Teóricamente, cualquier país o región del mundo que abrazara el socialismo estaría garantizando las condiciones mínimas para que en su territorio haya menos pobres, más profesionistas y clasemedieros, elevación de la producción, más capacidad adquisitiva, corrupción erradicada y suficiencia del país para producir los insumos mínimos para el bienestar de su pueblo.
Políticamente se tendrían que ampliar las libertades democráticas como la de expresión, de prensa, de reunión y manifestación; de asociación y, por supuesto, el de votar, ser votado y el de elección de sus autoridades.
El socialismo tendría que ser, obligatoriamente, económica, social, política y éticamente superior al capitalismo.
La pobreza sería cuestión del pasado pues un principio inamovible del socialismo es que el Estado garantizaría los ingresos mínimos indispensables para la sobrevivencia y capacidad adquisitiva de las familias.
Eso fue lo que aprendí en mi juventud, durante mis estudios preparatorianos, en mi militancia de muchos años en la izquierda mexicana y en mis prolongadas horas de estudio de textos de los ideólogos del socialismo y del comunismo.
Uno tras otro
Por diversidad de acciones aunque coincidentemente por similares razones, no persiste huella alguna del socialismo en los países que en alguna ocasión se proclamó la vigencia de este sistema (Alemania, Checoslovaquia, China, Cuba, Nicaragua, la Unión Soviética o Vietnam, entre otros).
¿Qué pasó? ¿No entendieron a Carlos Marx y a Federico Engels? ¿No siguieron las lecciones de Lenin, Trotsky o de Mao Tsé-Tung?
No es que fueran incomprensibles sus lecciones o no aplicables por ser utópicas; lo que considero es que quienes han gobernado o gobiernan esos países renunciaron a los objetivos socialistas.
Y lo hicieron así por múltiples razones: por la presión y las amenazas del mundo capitalista, por las dificultades económicas, por los pocos recursos naturales en sus territorios, por temor a perder el poder, por el riesgo de “regresar al capitalismo” o por razones que no sabemos.
Lo peor de todo es que en varios de esos países, como Corea del Norte, Cuba, Nicaragua o Venezuela, en lugar de avanzar hacia el socialismo, los gobernantes instauraron regímenes dictatoriales que derivaron en la eliminación de las libertades democráticas, en la pauperización de su población y en la persecución de opositores y de todos quienes critican su estilo de gobernar.
Otros, como China o Rusia, derivaron en un paulatino pero consistente regreso a las reglas del libre mercado capitalista. Sigilosamente frenaron su proceso socialista y optaron por retornar a las viejas prácticas de la economía y la política.
Socialistas de palabra
Hay más: naciones que conforman un bloque particular en las que han ganado elecciones y llegado a gobernar políticos, partidos o movimientos autoproclamados de izquierda (es decir, de orientación socialista) pero que en los hechos, no han demostrado que esta visión de gobierno haya sido eficaz. Argentina, Colombia, Chile, Ecuador, España, Francia, Italia, México, Perú, entre otros, han transitado o transitan por esta experiencia.
Ninguno, absolutamente ningún partido o gobierno “de izquierda” ha logrado conducir a su país a un mejor estadio del que han alcanzado países capitalistas como Noruega, Holanda, Finlandia o Suecia (sólo por nombrar algunos).
Y si bien se proclaman socialistas, en la práctica actúan muy parecido a los viejos partidos “de derecha” y en algunos casos son peores pues en nombre de la izquierda roban, mienten, se corrompen y sojuzgan.
Reflexión
¿Ha fracasado el socialismo o aún tiene esperanza y no lo damos por muerto? Creo que intentar responder esta pregunta debería ser la tarea de quienes siguen luchando por su instauración en alguna parte del mundo.
Debatir la vigencia de la teoría, la práctica y la ideología del socialismo es hoy, más que nunca, un reto pero también una tarea que requiere rigor, seriedad, conciencia y honestidad.
Por el bien del socialismo mismo.
Juan José Arreola de Dios
Periodista / Comunicación Política
Twitter (X): @juanjosearreola
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