CRÓNICA: BRAULIO CABRERA/LALUPA.MX
FOTOS: BRAULIO CABRERA Y ROCÍO RUIZ/LALUPA.MX
Cruzo la puerta, y lo primero que me recibe es el olor a sábanas limpias y el vapor de una cena recién hecha. En el albergue Yimpathí —a cargo del Sistema DIF del municipio de Querétaro— confirmo, de inmediato, el valor de este refugio en épocas difíciles, pues para muchas personas atravesar el portón significa dejar atrás el asfalto duro y frío para encontrar una tregua: una cama confortable, un plato caliente y un sitio para el aseo, que más allá de alimentar y apapachar, devuelve la condición de ser humano a quien la vida, —por diversas circunstancias— ha golpeado y, a veces, roto.
Retrocedo el reloj media hora: pasan de las 18:30, comienza a caer el sol y los pájaros vuelven a sus nidos. Me encuentro afuera del albergue. No estoy solo, además de los mosquitos que acaban de salir de sus guaridas, hay otros seis hombres formados para poder ingresar al inmueble ubicado en el número 8A de Río Ayutla. A las siete en punto, el sonido metálico de un cerrojo anuncia que las puertas del Yimpathí finalmente se abren. La fila se mueve de golpe.

Antes de cruzar la reja exterior de Yimpathí, me realizan un examen visual y la prueba del alcoholímetro para asegurar que no me encuentro borracho o drogado. Posteriormente, las manos de los guardias me palpan minuciosamente, pero con respeto, e inspeccionan mis pertenencias. Las reglas son claras y buscan garantizar que las próximas doce horas transcurran en paz para todos.

Una vez dentro, en el patio exterior del edificio, vuelvo a ponerme en fila. Ahí espero la indicación de la guardia para avanzar y realizar mi registro personal, con identificación y la cuota de recuperación de diez pesos en mano. Pago y entrego mis pertenencias para su resguardo; sólo se me permite ingresar la bolsa de aseo personal y un cambio de ropa. El celular se queda afuera. La atmósfera de la calle se comienza a disipar.

Al ser de nuevo ingreso, debo pasar a una entrevista con la encargada de Yimpathí: una mujer estricta, pero a la vez tierna y comprometida. Su escritorio luce muy ordenado, y en éste no faltan los adornos de colores. Detrás de un mostrador, me pregunta con voz firme mis datos personales, los motivos por los cuales estoy ahí esa noche, mis antecedentes médicos y de conducta, así como mi contacto de referencia y una fotografía para completar el expediente. Al finalizar, me entrega una barra de jabón Rosa Venus y una ficha para poder recoger mi ropa de cama y mi toalla.

El vestíbulo es inmenso, todo pintado de un café agrisado. Justo en la entrada, a mano derecha, se encuentran los dormitorios de mujeres con discapacidades y sus respectivos baños; más adelante, la sección para hombres. Frente a la entrada, se abre el camino a la cocina y el comedor; a la izquierda están las escaleras que suben a los dormitorios y baños de la población común y, encima de todos nosotros, se despliega una enorme bóveda con un tragaluz opaco.

Abigail y Alondra: huir de la violencia
Luego de tomar el paquete de ropa, compuesto por una almohada, una cobija, sábanas y una toalla, me dirijo a mi litera para dejar el envoltorio y después ducharme. Sin embargo, cambio de planes cuando en el camino me cruzo con una joven vestida con la playera de la selección mexicana de futbol, quien carga a un bebé en brazos que ríe a carcajadas.

Sus nombres son Abigail y Alondra, madre e hija; provienen de Nuevo Laredo, Tamaulipas. Abigail me dice que, aunque están muy lejos de casa, en Querétaro se encuentran más tranquilas: “Allá está muy peligroso, tuvimos que salirnos, pues el papá de Alondra no quiso trabajar con ellos —dice en clara referencia a los grupos del crimen organizado—. Mi pareja también está aquí en Querétaro, pero él trabaja en la central de abastos y mejor se queda por allá, por los horarios y porque venir acá todos los días es un poco complicado”.

Abigail y su familia llegaron a Querétaro hace unos meses y, al principio, vivieron en un hotel, lo que resultó inviable a largo plazo: “En el día vendo dulces… He buscado trabajo, pero no me agarran porque tengo a la niña y no la he podido dejar en la guardería porque ella no me acepta la fórmula. Además, me da un poco de miedo porque siempre hemos estado juntas”.

Abigail se sienta en la cama de su dormitorio y continúa el diálogo conmigo. Narra que jamás había venido a Querétaro. También revela que cuando salieron de Nuevo Laredo jamás pensó que acabarían aquí, pues sólo tenían en mente que querían alejarse lo más posible de Tamaulipas. Expresa que está encantada por hallarse en el estado, especialmente con su estancia en Yimpathí; del albergue le gusta todo, en particular la comida, como las papas con huevo y garbanzo que cenaron anteayer.

