REPORTAJE Y FOTOS: BRAULIO CABRERA/LALUPA.MX
Temprano por la mañana de un sábado, Santa Rosa Jáuregui ensordece intermitentemente con el canto de los gallos, que inunda las calles. Las personas caminan al trabajo, los negocios levantan sus cortinas y, contra todo pronóstico, el Colegio de Bachilleres (Cobaq) 9 también abre sus puertas.

Jaqueline Álvarez —estudiante de enseñanza y aprendizaje del español en la Escuela Normal Superior de Querétaro— cruza la entrada principal y sus ojos se humedecen al ver su antigua escuela: el patio en el que jugó, los pasillos que recorrió con amigas y los salones de clase en los que conoció a los profesores que más tarde la inspirarían para optar por la docencia.

Jaqueline camina decidida hacia su salón, conociendo el camino de memoria y dentro encuentra un pequeño grupo de preparatorianos que la inundan de dudas: “Maestra, no entendí la lectura que me dejaron, ¿me puede ayudar?”; “Miss, no sé cómo concluir mi ensayo”; ¿Puede ayudarme a prepararme para mi debate? Necesito ganar”. La profesora deja sus cosas en el escritorio, da un suspiro y comienza la tutoría…

Jaqueline forma parte del Programa Estatal de Tutorías de la Secretaría de Educación del Estado de Querétaro (Sedeq), una iniciativa que conecta a universitarios con estudiantes de nivel medio superior mediante asesorías semanales. En estos encuentros, los tutores ponen en práctica sus conocimientos y habilidades pedagógicas y sociales para apoyar a los preparatorianos en sus retos académicos.

Ana Hilda Uribe, responsable del programa, detalla el corazón de la estrategia: “La Sedeq, mediante el liderazgo de la secretaria Martha Soto, implementó el Programa Estatal de Tutorías, en el que chavos de la universidad apoyan a jóvenes de media superior brindando tutorías en matemáticas, comunicación —donde también se da apoyo en inglés— y ciencias”.

“El programa se imparte de manera presencial en los municipios de la zona metropolitana y San Juan del Río. Para los otros 14 municipios tenemos una versión virtual apoyada por el Tecnológico de Monterrey y su plataforma en línea, lo que nos permite cubrir casi cualquier rincón del estado. Además, buscamos que los grupos sean pequeños, de seis estudiantes, para asegurar un acompañamiento real; bajo este esquema, cada tutor atiende a dos grupos”.

Ana Hilda detalla que actualmente el programa comprende a 10 universidades y atiende a siete subsistemas de educación media superior. Este apoyo educativo ha sido clave en la reducción del abandono escolar, uno de los principales objetivos de la dependencia: “El abandono escolar ha disminuido significativamente hasta llegar a un solo dígito; estábamos arriba de los 15 puntos porcentuales y, en la actualidad, se ubica en sólo el 5 por ciento”.

Por si fuera poco, las tutorías ofrecen otra ventaja para los estudiantes universitarios: la Escuela Normal Superior de Querétaro (ENSQ) imparte previamente un taller de didáctica para tutores, del cual se emite una constancia con valor curricular.

Este respaldo pedagógico complementa el beneficio práctico del programa. Al respecto, Ana Hilda añade: “Además, este programa funciona como la liberación del servicio social para los universitarios. Para la Sedeq, este es el verdadero sentido del servicio social: apoyar a quien lo necesita con las herramientas que tú ya posees. Lo más gratificante es que muchos de los tutores regresan a impartir clases al plantel donde ellos mismos estudiaron. Eso para nosotros es muy satisfactorio y sumamente valioso; ver que nuestros chavos universitarios retribuyen a su origen”.

Sin embargo, para Jaqueline el valor del programa va más allá de los incentivos curriculares, pues representa el primer paso hacia el sueño de toda su vida: “Siempre me ha gustado la docencia y, buscando opciones cercanas, encontré a la ENSQ. Me apasionan el lenguaje, la gramática y el trato con los estudiantes”.

Esa pasión encuentra su origen en su propia historia escolar. “La realidad es que este interés no salió de la nada; mis maestros de secundaria y de la prepa fueron quienes me dejaron la semillita de seguir estudiando y, eventualmente, enseñar a otros. Me inspiró el gusto y la vocación que ellos tenían porque fueron buenos maestros”, evoca con nostalgia.

Aun así, dar el salto del pupitre al frente de la clase no estuvo exento de retos para la joven. “Obviamente, eso no quita los nervios de llegar con estudiantes que tienen casi tu misma edad… de hecho, sí me tocó alguno más grande que yo”, confiesa entre risas.
Mario Sánchez: “Tenía en mente dar clases en algún momento, así que decidí intentarlo”
No para todos fue igual. Para Mario Sánchez, estudiante de Ingeniería Civil en la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), el programa implicó retos de una naturaleza distinta. Él cursa su penúltimo semestre y actualmente se debate entre dos especialidades: las vías terrestres o la geotecnia. Su meta es clara, pues le atrae el trabajo de campo directo en la obra y prefiere evitar las labores detrás de un escritorio.

