Introducción
Cada lengua representa una forma particular de comprender el mundo. En los pueblos originarios de México, el náhuatl no sólo ha servido para comunicarse, sino también para clasificar la naturaleza, transmitir conocimientos ecológicos y preservar una visión del universo construida durante siglos. En cada palabra convergen observación, experiencia y cultura; por ello, cuando una lengua desaparece, también se pierde una manera única de interpretar la realidad (Campbell, 2000; Olko, 2017).
Entre los ejemplos más notables de esta riqueza lingüística se encuentran los nombres que los pueblos nahuas asignaron a los artrópodos, el grupo de animales más diverso en el planeta (Santos et al. 2020). Lejos de ser simples denominaciones, estas palabras describen comportamientos, colores, formas, sonidos o relaciones ecológicas observadas cuidadosamente por generaciones de hablantes. Así, la lengua constituye un verdadero archivo de conocimiento biológico tradicional.
En la actualidad, el náhuatl continúa siendo la lengua indígena con mayor número de hablantes en México; sin embargo, enfrenta un acelerado proceso de erosión cultural, debido a la disminución de la transmisión intergeneracional, la discriminación hacia sus hablantes y la limitada eficacia de las políticas públicas para su fortalecimiento (García & Cantú, 2011; INEGI, 2022; Vázquez-Rojas, 2024). Esta situación plantea un reto que trasciende el ámbito lingüístico: conservar el náhuatl implica también preservar el conocimiento ecológico acumulado por los pueblos nahuas.
El propósito de este artículo es mostrar cómo la etimología de los nombres de los artrópodos permite comprender la profunda relación entre lengua, naturaleza y cultura, y cómo este patrimonio constituye una herramienta valiosa para la conservación del conocimiento tradicional y la educación ambiental.
Una lengua que modeló la historia de México
Mucho antes de la llegada de los europeos, el náhuatl se había consolidado como una de las principales lenguas de Mesoamérica. Durante el periodo mexica funcionó como lengua franca para el comercio, la administración y las relaciones políticas entre numerosos pueblos. Posteriormente, durante la época colonial, fue utilizada incluso por los misioneros para la evangelización y la elaboración de gramáticas y diccionarios que facilitaran la comunicación con las comunidades indígenas (León-Portilla, 1972; Herrera-Aguilar, 2011).
Esta larga historia explica por qué el náhuatl dejó una profunda huella en la cultura mexicana. Numerosos nombres de plantas, animales, alimentos y lugares provienen de esta lengua y continúan formando parte del vocabulario cotidiano. Sin embargo, detrás de esas palabras existe una compleja estructura lingüística que permite condensar gran cantidad de información en un solo término.
Actualmente, el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas reconoce 30 variantes del náhuatl, distribuidas en diversas regiones del país, resultado de siglos de evolución y adaptación a distintos contextos ecológicos y culturales (INALI, 2008, 2009). Esta diversidad demuestra que el náhuatl no constituye una lengua homogénea, sino un conjunto de variantes que comparten un mismo origen histórico y una extraordinaria capacidad para describir el entorno natural.
Nombrar es conocer
Uno de los principios filosóficos más interesantes de las lenguas originarias consiste en que nombrar no significa únicamente identificar, sino expresar la esencia de aquello que se observa. Desde esta perspectiva, cada palabra representa una síntesis del conocimiento construido por una comunidad acerca de un organismo o un fenómeno natural.
El náhuatl posee una estructura aglutinante o polisintética, es decir, forma nuevas palabras mediante la combinación de raíces, prefijos y sufijos que expresan ideas complejas en una sola unidad lingüística (Launey, 2011; Sullivan, 2014). Esta característica convierte a la lengua en un instrumento especialmente preciso para describir la naturaleza.
Un ejemplo emblemático es iztapapalotl (Fig. 1), nombre formado por iztac (blanco) y papalotl (mariposa o aquello que revolotea), cuyo significado literal puede interpretarse como “lo blanco que revolotea”. En una sola palabra se integran el color y el comportamiento característico del insecto.