La charla habría seguido, pero el baño que Abigail espera se desocupa y ella debe irse: es el único con tina, indispensable para bañar a Alondra. Por mi parte, me dirijo, ahora sí, a dejar mi ropa de cama en la litera asignada de la primera planta. Una vez instalado, con toalla en mano, camino hacia el baño para ducharme, pero lo encuentro ocupado, por lo que cambio el rumbo hacia el comedor, adonde muchos hambrientos ya se dirigen, limpios y oliendo a rosas.

Al fondo del pasillo, del lado derecho, se encuentran la cocina y la barra; a la izquierda, se extienden varias hileras de mesas y sillas blancas. El olor a rosas se mezcla, entonces, con el aroma marino y el picante ligero del caldo de camarón, el plato fuerte de la noche. En Yimpathí, huele a hogar, huele a cocina que abraza tras una larga jornada.
Jesús: Me siento reconfortado y seguro
Antes de tomar un plato, me siento en una de las mesas donde ya comen en silencio un par de hombres, quienes toman los camarones con los dedos para romper sus cáscaras y sorberlos. Uno de ellos se llama Jesús Benigno, es originario de Cuernavaca, Morelos, y comparte su historia:

—Yo antes vivía en Querétaro, pero falleció mi papá y regresé a Cuernavaca para todos los arreglos. Después, cuando volví a Querétaro, tuve que pasar una situación muy difícil: terminé con la pareja que tenía y, en la separación, se llevó todas mis cosas, incluyendo mis papeles. Aquí en Querétaro he tenido que recuperar todos mi documentos y apenas hace dos días pude conseguir trabajo como guardia de seguridad en el ISSSTE.

Jesús explica que este proceso es sumamente complicado porque, cada vez que quiere tramitar un documento, le piden otro que, a su vez, le requieren para tramitar el anterior. Sin embargo, asegura que en unas dos semanas más tendrá todo listo y volverá a estabilizarse.
—Llevo viviendo aquí 20 días y lo veo como una etapa de mi vida en la que recibo ayuda, en la que puedo sentirme reconfortado y seguro. Creo que es el caso de todos los que estamos aquí; todos estamos en Yimpathí por una razón: para recibir ese apoyo que necesitamos. Esto es una ayuda valiosa: no sólo tengo techo, tengo comida, tengo forma de asearme e, incluso, a veces vienen psicólogos con los que puedo platicar y desahogarme.

—Aquí, lo que manda es el orden y la disciplina; por eso se siente la tranquilidad. De no ser así, cada quien haría lo que quisiera. Claro, no falta la persona inquieta, quien ronca muy fuerte o quienes llegan tarde en la noche, pero a todo te acostumbras. Algo sí puedo decir: en todo el tiempo que llevo aquí, jamás he visto problemas.

Jesús cuenta que desde joven ha sido comerciante, un oficio que lo ha llevado a recorrer diferentes estados de la República. En su experiencia, asegura, no existe un albergue como este en todo el país, pues muchos —si es que existen— caen en malas prácticas y son sitios en los que, cuando menos, debes cuidarte la espalda y dormir con un ojo abierto. Por eso, subraya, “Querétaro es una de las ciudades más tranquilas, prósperas y llenas de oportunidades en todo México”.

Todo eso dice Jesús mientras da cucharadas a su caldo, hasta que termina, se despide y va a dejar sus trastes al contenedor de los platos sucios, dándole las gracias a la cocinera. Yo, mientras tanto, hipnotizado por el aroma, pido una porción acompañada con galletas saladas; para beber, hay agua de piña.
Me siento en otra mesa, bastante más cerca de la barra, junto con otros cuatro hombres. Todos comen en silencio. Puedo escuchar sus labios chupar y sus quijadas triturar; sólo paran para hundir un bolillo en el caldo o beber un trago de agua.

El caldo es perfecto: ni muy cítrico ni muy salado ni muy fuerte, pero repleto de carnita. Cada vez que llevo un camarón a la boca, basta con sorberlo para comer la carne y dejar la carcasa vacía; pero en este comedor nada se desperdicia, así que hay que abrirlo en busca de la última fibra.
Con el estómago lleno, suspiro cansado, liviano, satisfecho y calientito, en una habitación llena de personas que hacen lo mismo entre bocados. Todos ahí estamos listos para descansar, sin importar lo que esté pasando en nuestras vidas o en el mundo, pues la paz se conjuga en su forma más simple: tener un techo, comida, aseo y una cama con sábanas limpias.

Yimpathí opera todos los días de 19:00 a 07:00 horas. Atiende en promedio a 50 personas por día y cuenta con capacidad para recibir hasta 180 usuarios. Su principal objetivo es ofrecer un espacio seguro para pernoctar a quienes no cuentan con un lugar donde pasar la noche, mediante servicios básicos que contribuyen a su bienestar temporal. Para solicitar información o apoyo, la ciudadanía puede comunicarse al teléfono 442 212 13 26.