No obstante, Mario siempre había tenido la inquietud de la docencia, especialmente porque reconoce que, en el ámbito de la ingeniería, la habilidad pedagógica suele dejarse de lado: “Este programa también es una forma de reforzar los conocimientos que ya se tienen; además, si a alguien le interesa dar clases, es importante saber cómo transmitir el conocimiento. A veces hay maestros que pueden tener posgrados, pero no saben enseñar”.

Mario comparte que la estructura personalizada del programa fue clave para vencer la incertidumbre inicial: “Tenía nervios sobre cómo iba a funcionar el grupo, pero desde el principio éramos muy poquitos; después creció el número, pero en ningún momento lo sentí complicado. Otro reto fue preparar las clases; muchas veces lo que hacía era preguntarles directamente sus dudas o si tenían un examen en puerta para partir de ahí en la sesión. Ese método cercano me facilitó mucho las tutorías”.

Por lo general, los tutorados de Mario se mostraron receptivos y con interés, aunque no faltaron aquellos que asistían por obligación: “Había quienes no mostraban tanto interés, pero en general iban con dudas. Tuve estudiantes que me llegaron a comentar que gracias a las tutorías les iba mejor en sus exámenes; otros, en cambio, de repente se salían y ya no regresaban”.
Carlos Pérez: Ejercer la docencia con amor y con ética
Carlos Pérez estudia Ingeniería en Diseño Mecánico Aeronáutico en la Universidad Aeronáutica en Querétaro (UNAQ). Admite con soltura que le fascinan los retos y que esa fue la razón para elegir una carrera tan especializada: “Si puedo diseñar una pieza de avión, que es de lo más complejo actualmente, puedo diseñar cualquier otra cosa en cualquier industria. Es un área relativamente nueva que tiene mucho por ofrecer, y yo también tengo mucho para dar”.

Para Carlos, el impacto trascendió los requisitos académicos, convirtiéndose en una plataforma de crecimiento individual: “El programa de tutorías no sólo te ayuda a liberar las horas de servicio, te permite desarrollarte personalmente. Me gusta la idea de mejorar mi forma de hablar ante un público y generar confianza. Jamás había dado clases de nada y vivir la experiencia me dejó muy satisfecho; el saber que pude, directa o indirectamente, ayudar a los alumnos”.

A diferencia de lo que podría esperarse por su perfil técnico, Carlos no fue tutor de matemáticas sino de inglés. Su apreciación al respecto es clara, pues considera que dominar otro idioma es una base indispensable: “Desarrollar otro idioma es una gran base para el futuro, es un plus dentro del desarrollo profesional y te abre muchas puertas”.

Para conectar con sus alumnos, Carlos adaptó las sesiones a escenarios reales y de utilidad inmediata: “Yo me enfoqué en que encontraran un propósito y un sentido a lo que les estaba explicando. Por eso, las tutorías se basaban en su vida cotidiana, con ejemplos prácticos. Por ejemplo, imaginábamos que viajaban a otro país por trabajo, vacaciones o lo que fuera, y que necesitaban comunicarse con la gente nativa; eso les ayudaba a verle la utilidad”.

Para Carlos, cuatro meses representan poco tiempo; apenas el inicio de un proceso profundo para dominar un idioma. Consciente de ello, se enfocó rigurosamente en consolidar las bases para que sus alumnos pudieran seguir perfeccionando la lengua por su cuenta. Sin embargo, la brevedad del ciclo no impidió cosechar logros significativos: los estudiantes ganaron seguridad al expresarse, perdieron el miedo a equivocarse e incluso se atrevieron a hablar en público con mayor fluidez. Para el tutor, ver esa evolución fue el verdadero éxito de su labor.

La experiencia caló tan hondo que el futuro ingeniero aeronáutico ya no descarta las aulas en su horizonte profesional: “No me cierro a la idea de volver a dar clases. El papel del docente es enorme, porque ellos desarrollan a los profesionales del mañana. Si eres un buen profesor y haces las cosas con amor, ética y moral, lo que hagas tendrá un impacto profundo en tus alumnos; no lo verán simplemente como una materia más”.
Brisa y Mario y Azked: “La pedagogía va muchísimo más allá de educar o dar clases“
Brisa Nolasco, Mario Torres y Azked Prado estudian en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN); los dos primeros cursan la licenciatura en Pedagogía y, la última, la de Intervención Educativa. Aunque los tres han recibido una formación mucho más cercana a la docencia, sus áreas de estudio abarcan un espectro mucho más amplio. Sin embargo, admiten que ni siquiera esa preparación los alistó por completo para el reto de estar frente a un grupo de adolescentes.

Para Mario, por ejemplo, su meta siempre había sido la docencia, especialmente con jóvenes, pues considera que la adolescencia es una etapa fascinante. A sus ojos, es el momento en que los estudiantes transicionan entre la infancia y la adultez, manifestando matices y conflictos complejos; por ello, cuando le ofrecieron formar parte del programa de tutorías, aceptó sin dudarlo.

