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Del llano – Víctor Roura

FOTOS: DANIEL AGUILAR / X: @DAGUILARFOTO

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En los llanos, donde se juega futbol es una zona sagrada.

      “Agita el viento las cabelleras y se lleva las voces que quieren dirigir la pelota, los gritos de ánimo, las reclamaciones y las intimidaciones al árbitro —cuenta Felipe Garrido—. Cae un jugador en la zancadilla o recibe un codazo y a veces hay gresca, alguien sale expulsado, sufre un golpe, una lesión. Pero siempre hay manera de levantarse, de regresar al campo, de volver a jugar”.

      Hay más entrega en los llanos, por supuesto, que en los grandes estadios donde juegan los millonarios. Esto lo ha de saber muy bien Garrido, que editó en Los Libros de la Sirena el breve volumen Del llano, con siete grabados de lñaki Garrido, donde el futbol es el centro de la vida misma: “Campos de arena en la playa o en el lecho del río; de tierra; de césped trabajosamente conservado; de cemento o de duela, a veces techados. Entre la vegetación del trópico; en el desierto de calles nuevas y edificios recién construidos; con y casi siempre sin tribuna. La trama de redes completas, como de estadio; el espacio mágico de la meta señalado sólo por los tres palos, por dos, por dos piedras, dos botes, dos suéteres, dos marcas en el piso de la cáscara callejera. El espacio otro, el que está abierto en el tiempo, lo mide el árbitro desde su reloj”.

      Aunque luego no hay tribuna para mirar los esfuerzos y los prodigios de los llaneros, sucede a veces, ciertamente, que hay equipos que poseen más afición que, digamos, el Necaxa: “Se entra recio, con ganas —dice Garrido—, porque las novias están mirando y porque ya se armó el pique con el contrario y porque para eso se va al llano, por delante el corazón”.

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Aquí no hay marrullerías como en los partidos de los profesionales. Aquí si se da una patada, el pateado cae. No hay manera de hacerse al muerto porque el entrenador lo saca del juego por inútil mariquita. En el llano se juega de a de veras: “Gira el balón, sostenido por los gritos y las miradas, en el centro a la olla; rueda en la triangulación al primer toque; se escurre en el pase al hueco; desaparece en la gambeta. Un manotazo a tiempo lo hace pasar por encima, a un lado de la portería. Finalmente encuentra el camino, vence al portero. Un grito múltiple recorre el llano. Salta la porra en la banda. Corre el jugador con los brazos en alto. Lo abrazan los compañeros. Caen en medio del polvo mientras los contrarios los miran con rencor”.

      Felipe Garrido dividió en siete capítulos su libro, cada uno de los cuales no abarca más de seis páginas. La familia discute y trata de recordar la muerte de la abuela. Hay diversas opiniones, pero el Nene es el único que lo tiene claro. Después de terminar su tercer plato de albóndigas con arroz, informa: “Fue el 23 de agosto, hace seis años. La abuela murió de madrugada. Hubo que ir por el doctor Prados, y después a la agencia y al seguro, y la Beba no estaba en Ixtapa ni en Cozumel, sino en Chihuahua, pero sí regresó para el entierro”.

      Un silencio asombrado cubrió la mesa. El Nene no puede olvidar aquella tragedia porque exactamente ese día, dice, “nos coronamos campeones, contra el Huracán Dos, en los campos de la Cruz Blanca. Tres a uno el marcador. El tercero, de antología. Lo metió el. Chueco Sánchez, al comenzar el segundo tiempo. Nava se corrió por la banda derecha y cambió el juego hasta Chalo, que le puso el centrito a Sánchez, como con la mano, para que él nada más la bajara con la cabeza, y adentro. Ahí se acabaron los huracanes. Vega y Mariano estaban en la defensa, conmigo y con Ernesto, que después no volvió a jugar. Hasta las lágrimas se les salieron luego, cuando andábamos festejando el triunfo, porque les conté que esa mañana había muerto la abuela. ‘Eres bien cumplidor’, me dijeron”.

