Autoría de 12:40 pm #Opinión, Patricia Eugenia - Narrativa en Corto • 16 Comments

La fisura – Patricia Eugenia

Su hija estaba angustiada ante la inmensidad de ser madre por primera vez, y Esta Mujer no quería dejarla sola en momentos tan difíciles, por eso la acompañó a una reunión con varias jóvenes que iban a parir o que acababan de hacerlo.

Se trataba de que dijeran sus temores, de que hablaran de su cuerpo que cambiaba, de su inhabilidad para cuidar un bebé y… también de la leche, su leche; porque pese al miedo a lo desconocido todas querían amamantar. A ese taller, cuyo insólito nombre era “La liga de la leche”, asistían madres primerizas.

Para acercar entre sí a las jóvenes asistentes, se conversó de la maternidad, del calor, la cercanía y la naturaleza benéfica de la lactancia, además, una a una expusieron ante las otras si ellas mismas habían sido o no amamantadas, muchas no lo sabían; Esta Mujer, que estaba allí sólo como acompañante, no tenía información de sí misma ni forma de obtenerla, pues su madre había muerto; en cambio, sabía perfectamente que ella no amamantó a su hija porque en los años ochenta, cuando la tuvo, no se usaba, era poco elegante, estaba mal visto, era costumbre atrasada, de pueblo, o peor: ¡de pobres!; por otra parte, trabajaba y no tenía las condiciones de tiempo y espacio requeridas. Por si estos obstáculos y prejuicios fueran poca cosa, los doctores, que dicho sea de paso, jamás serían madres, estaban bien entrenados para decir a las mujeres recién paridas:

–Madrecita: su leche es insuficiente, de baja calidad, no sirve… pero no se preocupe, ¡la institución la proveerá por seis meses de fórmula láctea científicamente elaborada para su bebé!…

Tal vez fue entonces que la Nestlé, junto con otras transnacionales –sospechó Esta Mujer–, amasaron sus grandes fortunas… y se sintió como una “inocente palomita…”, víctima cautiva de una bien elaborada política comercial: se sintió engañada, asaltada… ¡tonta!

Mientras tanto, las madres primerizas se ocupaban en practicar técnicas para amamantar a su bebé; Esta Mujer vio a todas repetir el gesto inmemorial de la gata que dispone su cuerpo y se reclina, mira a sus gatitos y estos se funden con ella y sonríen sin importarles ser felinos…

No supo por qué, pero se le vino a la mente aquel poema de Octavio Paz: “Mi madre, niña de mil años, madre del mundo, huérfana de mí, abnegada, feroz, obtusa, providente, jilguera, perra, hormiga, jabalina, carta de amor con faltas de lenguaje, mi madre: pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día”.

Advirtió que en alguna parte suya se abría una grieta antigua y le crujió el alma tan sonoramente que todas se volvieron a verla, pensando que algo se había quebrado, y cuando notaron su desconsuelo, cálidas, la abrazaron. Esta Mujer sintió cobijo y vergüenza, y cerró los ojos para que el ruido que estaba irrumpiendo, indetenible desde sus sótanos, pareciera el llanto natural de una mujer enternecida, cuando en realidad, una deuda vieja estaba cimbrándola desde su centro: “No amamanté”.

Siguió elaborando ese dolor desconocido que sabía mal pero que no deseaba detener. “No me había enterado de esa fisura: ¡La escondí, me la escondí… y la había olvidado!”, se dijo.

Ahora sí que percibía la zona cavernosa aquella, oculta bajo una gruesa capa de tierra sobre la que crecían hierbas y flores hermosas, cómplices secretas ¿de quién?, ¿de ella?… Conoció su oscuridad disfrazada de belleza.

Con el gusto aún frío, vio a su hija amamantar a su nieta. Cesó el ruido, pero… quería hablar, explicarse… y al salir de la reunión se puso parlanchina con su hija:

–¿Sabes?, cuando estuve dentro del útero de tu abuela, yo contuve todos los óvulos con los que contaría en mi vida ¡y uno de ellos eras tú!, así que estuviste un tiempo en mí cuando yo estaba dentro de tu abuela: ¡Estuvimos tú y yo por un tiempo en su vientre!… y mira: tú, cuando estuviste a punto de nacer, Petra, mi nieta, ya estaba en ti en forma de óvulo… ¡y tú en mí!, y ahora tú… tú la alimentas con tu cuerpo como yo te alimenté con, con… ¡con mi alma, ¿ves?

La hija, cobijando a su pequeñita y feliz de haber aprendido a amamantar sin dolor, seguro se preguntaría a qué venía tal perorata, y sin entender nada sonrió a Esta Mujer, su madre que, al separarse de hija y nieta, seguiría contenta hacia su casa, porque nada hubo en el camino que le quitara el ánimo.

Llegando, mientras buscaba las llaves en su bolso, notó una pequeña grieta en la base de su edificio que nunca antes había visto; tal hallazgo se le manifestó como una réplica de su escondida caverna interior y, de la misma forma que de aquella, brotaron ruidos ácidos que se acallaron con abrazos. De esta fisura terrena –disimulada también con florecitas frescas– salió una rata. Esta Mujer la miró huir y, veloz, tapió la fisura con una piedra. “En este caso no hay abrazo que valga –pensó–, esa pobre rata ya no tiene guarida. ¡Qué se busque la vida en otra parte!”… y aunque iba sola, rio de buena gana, pensando que la vida a veces puede recomenzar.

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Last modified: 22 mayo, 2026
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