cerebro más estrechamente asociada con la memoria, es especialmente sensible al cortisol y, por lo tanto, al estrés.

La relación entre el estrés y la memoria es compleja, no se trata de un simple “bueno” o “malo”. Se sabe que su efecto es dependiente tanto de la cantidad como el momento en el que se experimenta. Niveles moderados de estrés durante el aprendizaje ayudan a formar memorias más duraderas y precisas, como cuando en una clase ponemos atención porque sabemos que la información es importante. Si, por otro lado, nos relajamos demasiado, nuestro hipocampo recibe señales bajas de estrés durante este mismo periodo y el aprendizaje se debilita.

Asimismo, el estrés intenso en el momento en el que se quiere recordar disminuye la accesibilidad de la memoria y puede resultar en bloqueos temporales de recuerdos. Esto se puede observar durante exámenes que nos preocupan mucho o en personas que están tan preocupadas que parecen olvidarse de todo, como el lugar donde dejaron las llaves o el nombre de alguien.

Vivir bajo mucho estrés no es bueno, el cerebro lo resiente. Estudios en animales muestran que un hipocampo que es expuesto constantemente a cortisol empieza a deteriorarse, sus neuronas mueren e incluso disminuye su tamaño. Este daño hipocampal resulta en problemas recurrentes de memoria y una mayor incidencia de síntomas ansioso-depresivos. En el peor de los casos, si el estrés nos acompaña por años, este puede empeorar nuestra vejez, pues se piensa que niveles altos de cortisol incrementan el riesgo de padecer la enfermedad de Alzheimer, especialmente en aquellos que tienen un historial familiar.

Como acabamos de leer, el estrés puede ser amigo o enemigo, según cómo lo manejemos. Este conocimiento no nos debe espantar. Preocuparnos por nuestro cerebro cada vez que enfrentamos un reto sólo empeorará el problema, lo mejor es aprender a vivir con él. La buena noticia es que existen técnicas que podemos usar para amortiguar nuestra respuesta al estrés, restaurar el control y usar al estrés como una herramienta.

Modificar algunos elementos de tu rutina diaria es suficiente. La privación de descanso desregula los niveles de cortisol, por esto, debes cuidar tus hábitos de sueño. Dormir entre 7 y 8 horas, procurando despertar y acostarte a la misma hora, ayudará a mantener en mejor funcionamiento las partes del cerebro que se encargan de regular las hormonas del estrés. El cuerpo se tensa al estresarse, mantenerte en constante actividad física, caminando, nadando o haciendo estiramientos, mantendrá en equilibrio el cortisol y ayudará a liberar otros mensajeros llamados endorfinas que, además, mejorarán tu estado emocional. Puede parecer una tarea difícil, pero, con el tiempo, el bienestar se volverá protagonista. Evita realizar múltiples tareas a la vez, enlista tus pendientes y establece prioridades, enfoca tu atención en cada uno de manera individual, asigna un horario específico para cumplirlos y toma descansos. Una rutina como esta te ayudará a ser más organizado y te sentirás menos abrumado.

Sé consiente de tus niveles de estrés para que puedas hacer una pausa en el instante adecuado. El estrés es tu amigo, úsalo a tu favor, recuerda que en niveles moderados es motivante, nos da valor para mejorar y tomar decisiones. Regular tus niveles de estrés no sólo reducirá el riesgo de pérdida de memoria, sino que también mejorará tus habilidades de razonamiento, tu productividad y la salud de tu cerebro a largo plazo.

*Los autores de este artículo son estudiantes de la materia de comunicación científica, de la maestría en ciencias (neurobiología), de la Universidad Nacional Autónoma de México: Óscar Antonio Gutiérrez Pérez, Mónica José Mayela Monroy Valadez y Pedro Francisco Rubio de Anda.

Referencias

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “DESDE LA UNAM”, LA COLUMNA DE LA UNAM, CAMPUS JURIQUILLA, PARA LALUPA.MX

https://lalupa.mx/category/aula-magna/desde-la-unam/

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Last modified: 5 julio, 2026
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