CRÓNICA: JOSÉ ANTONIO GURREA C. / LALUPA.MX
El viaje es fuga y búsqueda a partes iguales”: Paul Theroux
Bruselas.- Abordar el vuelo SN345 de Brussels Airlines con destino a Cotonú y Acra no es simplemente comprar un boleto de avión; es sumergirse en otra dimensión. En cuanto la puerta de la cabina se cierra en la capital belga, Europa se desvanece. El interior del avión es rápidamente “colonizado” por una realidad que no entiende de silencios: la de una África que regresa a casa.

Lo primero que te atrapa es la imagen: un mar de rostros oscuros que ocupa el ochenta por ciento de los asientos, pero ya no es la diáspora entristecida de antaño que observé en el aeropuerto de Barajas hace casi una década: aquella ocasión, un numeroso grupo de etiopes —que hacía fila para documentarse en un vuelo Madrid-Adis Abeba — cargaba su vida en bolsas de plástico a falta de valijas. Hoy, estos pasajeros exhiben las medallas de su éxito en el norte: un desfile de gadgets de última generación y ropa de marca que grita estatus. Es la nueva clase media “afropea”; benineses o ghaneses que han cambiado el “costalito” por maletas, algunas incluso de diseño.

Sin embargo, bajo esa capa de modernidad tecnológica, late un pulso antiguo e inalterable. El vuelo de seis horas y media es un barullo ininterrumpido; aquí no existe la burbuja de silencio de los auriculares, pues el avión se convierte en una plaza pública a diez mil metros de altura, como un anticipo de lo que me espera en Benin. Se habla para compartir, para contar historias o vivencias en el norte o para validar la presencia del otro, en un ejercicio coral que ignora el cansancio. Poco importa si se conocen o no. Y junto a las voces, los olores. Es una mezcla densa y orgánica: el aroma de la piel y de las especias que persisten en el poro; un “humor” corporal que la asepsia de Occidente no ha logrado domesticar. Es el olor de la vida sin filtros que anuncia el destino mucho antes de que se abran las puertas.


Mientras abajo el Sáhara argelino se extiende inmenso y en aparente calma —donde destacan sus enigmáticos campos de cultivo, que parecen trazados por un compás alienígena sobre la arena ardiente—, arriba experimentamos una doble turbulencia, una física, y otra humana: ante cada sacudida del aire, el avión se vuelve una montaña rusa de gritos colectivos y risas nerviosas. No hay la indiferencia o la pose individualista del viajero frecuente, sino una vulnerabilidad compartida. Por eso, no extraña que cuando las ruedas muerden la pista, el avión estalla en un aplauso unánime.

Ese gesto, tan denostado por la modernidad “sofisticada”, me transporta a mis primeros viajes en avión en el México de hace cuarenta años, cuando los pasajeros también aplaudían, como un ritual de “volver a nacer” al tocar tierra. Algo similar a lo que ocurre en el vuelo SN345: la ovación significa un acto colectivo de gratitud y liberación de estrés acumulado de quien sabe que el puente entre dos mundos siempre es frágil. Al final del día, este viaje es un recordatorio de que se puede volar con el último iPhone en la mano, pero el alma —esa que ríe fuerte, que grita de miedo cuando hay turbulencias y aplaude cuando la aeronave toca la pista de aterrizaje— sigue siendo la misma que hace siglos cruzaba el Sáhara o el Sahel en caravanas de dromedarios, consciente de lo vulnerable que es la existencia.

El arsenal de la paranoia
La aventura africana no empezó realmente cuando el avión despegó de Bruselas, ni siquiera al pisar suelo europeo o el Aeropuerto de la Ciudad de México. La verdadera travesía comenzó semanas antes, en la frialdad de un consultorio médico. Este continente, donde la vida humana surgió, se nos metió en el cuerpo mucho antes de sobrevolar el Sáhara, inoculada a través de un rosario de vacunas que transformaron nuestros brazos en un mapa de pinchazos y defensas: fiebre amarilla, hepatitis A, hepatitis B, tifoidea, cólera, neumoco, polio, tétanos, Covid, influenza… un cóctel biológico diseñado para blindarnos contra lo invisible. Aquel arsenal de anticuerpos era el pasaporte real, la prueba de que el viaje ya era irreversible.

A esa armadura inyectable —también por indicación médica— se sumó el Malarone, ese ritual diario de ingerir una píldora por 18 días —antes, durante y ocho días después del viaje—. La pastilla contra la malaria es el recordatorio puntual, con sabor a metal, de que el territorio que vamos a pisar no perdona descuidos; que bajo la humedad ecuatorial acecha un enemigo minúsculo capaz de matarnos. Así, con el organismo procesando defensas y la sangre blindada, llegamos finalmente a la sala de embarque en el Benito Juárez.

Pero en estos preparativos para lo que parecía una guerra biológica, faltaba otro ritual, el exterior: el de rociar con repelente anti-insectos cada costura de la ropa y cada pliegue de las maletas tres días antes del viaje, un exorcismo químico contra el entorno. A ello sumamos un botiquín que más parecía una farmacia de campaña: decenas de cajas contra la diarrea, la gripe, los piquetes, la fiebre, el dolor… empaquetadas por si el continente decidía pasarnos factura.

Haciendo los aprestos recordé a William S. Burroughs, quien en Cartas de la ayahuasca escribió —en una epístola a Allen Gingsberg— una observación que sigue vigente para cualquier periplo a lo desconocido: “Para una expedición a la selva, se requieren medicamentos; el suero antiofídico, la penicilina, el enterovioformo y el aralén son esenciales”. Esa paranoia preventiva que el escritor beat mostró frente a un viaje al Amazonas, en la década de los 60 del siglo pasado, reforzó, en ese momento, mi idea de que el miedo del viajero es eterno, y que tal arsenal fármacológico significa nuestro último cordón umbilical con la seguridad occidental, la ilusión de control frente a lo impredecible.