La estructura polisintética también permite construir términos que expresan procesos, cualidades o acciones. Además, el náhuatl utiliza recursos como la reduplicación para indicar repetición, intensidad o continuidad, rasgo que enriquece notablemente la capacidad descriptiva del idioma (Tuggy, 2003).
Esta forma de construir el lenguaje refleja una observación detallada del mundo natural. Los nombres no son arbitrarios; constituyen descripciones condensadas de atributos biológicos fácilmente reconocibles por quienes convivían diariamente con las especies.

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Los artrópodos vistos desde la lengua náhuatl
La diversidad de nombres asignados a insectos, arácnidos y otros artrópodos constituye uno de los ejemplos más claros del conocimiento etnobiológico desarrollado por los pueblos nahuas. Cada término revela aspectos de la biología, el comportamiento o la ecología de estos organismos.
Por ejemplo, papalotl, palabra tradicional para designar a las mariposas. Diversos autores señalan que su origen es onomatopéyico y reproduce el movimiento o el suave sonido producido por el batir de las alas, estableciendo una relación directa entre el lenguaje y la experiencia sensorial de la naturaleza (Hoffman, 2012; Sullivan, 2014).
Durante la primera mitad del siglo XX, Carlos Hoffman documentó numerosos nombres utilizados por comunidades nahuahablantes para describir las distintas fases del ciclo de vida de las mariposas. Así, ocuilin significa “gusano”, mientras que xonocuilin hace referencia al “gusano del jonote”, aludiendo a la planta donde habitualmente se desarrolla la larva. Por otra parte, ocuilin papalotl identifica específicamente a la oruga que dará origen a una mariposa, mientras que ocuilin tlatamachihui designa al conocido “gusano medidor” (Hoffman, 2012).
Estos ejemplos muestran que la nomenclatura tradicional no sólo distingue especies, sino también etapas del desarrollo, plantas hospederas y comportamientos particulares. Se trata, en esencia, de una clasificación biológica construida mediante siglos de observación directa.
El conocimiento ecológico escrito en una palabra
Los nombres tradicionales de los artrópodos en náhuatl constituyen mucho más que un inventario de especies. Cada palabra sintetiza observaciones sobre la morfología, el comportamiento, el hábitat o la relación ecológica de los organismos, convirtiéndose en una verdadera clasificación biológica construida por generaciones de observadores de la naturaleza. Desde la perspectiva de la entomología cultural, este patrimonio lingüístico representa una de las manifestaciones más valiosas del conocimiento tradicional de los pueblos nahuas (Hogue, 2009).
Un ejemplo ilustrativo se encuentra en las hormigas. El término general azcatl designa a estos insectos, pero la lengua incorpora descripciones mucho más específicas. Así, necuházcatl combina necutli (miel) y azcatl (hormiga) para nombrar a las hormigas asociadas con sustancias dulces; tlilazcatl integra tlilli (negro) con azcatl para referirse a las hormigas negras; mientras que azcamolli une azcatl con molli (salsa o guiso) para describir un platillo preparado con hormigas, evidencia de la estrecha relación entre biodiversidad y cultura alimentaria registrada en el Gran Diccionario Náhuatl (GDN, 2024).
Los coleópteros también ilustran la capacidad descriptiva del náhuatl. Zaragoza-Caballero et al. (2016) recuperan el término temolín, formado por tetl (piedra) y ollin (movimiento). La expresión puede interpretarse como “piedra en movimiento” o “piedra voladora”, una metáfora que alude a los élitros endurecidos de los escarabajos y a la aparente rigidez de su cuerpo durante el vuelo.
Otro ejemplo sobresaliente es tecuitlaololo, nombre otorgado a los escarabajos estercoleros. La palabra integra elementos que hacen referencia al excremento (cuitlatl) y a la acción de reunir o rodar (ololoa), describiendo con notable precisión el comportamiento característico de estos insectos. De manera semejante, las luciérnagas reciben el nombre xoxotla, derivado del verbo “encender” o “brillar”. La reduplicación de la sílaba inicial expresa la repetición continua de la luz emitida por estos coleópteros durante sus señales luminosas.
