Solemos pensar que el Alzheimer comienza cuando olvidamos o, peor aún, cuando envejecemos. Sin embargo, para entonces, esa historia podría llevar décadas escribiéndose.
La edad avanzada sigue siendo el principal factor de riesgo, pero cada vez resulta más difícil entender esta enfermedad sólo como un problema de la vejez. El cerebro envejece acompañado de su historia; su metabolismo, su sistema inmunitario, sus exposiciones ambientales y, posiblemente, las condiciones en las que comenzó a desarrollarse.
Esta idea forma parte de DOHaD (por sus siglas en inglés, Developmental Origins of Health and Disease), u orígenes del desarrollo de la salud y la enfermedad, un campo que propone que algunas enfermedades de la vida adulta pueden tener parte de sus raíces en etapas tempranas de la vida, incluido el neurodesarrollo durante el embarazo y los primeros 1,000 días.
Esto no significa que el destino quede escrito antes de nacer, sino que existen periodos especialmente sensibles en los que el organismo se adapta al ambiente. Durante la gestación, factores como nutrición materna, obesidad, infecciones, estrés, contaminación o exposición a tabaco, alcohol y disruptores endocrinos pueden modificar señales metabólicas, hormonales e inmunológicas que participan en la construcción del cerebro.
Aquí aparece una célula fascinante, la microglía, principal componente inmunitario residente del cerebro. Llega muy temprano al sistema nervioso y participa tanto en la defensa como en la formación y remodelación de conexiones neuronales. Por ello, se estudia si ciertas experiencias prenatales podrían dejar en estas células una especie de “memoria” biológica que modifique su respuesta años después.
El concepto de los “segundos golpes” ayuda a entender esto de mejor manera. Una exposición prenatal no tendría por qué provocar Alzheimer, pero podría aumentar la vulnerabilidad cerebral. Décadas después, mal sueño, obesidad, alteraciones metabólicas, inflamación, sedentarismo o el propio envejecimiento podrían sumar nuevos impactos (segundos golpes) hasta reducir la capacidad del cerebro para compensar el daño.
También se estudia cómo distintas exposiciones ambientales durante etapas tempranas de la vida podrían influir en la vulnerabilidad cerebral futura. Entre ellas se encuentran la contaminación del aire, algunos metales, pesticidas, xenobióticos y disruptores endocrinos como el bisfenol A (BPA), presente en ciertos plásticos, resinas y recubrimientos de envases. En modelos experimentales, varias de estas exposiciones se han relacionado con inflamación, estrés oxidativo, alteraciones mitocondriales y cambios en proteínas como amiloide y tau. Sin embargo, esta evidencia aún no demuestra que una exposición prenatal específica determine quién desarrollará Alzheimer. Pero la pregunta ya está sobre la mesa.
Quizá prevenir el Alzheimer no debería comenzar cuando aparecen los primeros olvidos, ni siquiera a los 50 o 60 años. Si queremos entender por qué algunos cerebros envejecen con mayor vulnerabilidad que otros, tendremos que observar toda su historia.
Porque cuidar nuestro cerebro del futuro podría comenzar mucho antes de que podamos recordar nuestros primeros días.
Nelly Jovana Pastén Castrejón es profesora de cátedra de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud, del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro. Es doctora en ciencias en biomedicina, bióloga, con maestría en ciencias en neurometabolismo. Docente en el área de la salud e investigadora en neurobiología e inmunometabolismo de enfermedades neurodegenerativas.
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