Sin embargo, al cerrarse la cabina del vuelo SN345, mi repertorio farmacológico empezó a sentirse secundario. Frente a la vitalidad arrolladora de los pasajeros, me comencé a sentir un poco fuera de lugar. Esa paranoia del botiquín terminó de disolverse al llegar a Cotonú. Bastó ver la indiferencia con la que las autoridades migratorias recibieron mi cartilla de vacunación, y el brío y la relajación con que Bailé y Jean Luc me dieron la bienvenida para entender que la verdadera salud no estaba en mis pastillas, sino en esa forma de abrazar la existencia. Sin bajar la guardia —el agua embotellada, el malarone y el repelente corporal siguieron siendo leyes inamovibles—, la tensión hipocondríaca se disolvió en el aire del trópico. Dejé de esperar el zumbido del mosquito como una sentencia de muerte, para empezar a entender el ritmo del lugar. El miedo se quedó suspendido en el aire; en la tierra, lo único que nos esperaba era el pulso de una intensa energía humana que no pide permiso para existir.

París: el brillo de la extracción
Hacer escala en París antes de seguir hacia Benín es tropezar con la historia colonial de frente. En la capital francesa, la opulencia no es sólo estética; es el sedimento tangible del Imperio galo que, entre los siglos XIX y XX, extrajo la riqueza de veintidós territorios africanos para alimentar su propio motor. Al caminar por sus avenidas, es inevitable pensar que parte de esa arquitectura e infraestructura que hoy definen nuestra idea de “civilización” fue cimentada con recursos y mano de obra de los mismos suelos hacia donde ahora me dirijo. París brilla, pero es un brillo que tiene una deuda profunda con la tierra que me espera.

Mientras París se iluminaba, Níger entregaba el uranio que encendía la luz de uno de cada cinco hogares galos —un cordón umbilical que la actual junta militar ha cortado tras décadas de control—. Pero la lista del despojo es larga y sistemática: el petróleo de Gabón, el oro de Malí, el algodón y el cacao de Costa de Marfil… Francia no sólo administró territorios; drenó sus suelos para cimentar una opulencia que hoy, desde la distancia de una escala en París, se siente más ajena y más costosa que nunca.

Como mecanismos de control, se impusieron regímenes fiscales diseñados para el estrangulamiento: las colonias vendían sus materias primas exclusivamente a Francia y estaban obligadas a recomprar los productos manufacturados a precios inflados. Esta ingeniería condenó a las naciones africanas a ser exportadoras de naturaleza e importadoras de valor agregado. Incluso tras la descolonización, el control mutó pero no desapareció: el Franco CFA encadenó la soberanía de 14 países, incluido Benín, obligándolos a depositar hasta el 50% de sus reservas en el tesoro francés —una medida que en África Occidental persistió hasta 2020—. Hasta las infraestructuras, como puertos y ferrocarriles, delatan su origen: no fueron trazadas para conectar pueblos, sino diseñadas para facilitar el drenaje de recursos hacia la metrópoli.

En Benín, el despojo francés fue más allá de lo material: fue una amputación de la memoria. En 1892, las tropas del general Dodds saquearon los palacios reales de Abomey tras la caída del rey Behanzin. No se llevaron simples adornos; capturaron tronos, altares y objetos sagrados que eran los pilares de la estructura política y espiritual del reino de Dahomey. En 2021, un gesto mediático devolvió veintiséis de estas piezas que descansaban en el Museo del Quai Branly, pero la herida sigue abierta: Benín reclama que aún quedan entre cuatro mil quinientos y seis mil objetos en manos francesas.


Francia no sólo se llevó la memoria; también rediseñó la tierra de Benín para alimentar su maquinaria industrial. Como lo expone el historiador estadounidense Patrick Manning en Slavery, Colonialism, and Economic Growth in Dahomey (1640-1960): “el paisaje fue sometido a una cirugía económica: se impusieron quinientas mil hectáreas de palma aceitera para abastecer las jaboneras occidentales, asfixiando la producción tradicional. La tierra fue forzada al monocultivo —algodón y grano— para nutrir empresas galas, mientras la ocupación de Cotonú permitió a París secuestrar las rentas aduaneras y las rutas comerciales que históricamente habían pertenecido a reinos como el de Porto Novo”. Finalmente, la imposición del francés como lengua única no fue únicamente una medida educativa, sino una herramienta para desarticular las estructuras locales y asegurar que el poder se hablara sólo en el idioma del colonizador.


Antes de caer, luego de una feroz resistencia, el rey Behanzin tomó una decisión drástica: incendió su propio palacio y la ciudad sagrada para que el invasor sólo hallara cenizas. Revisando las cifras del saqueo, queda claro que fracasó en su intento. Al final, el monarca se rindió en 1894 bajo la promesa de una negociación digna en Francia con el presidente Sadi Carnot. Fue un engaño: nunca llegó a París. Fue enviado al exilio forzado a la isla de Martinica en el Caribe, donde vivió bajo vigilancia durante 12 años. En 1906, enfermo y nostálgico, fue trasladado a Argelia —entonces también colonia francesa—, donde murió. Hoy, Béhanzin es un héroe nacional. Su estatua en Abomey mira hacia el horizonte con la mano alzada, recordándole al mundo que la tragedia del reino de Dahomey es una herida abierta que Benín se niega a olvidar.





Qué alegre vuelo lleno de gente viva y natural. En esta parte III hay un derrame de sensibilidad y empatía, junto a una denuncia del despojo por parte de Francia. Excelente texto.
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