Durante décadas, fragmentos de mandíbulas, dientes y huesos de mamíferos fueron apareciendo entre las rocas del Bajío mexicano. Muchos de ellos terminaron cuidadosamente identificados, registrados y resguardados en una colección científica en Querétaro.
Parecían piezas aisladas de un pasado remoto, hasta que, juntas, comenzaron a contar una historia mucho más grande.
Buena parte de estos fósiles fueron recolectados a lo largo de casi 50 años por el paleontólogo Óscar Carranza Castañeda en distintas cuencas sedimentarias del centro de México. Hoy forman parte de las colecciones del Laboratorio de Paleontología del Instituto de Geociencias de la UNAM, campus Juriquilla.

Décadas después de haber salido de las rocas, esos ejemplares se convirtieron en parte de la evidencia de un estudio publicado en la revista Science que replantea cómo ocurrió uno de los grandes movimientos de animales en la historia del continente americano.
La investigación muestra que México no fue solamente el camino que recorrieron los mamíferos entre Norte y Sudamérica. Durante millones de años, fue también el lugar donde esperaron.
Antes de Panamá estaba México
La versión más conocida de esta historia comienza hace aproximadamente 2.8 millones de años. Para entonces, la formación del istmo de Panamá creó una conexión terrestre continua entre Norte y Sudamérica. Animales que habían evolucionado separados durante millones de años comenzaron a desplazarse entre ambos territorios.
Perezosos y otros mamíferos sudamericanos avanzaron hacia el norte. Mientras tanto, diferentes grupos procedentes de Norteamérica viajaron hacia el sur. Ese proceso es conocido como el Gran Intercambio Biótico Americano, pero los fósiles mexicanos muestran que el movimiento había comenzado mucho antes.
El nuevo estudio encontró que, desde hace alrededor de 10 millones de años, diferentes mamíferos procedentes de las regiones que hoy corresponden a Estados Unidos y Canadá ya habían comenzado a llegar al centro de México. No podían continuar fácilmente hacia Sudamérica, así que permanecieron aquí.
Durante millones de años, distintas faunas se fueron acumulando y diversificando en territorio mexicano antes de que existiera una conexión terrestre estable con el sur del continente.
Los investigadores describen a México en ese periodo como una especie de holding pen: una región donde los animales permanecieron antes de continuar su dispersión. En otras palabras, una gigantesca sala de espera biológica.
Diez millones de años de movimiento
Para reconstruir este proceso, los investigadores analizaron registros fósiles correspondientes a los últimos 12 millones de años.
El panorama que obtuvieron muestra una historia que ocurrió por etapas.
Entre aproximadamente 10 y 7 millones de años atrás comenzaron a llegar al centro de México mamíferos procedentes de latitudes más al norte.
Entre los 7 y 3 millones de años aumentaron paulatinamente los movimientos de animales entre distintas regiones del continente, aunque predominaban todavía los desplazamientos desde Norteamérica hacia el sur.
Finalmente, hace alrededor de 2.8 millones de años, la formación definitiva del istmo de Panamá permitió que el intercambio se intensificara.
Entre los fósiles mexicanos analizados aparecen representantes de distintos grupos de mamíferos, entre ellos carnívoros, roedores y ungulados.
También aparecen perezosos, originarios de Sudamérica, que estuvieron entre los primeros grupos que consiguieron desplazarse exitosamente hacia el norte del continente. Pero para descubrir ese patrón hacía falta algo que durante mucho tiempo había sido escaso: información sobre México.

Un enorme hueco en el mapa fósil
La historia de los mamíferos de Norteamérica está respaldada por una enorme cantidad de fósiles. La de México, mucho menos.
Las bases de datos paleontológicas utilizadas para estudiar el Neógeno contenían más de 16 mil registros de mamíferos procedentes de Estados Unidos, mientras que el registro mexicano era considerablemente menor.
Ese desequilibrio dificultaba responder una pregunta fundamental: ¿qué estaba ocurriendo en el territorio situado justo entre Norte y Sudamérica?
La nueva investigación permitió ampliar significativamente la información disponible para México.
Los investigadores pasaron de 919 a mil 724 registros de localidades y géneros de mamíferos fósiles del Mioceno y Plioceno mexicano.
Con ese conjunto de información fue posible comparar por primera vez cuantitativamente los registros de México con los de Estados Unidos, Canadá y Sudamérica durante los últimos 12 millones de años. Y cuando México apareció con mayor claridad en el mapa, también cambió la historia.
Fósiles del Bajío en una discusión continental
La investigación fue liderada por Z. Jack Tseng, de la Universidad de California en Berkeley, y contó con la participación de Adolfo Pacheco Castro, de la Universidad Autónoma de Querétaro, así como de Óscar Carranza Castañeda, José Jorge Aranda Gómez y Julio César Chávez Ambriz, del Instituto de Geociencias de la UNAM.
La participación de las colecciones mexicanas resultó especialmente importante porque reúnen fósiles obtenidos durante décadas de trabajo en campo. Muchos proceden de cuencas sedimentarias del Mioceno localizadas en el Bajío.
Lo que comenzó como el hallazgo y clasificación paciente de fósiles en diferentes localidades del centro de México terminó convirtiéndose en una base de datos capaz de responder preguntas a escala continental.
Un puente que todavía no existía
Los resultados también entran en una discusión científica de larga duración: cuándo quedó completamente unido el continente americano.
Algunas hipótesis han propuesto que una conexión terrestre entre Norte y Sudamérica pudo existir desde hace 13 o 15 millones de años.
Los patrones encontrados en los mamíferos no respaldan una conexión permanente tan antigua. Si hubiera existido un corredor terrestre completamente establecido, el intercambio de animales entre ambos continentes habría sido mucho más intenso.
En cambio, los fósiles muestran un proceso lento y desigual durante millones de años.
Antes de la formación definitiva del istmo pudieron existir cruces ocasionales mediante corredores temporales, islas o incluso balsas naturales, pero no una autopista terrestre permanente.
Por eso, durante buena parte de esa historia, los mamíferos que llegaban desde el norte encontraban en México un límite y, al mismo tiempo, un nuevo territorio donde expandirse.
México fue frontera, refugio y punto de encuentro. Y millones de años después, los fósiles que dejaron atrás permanecieron enterrados en las rocas del Bajío, algunos fueron recuperados durante medio siglo de trabajo paleontológico.
Hoy, desde una colección científica en Querétaro, ayudan a reconstruir una historia que abarca todo un continente.
La maestra Mónica Ramírez Calderón trabaja como divulgadora de la ciencia en el Instituto de Geociencias de la UNAM Campus Juriquilla
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