      Después de los partidos, la familia reunida dialoga a veces sin percatarse de los ánimos destruidos de los futbolistas: “¿No podías haberte cambiado?”, le preguntó una prima al Nene cuando lo vio en la mesa aún vestido con el uniforme del equipo, pero el Nene no respondió.

      La prima no dejaba de molestarlo: “Si no fuera tan flojo…”, dijo otra vez la prima, con acento belicoso, mas no pudo terminar porque la tía Beba dio un manotazo en la mesa. La tía Marucha apaciguó de una vez por todas el malestar: “La pereza, muchas veces… Cuantas veces en realidad la pereza más bien nos evita, nos salva de cometer… Me acuerdo de Ramiro, el del taller”.

      La tía Celia interrumpió para apoyar la tesis de Marucha: “Ese sí que era flojo. Ramiro —siguió la tía, alzando rabiosamente la cabeza para que el sol se la pintara de sombras—, ustedes lo recuerdan, de no haber sido tan pero tan vago se habría suicidado. Motivos le sobraban, y ocasiones… pero la pereza lo salvó. Y yo me pregunto: si la pereza salvó no sólo la vida, sino el alma de Ramiro, ¿no será más bien una virtud?”

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En otra ocasión, de nuevo el Nene, confinado en la más remota cabecera pues había llegado de la cancha a la mesa, sin quitarse siquiera los zapatos, dijo que “del futbol pueden esperarse las más altas lecciones metafísicas. La fatalidad, la esperanza y la fortuna se conocen en el terreno de juego”.

      Durante la comida, la Beba no alcanzó ya ni las berenjenas ni las setas. “No es esto”, dijo. ¿Quién puede creer en la justicia si desde niños miramos en derredor nuestro una sucesiva serie de injusticias? “Mi primer recuerdo —dijo el Nene, sin alzar la vista del plato— una cancha de tierra, en la escuela, una tarde que había llovido. Rojos contra azules. Todos enlodados. Los zapatos me quedaban grandes”.

      El Nene era delantero de los rojos. “Teníamos que ganar para quedar campeones; a los azules el empate les bastaba. Me acuerdo del balón en el aire, en un despeje altísimo. El último minuto de juego. Nadie había anotado. Lo vi subir y subir, como si fuera a perderse en las nubes, y después bajar, dar un bote salpicando lodo, rodar frente a mí. Alcancé a darle un punterazo para pasar al último de los azules y corrí tras la bola como no he vuelto a correr nunca. Sentía el aire contra la cara, el redoble del corazón. Vi cómo el portero salía de su arco con los brazos extendidos y entonces pateé la pelota, metí todo el empeine, la mandé por encima del contrario y la vi entrar gloriosamente en la portería y salté, escuché el silbatazo del árbitro, me di la vuelta… y entonces vi que el árbitro no señalaba hacia el centro del campo. Venía corriendo y llegó al área de los azules y se sacó de la manga un fuera de lugar”.

      Así conoció la injusticia el Nene: “Es que —añadió— no les dije: el árbitro era el entrenador de los azules”.

      En el llano, en efecto, se parten los jugadores el alma, sin ser nunca recompensados.

      Ninguno de ellos va a recibir, jamás, los casi dos millones de pesos mensuales que recibía, por ejemplo, el chileno Iván Zamorano por correr, a la semana, unos cuarenta minutos…

      Si acaso.

      Con lo que ganan, los futbolistas profesionales no necesitan sudar la camiseta. Para qué, además, si en el próximo torneo, para mejorar aún más su excéntrico sueldo, tal vez hasta cambien de equipo.

“Machetazo a caballo de espadas”: Daniel Aguilar, documentando un partido en el llano (derecha)

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Last modified: 13 julio, 2026
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