Autoría de 7:09 pm #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito

Deporte y cultura – Víctor Roura

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Ahora que los deportes, mediante el futbol, son teóricamente la comidilla del día, me recuerda que los mexicanos han tenido siempre un apoyo gubernamental, pequeño o ingente, para que no digan luego que están abandonados a su suerte (como los hacedores de la cultura, que en verdad han sido prácticamente decapitados a partir del obradorismo, justamente cuando se creía lo contrario), consistentes en becas que les otorga el gobierno de la República.

      Por ejemplo, la clavadista Mari-José Alcalá, presidenta del Comité Olímpico Mexicano desde 2021, cargo que logró después de que la institución fuera presidida por hombres durante casi un siglo. De 2021 al 2024 fue diputada federal en la LXV Legislatura por el Partido Verde Ecologista, pues pareciera que los destacados deportistas nacionales sólo ocupan puestos importantes en la escena política (es decir, ascienden en la escala millonaria) tras sus valiosas actuaciones en el deporte mundial, no antes.

      Así lo hemos visto con medallistas olímpicos como el nadador El Tibio Muñoz, el marchista Raúl González, la atleta Ana Gabriela Guevara, la raquetbolista Paola Longoria, la clavadista Paola Espinosa, el clavadista Rommel Pacheco, o el boxeador Érik Terrible Morales o los afamados futbolistas Cuauhtémoc Blanco o Manuel Negrete, que sólo pudieron acceder a la fortuna adinerada después de su “éxito” deportivo obteniendo diputaciones o designaciones de trascendencia política, aunque asimismo existen nombres de vergüenza indómita como el defensa central Rafael Márquez o el arquero El Gato Ortiz, futbolistas vinculados tanto con el narcotráfico como el secuestro, respectivamente, cuyo paso por el deporte no sólo les atrajo ganancias multiplicadas sino ambiciones desmesuradas e innombradas. De igual modo, deportistas como el boxeador Julio César Chávez se ha visto envuelto en severos procesos judiciales.

Alcalá y Pacheco

      Pese a las becas certificadas que obtenían, el dinero los conducía con cierta facilidad a los cargos políticos no para ejercer decisiones benéficas para la población en general sino para una satisfacción económica sobre todo personal.

      Son cosas que han sucedido, y aún continúan ocurriendo, en esta etapa de las famas y las fortunas: se ha sabido de violaciones, acosos o seducciones a bellas mujeres deportistas por parte de entrenadores, instructores o directivos sin que aconteciera absolutamente nada sino sólo chismes, rumores o escándalos: se recuerda, aún, el aplauso generoso de los congresistas al asesino Goyo Cárdenas por haberse presentado éste en la Cámara de la Unión, y ahora mismo lo estamos viviendo… ¡con la suspensión no sólo de las actividades gubernamentales sino con el cierre de las escuelas justo los días en que la selección mexicana juega sus partidos durante el Mundial de Futbol 2026!

Ana Gabriela Guevara

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Después de la eliminación en Atlanta en 1996, la nadadora Mari-José Alcalá recibió posteriormente el ascenso a la presidencia del Comité Olímpico, de manera que literalmente es posible afirmar que en México una cosa es el deporte y muy otra la política.

      Asimismo, una y otra vez oímos acerca de “regalitos” a tal o cual competidor por sus hazañas en algún punto del mapa mundial (¡que a nadie sorprenda el recibimiento a los futbolistas mexicanos en la Cámara de Diputados o de Senadores acabada la contienda mundialista de este 2026!). Pero, en lo general, y a pesar de los discursos triunfalistas de los funcionarios, México no está, ni por asomo, clasificado entre ya no digamos las potencias sino entre los menos malos del orbe. Por algo, y a falta de una sólida política deportiva, los que logran distinguirse, por sus propios esfuerzos, con el paso del tiempo tal vez consigan su verdadera recompensa: obtener un hueso como servidores públicos, que sí deja ganancias y a veces bastante. Ahí están, como ya he subrayado, un Tibio Muñoz o un Raúl González quienes, a pesar de haberlas pasado negras ellos mismos como deportistas, no pudieron hacer nada por el deporte nacional, inmersos, quizás, en compromisos políticos de otras tesituras.