Los conocimientos tradicionales también incluyen organismos microscópicos. Hoffman (2007) documentó diversos nombres para algunos ácaros asociados con enfermedades humanas y animales. Expresiones como ixtechichiticauhqui describen afecciones en pestañas y párpados relacionadas con Demodex folliculorum, mientras que tlalzahuatl significa literalmente “ácaro del suelo#, y mazaatemitl puede traducirse como “bicho del venado”. Estas denominaciones muestran que las comunidades nahuas no sólo distinguían diferentes organismos, sino que reconocían sus hábitats, hospederos y efectos sobre la salud.
Todos estos ejemplos ponen de manifiesto que la nomenclatura tradicional constituye una auténtica base de datos biológica construida mediante la observación sistemática del entorno. Mucho antes del desarrollo de la taxonomía científica moderna, los pueblos nahuas ya diferenciaban organismos a partir de criterios ecológicos, morfológicos y conductuales (Figura 2).

Lengua, conocimiento tradicional y conservación biocultural
La desaparición de una lengua implica mucho más que la pérdida de un sistema de comunicación. Como lo plasmó Miguel León Portilla en su poema Cuando muera una lengua (1998), “todo lo que hay en el mundo … deja de existir”. Cada idioma contiene categorías, conceptos y formas particulares de interpretar la naturaleza que difícilmente pueden traducirse con exactitud a otras lenguas. En el caso del náhuatl, su progresivo desplazamiento amenaza también la permanencia de un conocimiento ecológico construido durante siglos (Olko, 2017; UNESCO, 2020).
Diversos estudios muestran que las comunidades donde el náhuatl mantiene un uso cotidiano conservan, al mismo tiempo, mayores niveles de cohesión social, identidad cultural y transmisión del conocimiento tradicional (Olko et al., 2022). En consecuencia, la revitalización lingüística debe entenderse como una estrategia de conservación biocultural, donde lengua, cultura y biodiversidad forman un sistema inseparable.
En este contexto, la enseñanza de la etimología de los nombres tradicionales de plantas y animales ofrece una valiosa herramienta educativa. Incorporar estos conocimientos en programas de educación ambiental permite acercar a las nuevas generaciones a la riqueza lingüística de México y, al mismo tiempo, fortalecer el respeto hacia los saberes de los pueblos originarios. Nombrar nuevamente a los organismos desde su lengua ancestral significa reconocer que la ciencia también puede dialogar con otras formas de producir conocimiento.
La conservación de la biodiversidad requiere hoy una visión integradora donde la ciencia contemporánea y el conocimiento tradicional se complementen. Reconocer los nombres originales de los insectos y otros artrópodos no constituye únicamente un ejercicio filológico; representa una vía para comprender cómo las comunidades indígenas han interpretado los ecosistemas y cómo ese legado puede contribuir a enfrentar los desafíos ambientales actuales.
Reflexión final
El náhuatl conserva una extraordinaria memoria ecológica codificada en las palabras. Los nombres tradicionales de los artrópodos muestran que los pueblos nahuas desarrollaron un profundo conocimiento sobre la biología, el comportamiento y las relaciones ecológicas de estos organismos, integrándolo en una estructura lingüística de notable riqueza descriptiva.
La etimología de términos como papalotl, azcatl, temolín o xoxotla revela que cada nombre representa una síntesis de observación, experiencia y cultura. En ellos convergen la filosofía de nombrar el mundo, la historia de una lengua milenaria y un conocimiento biológico que continúa siendo pertinente para comprender y conservar la biodiversidad mexicana.
Revalorar estos nombres no significa únicamente rescatar un patrimonio lingüístico; implica reconocer que las lenguas originarias constituyen repositorios de conocimiento científico tradicional. En un escenario global marcado por la pérdida simultánea de diversidad biológica y diversidad cultural, preservar el náhuatl también significa conservar una forma distinta de conocer la naturaleza.