“Al principio sentí miedo; nunca antes había tenido un acercamiento con estudiantes, y menos con preparatorianos. Si bien en la universidad nos dan las bases de cómo estructurar una clase y nos enseñan muchas cosas, ya en la práctica hay que aprender a adecuarlo. Nadie te enseña a planificar sesiones sabatinas para adolescentes que van medio obligados”.

“Yo quería lograr que no lo sintieran como una obligación, sino que vieran esos días como oportunidades para aprender. Así que cambié la modalidad de sentarlos a escuchar; busqué motivarlos a través de actividades donde, al mismo tiempo, estuvieran aprendiendo. Ese fue mi gran reto y lo que más disfruté. Creo que el resultado fue positivo porque a mis asesorados les gustó mucho, y con eso me quedo”.

Para Brisa la vivencia fue similar, pues tampoco tenía experiencia previa con grupos de educación media superior; por ello, al enrolarse en el programa de tutorías, su primera reacción fue el temor: “Mi miedo era que fueran muchos adolescentes y pensar: ¿qué les voy a decir yo? Pero descubrí que ellos sólo necesitan que les brindes un espacio seguro, porque cuando les das la oportunidad de desenvolverse y agarrar confianza contigo, son increíbles”.

“Por ejemplo, para romper el hielo les di papelitos y les pedí que escribieran sus dudas sobre cualquier tema; no importaba si pensaban que era una pregunta tonta, todo era válido. En ese salón todos íbamos a aprender: tanto ellos como yo. Íbamos a aprender mutuamente”.

Brisa sostiene que si un profesor se limita a impartir el contenido de forma mecánica, los estudiantes replican esa misma actitud y pierden de vista el sentido del aprendizaje. En cambio, si se logra despertar en ellos la espinita de la curiosidad, el panorama cambia por completo.

Para Brisa, el secreto radicó en transformar la abstracción en experiencias lúdicas y tangibles: “Los alumnos se dan cuenta de que esos temas cobran significado, decodifican el conocimiento y el proceso es muchísimo más ameno tanto para ellos como para nosotros. De ese modo, pienso que mis clases lograron hacer que les gustaran las matemáticas, porque traté de romper con ese estigma mediante juegos que hicieron el ambiente menos rígido”.

No obstante, para Azked la experiencia implicó un reto de introspección: enfrentarse consigo misma y con su propio pasado. Ella cuenta que inicialmente se rehusaba a trabajar con adolescentes, ya que esa etapa de su vida había sido personalmente amarga: “Mi experiencia no fue buena y me quedé con un rechazo hacia esa etapa. Sin embargo, en la carrera cursamos la materia de Desarrollo del Adolescente y, gracias a eso, pude apreciar lo complejo que puede llegar a ser este periodo y lo importante que es intervenir y apoyarlos”.

“La adolescencia es la última etapa en la que se desarrolla y consolida la personalidad, por eso es un periodo sumamente importante. Después de cursar esa materia y sumarme al programa de tutorías, tuve la oportunidad de conocer esta etapa con otros ojos”, enfatiza Azked, quien reafirma el valor de la intervención educativa.

Azked, Mario y Brisa coinciden en que la formación dentro de la UPN pone un énfasis absoluto en el pensamiento crítico: el arte de cuestionarlo todo y, como profesores, la apertura para permitir ser cuestionados. Admiten con madurez que en las aulas no siempre tendrán todas las respuestas; sin embargo, sostienen que lo verdaderamente valioso es el ejercicio mismo, ese espíritu compartido de investigación y curiosidad que mantiene encendida la educación.

“Yo llevo toda la vida queriendo ser docente, porque deseo ser la maestra que todos los alumnos merecen. Formar parte de este programa me ha permitido conocerme mejor y estoy segura de que me abrirá muchas puertas en el futuro”, asegura Azked con firmeza.

Mario, por su parte, alienta a los estudiantes que tienen la oportunidad de beneficiarse con el programa de tutorías a que no la desperdicien: “Los tutores somos casi de su edad, por lo que podemos entenderlos mejor, compartir experiencias y explicarles las materias de una manera diferente”.

“Para quienes nos formamos como pedagogos es importante aventarse a vivir nuevas experiencias, aunque se sienta miedo. Del programa de tutorías me llevo algo muy enriquecedor; esta vez fueron adolescentes, pero pudieron ser niños o bebés, y estoy segura de que todos dejan un granito de arena”, comparte Brisa sobre el aprendizaje obtenido

Los testimonios son claros: el Programa Estatal de Tutorías es mucho más que un apoyo educativo con resultados alentadores. Es una oportunidad para poner en práctica la teoría, enfrentar los miedos, transformar visiones del mundo y adquirir nuevas habilidades; hay tantas experiencias transformadoras como personas involucradas. A la fecha, ya se cuentan más de 20 mil ejemplos de ello entre tutores y tutorados. Bien lo dice el refrán: “el que enseña, aprende dos veces”… o quizás más.