      Pero quedémonos, por ahora, en el apartado cultural deportivo que, si bien son dos incisos opuestos —el deporte y la cultura—, ambos son, o debieran serlo, de vital importancia en el desarrollo de un país. Y en este plano, sin duda los intelectuales, que son (o lo eran antes del morenismo) los dominadores del espectro cultural, están, o estaban, mejor organizados que los deportistas, en su mayoría provenientes de una clase menos preparada que los intelectuales. Precisamente, por su organización, la intelectualidad obtuvo mayores recompensas y beneficios más estimulantes. Sin embargo, a diferencia de los deportistas, los becados culturales podían incluso no hacer nada y recibir sin condiciones su cheque mensual.

      ¿Qué hubiera realizado un deportista con una cantidad aproximada de los diez mil pesos al mes, en la década de los noventa del siglo XX, tal como la recibía, digamos, Gabriel García Márquez? ¿Qué hubiese hecho un atleta de caminata con poco más de siete mil pesos mensuales durante tres años, tal como los recibía, digamos, el poeta David Huerta?

      Cuando leí, en algún rincón de un diario deportivo, que Mari-José Alcalá recibía los 600 pesitos corno beca por su desempeño en los clavados, no pude sino reprimir un gesto de vergüenza (¿cómo con ese estímulo querían verla en los primeros lugares junto a las chinas?). Y si bien los dos sectores, el cultural y el deportivo, son diferentes y están distanciados incluso en sus propias estructuras y cimientos, no puedo concebir que entre ambos exista un verdadero abismo en lo concerniente a apoyos y estímulos, aunque las circunstancias han cambiado drásticament (los creadores de cultura han sido desterrados del panorama por la premiación de la amistad y la consolidación de la gratitud repentinamente elogiosa).

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¿Qué los distancia y qué los une (a los culturosos y a los deportistas)? Los distancia, acaso, la educación y la cultura, pero los une irremisiblemente el empeño y la constancia… y en este caso pudiera subrayar que los adjetivos van más del lado del deportista que del escritor o el artista becario, apartado en el que encontramos a personalidades que, durante el beneficio de la beca, no han hecho realmente nada (en algunos casos, increíblemente el entonces Conaculta apuntaba, entre los logros de sus beneficiados, que tal o cual becario… ¡había sido invitado como conferencista a un lugar de Europa cuando ya se sabía que una mafia intelectual era la que designaba a los participantes!). Si una medalla olímpica de oro puede ser el equivalente, poniéndonos estrictos, a un Premio Nobel, ¿por qué el Tibio Muñoz o Raúl González no lograron conquistar subvenciones aparatosas para los suyos, tal como Octavio Paz lo hizo nada más para él y los suyos consigiuiendo, debido a su amistad con Carlos Salinas de Gortari, un Consejo que los adinerba?

      Aquí podríamos ser un poco perspicaces y responder que no es lo mismo la capacidad intelectual de un escritor que la de un lanzador de jabalina y, por lo tanto, al gobierno le conviene mucho más tener de su lado al escritor que al jabalinero, que en última instancia no va a saber responder en el extranjero acerca de las políticas de su gobierno (acaso de ahí la nueva inserción de servidores condescendientes, arribistas, aduladores, alquimistas del oportunismo). Por lo menos en el sexenio del salinato se apreció, con suma claridad, cómo el intelectual o el artista, cuando recibía puntualmente una beca, no hacía escándalos ni jeringaba ruidosamente a la figura presidencial y a su corte de secretarios. Y también se apreció, lamentablemente, cómo los ganadores de preseas de oro en el deporte eran piezas de artificio en puestos públicos ya que les quedaba inmensamente grandes para sus nimias posibilidades de líderes políticos.

Monsi, Cuevas, Benítez y Fuentes, en el bar La Opera

      ¿Por qué esta disparidad en las prebendas provenientes del erario?

