Autoría de 1:10 pm #Opinión, Patricia Eugenia - Narrativa en Corto

Tres hombres y una yegua – Patricia Eugenia

(Versión libre)

-¡Patrón, patrón! ¡La Rufina!

-¡El pozo!

-ՙTa jondo!… ¡‘ta seco!

-¡No podemos!

Hermilo levantó la cabeza y dejó las cuentas, se quitó los lentes, se caló el sombrero y se fue con los peones a ver qué había.

El pastizal es enorme, dorado y termina lejos, donde comienza a elevarse la sierra, porque en Sonora no todo es desierto, también hay sierra, y en ella todavía viven caballos salvajes, dicen los lugareños, aunque en realidad son animales domésticos escapados de algún establo; como sea, consiguen su alimento, beben, corren y se aparean fuera del ojo de un amo; esa libertad, la distancia y el imaginario popular los rodean de un aura de misterio que ellos se han ocupado de justificar, valientes e indómitos como son.

Hará un año y medio más o menos, en una de las mesetas de esa sierra, los trabajadores lazaron una potranquita desbalagada de su manada: esbelta, de pelaje rojo oscuro, crines negras, muy briosa, y olorosa a tierra y a sol. Con trabajos la condujeron entre los dos hasta don Hermilo porque ella relinchaba, sacudía el cuello y daba coces… pero los hombres, pacientes, esperaron a que se calmara, le dieron de beber y en cuanto sintieron que habían roto un poco la desconfianza del animal, le ofrecieron pastura fresca y se atrevieron a acariciarla. No por nada eran los caballerangos en los que más confiaba el patrón.

Los hombres, claro, esperaban siquiera una gratificación, pero el señor, sabio en disimulos, guardó para sí el contento de allegarse otra buena bestia para la carga sin costo alguno. Poniendo cara de persona considerada, dijo a sus peones: “‘Ta bueno el animal, aunque me costará un dinero que no tengo acabarlo de criar y… pos ya‘stá aquí, ¡métanlo al potrero!”.

Esta mañana, Rufina, que es ya una yegua hermosa, altiva, de carácter fuerte e independiente, resbaló y cayó al pozo que se encontraba medio oculto por el hierbazal, y por eso llegaron los peones hasta el patrón tan agitados y con voz angustiada porque, a pesar de sus muchos esfuerzos, no habían conseguido rescatarla. 

Los hombres estaban muy encariñados con la yegua, en especial el más joven, que todas las mañanas le ofrecía el azúcar destinada a su café en la palma de la mano. La Rufina premiaba las atenciones de los muchachos siendo dócil sólo con ellos, los únicos que podían montarla, echarle carga o tocarla sin que se encabritara.

El dueño miró hacia el fondo del agujero, la yegua, mojada de sudor, inútilmente daba vueltas apretadas en busca de una salida, retobaba, arqueaba el lomo en el reducido espacio y sus bufidos y relinchos desesperados partían el alma, al menos la de los caballerangos, porque el patrón en realidad, acariciando su barba rala, calculaba: “Mmm… ir al pueblo… la grúa, gasolina ida y vuelta, comida fuera, invitar un taco al chofer… el tiempo… no, no los vale”. Echó una segunda ojeada como si considerara algo a profundidad y unos segundos después, negando con la cabeza y mirándose los zapatos, dijo:

-Sepúltenla, no podemos sacarla, ni esperar a que se muera de hambre… la tierra servirá, además, para tapar ese joyo y que todos déjemos de peligrar.

El peón que la había logrado domesticar apretó los puños, tragó saliva con rabia, y él y su compañero maldijeron mil veces a don Hermilo, una vez que se alejó nomás, dejándolos con la tarea más horrible de sus vidas.

-¡Desgraciado!

-¡Hijo sin madre!… ¡Agarrado!

Pero solos y sin medios, a querer o no, comenzaron a palear… ¡Cómo les dolía constatar lo profundo del pozo por el tiempo que la tierra tardaba en caer!

La bestia, al sentir en las crines y en la cruz la primera cargada de tierra, se alebrestó, quiso levantar las patas delanteras pero no lo logró; arqueó el lomo como hacía cuando quería expulsar a un jinete extraño y, con ese movimiento y el de su cabeza, los terrones que llegaban a sus belfos se deslizaron hasta el piso tantas veces como le cayeron encima: una y otra vez, paletada tras paletada… sacudiéndose la tierra y echándola abajo intentando liberarse del asedio.

-¡Ay, cómo se defiende! ¡Ni se imagina que la estamos resumiendo en el infierno! -se quejaban los peones, echando y echando tierra.

-Va a tardar mucho en morirse -susurraba el más joven, al que las lágrimas le dibujaban caminitos lavados en las mejillas lampiñas, mientras se apuraba para abreviar el martirio de “su” yegua, que poco a poco paró de resistirse ante esa lluvia terrosa que estaría ya cubriéndola toda e impidiendo que respirara.

-¡Ya se está ahogando la pobrecita!, ya no se mueve, ya ni resopla…

Los dos se daban prisa sin mirar abajo, sintiéndose cobardes verdugos.

-¡Asesinos, semos unos asesinos miserables! -se decían.

No salía ya del agujero sonido alguno, seguro el animal estaba perdiendo la batalla, se estaría quebrando… los peones ponían el pie en la pala, enterraban, cargaban y vaciaban más tierra… cada vez con renovada furia… Seres automáticos cuyos ojos en adelante no se atreverían a mirar de frente los de sus mujeres, sus hijos, sus amigos…

De pronto, la cara de los hombres fue golpeada por la última tierra que habían echado al pozo. 

-¿Qué…!

-¡’Arajo! ¡’Ira!

-¡Loco, ‘tá viva!

-¡Rápido! ¡Maldita tierra! ¡No! ¡Bendita!… ¡Bendita tierra!…

Palearon más y más rápido, incrédulos y felices con esa hembra colorada que, sacando fuerza de no se sabe dónde, finalmente alcanzó la superficie con una de sus patas delanteras; los caballerangos jalaron hacia afuera.

-¡Pújale Rufinita, dale recio!

Otra pata, la cabeza, el cuello; tres corazones galopando, las palabras como palancas. El sudor, bufidos, decisión, gritos de júbilo… Cuando la Rufina salió al pastizal, recibió caricias y besos y los hombres, abrazándose, la sintieron cerca y suya… más suya que nunca.

En medio aún del alborozo, ambos peones pactaron encaminar al animal a la sierra: ¡Que fuera libre otra vez! ¡Que fuera feliz!… Durante el trayecto, se detuvieron a que pastara cada que hizo falta; pero -y esto sólo la luna muy alta lo atestiguó- Rufina no obedeció cuando la azuzaron hacia arriba: relinchó, se volvió a ellos, tocó con su testuz la cara de sus amigos y, tomándoles la delantera, los condujo al caserío que habitaban, en donde ahora vive, sin atadura alguna.

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Last modified: 11 julio, 2026
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