El maestro Abel Ibáñez Huertay la doctora Gabriela Castaño Meneses son profesores en la Unidad Multidisciplinaria de Docencia e Investigación-Juriquilla, Facultad de Ciencias, UNAM.
Referencias
- Campbell, L. (2000). American Indian Languages: The Historical Linguistics of Native America. Oxford University Press.
- García, L. L., & Cantú, B. B. (2011). La vitalidad de la lengua náhuatl de Morelos: el caso de la comunidad de Xoxocotla. En R. Terborg & L. García-Landa (Eds.), Muerte y vitalidad de las lenguas indígenas y las presiones sobre sus hablantes (pp. 221–240). UNAM.
- Gran Diccionario Náhuatl. (2024). Compendio Enciclopédico Náhuatl. Universidad Nacional Autónoma de México. https://cen.iib.unam.mx/
- Herrera-Aguilar, M. (2011). El arte de la lengua mexicana de fray Andrés de Olmos (1547). Memorias de las 1as Jornadas de Lenguas en Contacto. 59–63.
- Hoffman, A. (2007). Acarology in Mexico: Prehispanic to modern times. En J. B. Morales-Malacara et al. (Coords.), Acarology XI. Proceedings of the International Congress (pp. 21–26).
- Hoffman, C. C. (2012). Las mariposas entre los antiguos mexicanos. Etnobiología, 10(Supl. 1), 44–46.
- Hogue, J. N. (2009). Cultural Entomology. En V. H. Resh & R. T. Cardé (Eds.), Encyclopedia of Insects (2nd ed., pp. 239–245). Academic Press.
- Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). 2022. Estadísticas a propósito del día internacional de los pueblos indígena. https://www.inegi.org.mx/app/saladeprensa/noticia.html?id=7519. Fecha de consulta: 15/08/2023
- Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI). (2008). Catálogo de las lenguas indígenas nacionales. Variantes lingüísticas de México con sus autodenominaciones y referencias geoestadísticas. México. 256 pp.
- Launey, M. (2011). An Introduction to Classical Nahuatl. Cambridge University Press.
- León-Portilla, A. (1972). Bibliografía lingüística nahua. Estudios de Cultura Náhuatl.
- Olko, J. (2017). Unbalanced language contact and the struggle for survival: Bridging diachronic and synchronic perspectives on Nahuatl. European Review, 26, 207–228.
- Olko, J., Lubiewska, K., Maryniak, J., Haimovich, G., de la Cruz, E., Cuahutle-Bautista, B. B.,
- León-Portilla, M. 1998. Cuando muere una lengua. Universidad de México, Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, 569: 24-25. https://us-mia-1.linodeobjects.com/rum/9e5ce93c-cbba-46f6-b42d-e3b911d836b3
- Santos, J. C., de Almeida, W. R., & Fernandes, G. W. (2020). Arthropods: why it is so crucial to know their biodiversity?. In Measuring Arthropod Biodiversity: A Handbook of Sampling Methods (pp. 3-11). Cham: Springer International Publishing.
- Sullivan, T. D. (2014). Compendio de la gramática náhuatl (3.ª ed.). Universidad Nacional Autónoma de México.
- Tuggy, D. 2003. Reduplication in Nahuatl: Iconicities and paradoxes. (pp. 91-133). En: Casad, E.H. y G.B. Palmer (Eds.). Cognitive Linguistics and Non-Indo-European Languages. Mouton de Gruyter. Berlín.
- UNESCO. (2020). Atlas of the World’s Languages in Danger. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000187026
- Vázquez-Rojas, V. (2024). Cómo mueren las lenguas [Videocolumna: https://www.youtube.com/watch?v=QSn7HUl_A9Y]. Sin Embargo Al Aire.
- Zaragoza-Caballero, S., Navarrete-Heredia, J. L., & Ramírez-García, E. (2016). Temolines: Los coleópteros entre los antiguos mexicanos. Instituto de Biología, UNAM.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “DESDE LA UNAM”, LA COLUMNA DE LA UNAM, CAMPUS JURIQUILLA, PARA LALUPA.MX
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