      No quiero decir, en lo absoluto, que lo justo fuera que le quitaran el dinero a un, digamos, Pedro Ramírez Vázquez (¡con una beca emérita del Conaculta de diez mil pesos mensuales, a pesar de sus provechosas cuentas personales bancarias!) para entregárselo al corredor que obtuvo la medalla de bronce en caminata en las Olimpiadas de Atlanta… O que los millones de viejos pesos que obtenía la poeta Myriam Moscona se los quitaran para dárselos a una gimnasta estupenda sin los suficientes pesos para proseguir su carrera deportiva.

      No.

      Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, pero la disparidad y el injusto relego en que el gobierno y sus funcionarios públicos tenían, o aún tienen, de las concepciones del arte (si el deporte no es, de algún modo, un ala del arte, ¿qué diablos entonces es?) no dejan de ser decepcionantes. El mirar pelear, totalmente desarmado, a un luchador mexicano grecorromano es tan desalentador y desilusionante como leer un libro flojo y sin contenido de algún escritor de prestigio que escribe nomás por no dejar y para no dejar obviamente de percibir el dinerillo de la beca que sus cuates le otorgaron como señal de aliento (¡es lo mismo como mirar y oír a un impertinente y desilustrado influencer hoy en las redes sociales!). O tan desilusionante como ver una película débil o una obra de teatro aburrida. O como leer un artículo periodístico sin ideas o una enrevista inventada.

      Lo que sucede, creo, es que estamos los mexicanos tan acostumbrados al compadrazgo y a la ausencia de autocrítica que cuando miramos que uno de los nuestros empieza a debilitarse, hacemos como que no nos hemos dado cuenta y permitimos, para no enemistarlo, que prosiga en su mediocridad. Cuando ocurre lo contrario, cuando se señalan los errores y los defectos, el enemigo es quien justamente los detecta a tiempo. Por eso hay este visible desequilibrio entre las recompensas y los premios que otorga el gobierno: no siempre los que reciben los estímulos son los mejores, pero son los que sin duda pertenecen al club de quienes deciden otorgarlos.

      Y entre el deporte y la cultura hay no sólo una diferencia en sus líderes, sino en los agremiados.

      En México, el poder de los intelectuales valía mucho más que una medalla de oro olímpica, porque con un silencio o un asentimiento de los intelectuales se avalaba la labor de todo un gobierno.

      Y eso, eso, merece en serio una recompensa. No en vano el obradorismo ha logrado despistar este control aparentando modificar lo inmodificable: ¿quién asegura que ya no existe la corrupción en las dependencias del gobierno?

      Por el contrario, un deportista que pierde está obviando, con su derrota, el descuido del gobierno en su discurso político. Y eso, eso, no vale ni siquiera el estímulo de un buen recibimiento en el aeropuerto.

      O, claro, a ningún futbolista mexicano le va a interesar el deceso de los tres aficionados la noche del miércoles 30 de junio en el Ángel de la Independencia: la celebración del triunfo nacional sobre Ecuador debía festejarse por un millón de partidarios porque para eso se hizo tanta faramalla comercial. Y si sí pasaba México a la final, todos, sobre todo el mundo empresarial, debíamos felicitarnos, ¡y abrazar a los nuevos millonarto… perdón, los nuevos campeones del mundo!

      Cómo no: el futbol, finalmente —y parodiando al compositor español Miguel Ríos—, no tiene la culpa de lo que pasa aquí, mucho menos de las muertes imprudenciales, sobre todo debido a los violentos o excesivos empujones de la turbamulta en la concentración masiva, y ningún deportista se va a sentir martirizado por ello.

      ¡Faltaba más!

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Finalmente, pese a la inmensa publicidad generada por el comercio (“Y si sí…”), en futbol las cosas siguen sin modificarse para México: la derrota ante Inglaterra, la noche del domingo 5 de julio, exhibió nuestro rostro deportivo.

      Fernando Marcos lo editorializaba idóneamente: México jugó como nunca, pero perdió como siempre.

      Y a esperar, con la ilusión por delante,  otros cuatro años más.

      Tal vez en la próxima…

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Last modified: 6 julio, 2026
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