Desde el principio de los tiempos, los hombres han buscado la manera de comunicarse.
No sabemos exactamente cómo, pero el cirujano francés Pierre Paul Broca (1824-1880), en 1861, demostró que determinadas lesiones cervicales llevan aparejada la pérdida del uso del lenguaje. Desde entonces, decía el tunecino Louis-Jean Calvet (1942-2025) en su libro Historia de la escritura (Paidós, 2001, 264 páginas), “hemos avanzado considerablemente en nuestro conocimiento de la geografía cervical, llegando en concreto al conocimiento de los siguientes dos principios fundamentales: el hecho incontrovertible de que el desarrollo de las zonas especializadas en el lenguaje está en relación directa con la posición erguida y el hecho de que el desarrollo de tales zonas va en paralelo con el de las actividades manuales”.
En otras palabras, “a medida que fue produciéndose la lenta evolución de cuadrúpedo a bípedo, que aquél iba sirviéndose cada vez en mayor medida de sus patas traseras, éste va dotándose, al mismo tiempo que de manos (las antiguas patas delanteras), dé capacidad para el lenguaje; desde entonces el hombre podrá hablar, manipular objetos o dibujar. Pero ser capaz de hablar no significa de hecho hablar, y pese a que sabemos, a partir del estudio de cráneos fósiles, que los primeros antropoides contaban con cerebros semejantes en proporción a los humanos y que el australántropo o que el sinántropo podían hablar, en modo alguno se puede afirmar que ellos se sirvieran de esta capacidad. Erguidos sobre sus patas traseras, hacía ya mucho tiempo que habían adquirido la facultad del lenguaje”.

¿Pero en qué momento debieron ponerla en práctica? ¿Y cómo? Dice Calvet que el “cuándo” resulta imposible señalarlo con precisión: “Tal vez 35 o 40 mil años antes de nuestra era, cuando ya era Homo sapiens. ¿Cómo? Aunque desde luego no cabe contar con que alguna vez puedan ser reconstruidos los primeros lenguajes humanos sí, por el contrario, se pueden avanzar con cierta verosimilitud dos o tres cosas sobre esos códigos. Sin duda debieron ser a la vez corporales y gráficos, basados en el grito, el gesto, el dibujo, la incisión”.
Con los siglos, el hombre ya habla, dibuja, fabrica utensilios y armas, caza y cosecha; pero, se pregunta Carvet, “¿cuándo comienza a escribir, es decir a consignar sobre piedra, sobre las paredes de las cavernas, sobre huesos o pieles lo que, por otra parte, es capaz de expresar gestualmente? ¿A partir de qué momento la escritura permanecerá como testimonio de las evanescentes palabras? Los guijarros coloreados descubiertos en 1887 dentro de la gruta de Masd’Azil, en Ariege, ¿constituyen quizás ya una primitiva escritura? Algunos piensan que sí, viendo en tales signos una especie de claves o de recordatorios”.
Estamos hablando del 900 aC.
Las impresiones de las manos en las cavernas denotan los primeros rasgos de comunicación humana. No en vano, la etimología del término “escritura” tiene que ver directamente con su pasado: “Écrire en francés, escribir en español, scrivere en italiano, etc; las lenguas románicas nos sugieren retroceder al latín scribere, “trazar caracteres”, que a su vez nos envía a una raíz indoeuropea, ker/sker, indicadora de la idea de “cortar”, “realizar incisiones” (así, en sánscrito krtih, “cuchillo”, aunque también en castellano corte, en francés court, en inglés short, etc). La filiación scribereécrire se remonta a la “forma extendida” squeribh, “realizar incisiones”, pero también schreiben en alemán e incluso escarificación en castellano. La escritura sería, por lo tanto, según la etimología, una especia de incisión, idea que reencontramos en el griego graphó (indoeuropeo gerbh, “arañar”) o en el inglés write, “escribir”, en el neerlandés rejten, “rasgar”, en el sueco rita, “dibujar” (indoeuropeo wer, “arañar, rasgar”), o también en sánscrito, en donde la raíz likh significa igualmente tanto “dibujar” o “raspar” como “escribir”, convergencia semántica que claramente pone de manifiesto dos cosas: 1) al principio, la actividad de escribir era equivalente a realizar incisiones, a arañar, lo que hace suponer que las piedras o las vasijas fueron sus primeros soportes; 2) por el contrario, nada hace pensar en la lengua, en la idea de que estos primeros grafismos fueran utilizados con el fin de obtener su transcripción.

La comunidad que asistirá al alumbramiento de la escritura, nos recuerda Calvet, “iba a ser precisamente cierto pueblo de lengua sumeria llamado Uruk (actualmente Warka), situado en la baja Mesopotamia a la orilla izquierda del Éufrates (lugar en el que se han realizado numerosas excavaciones desde el año 1928)”. Estamos a finales del cuarto milenio aC. Al menos dos pueblos habitaban esta zona (en griego, mesos significa “en mitad” y potamos “río”): uno, llegado sin duda del sudeste, hablaba una lengua de la que no se conoce su origen ni, por consiguiente, su familia: éste era el sumerio. El otro, venido del norte, hablaba una lengua semítica: el acadio. Ambos se repartían la región: los acadios al norte y los sumerios al sur. Fueron los sumerios los que nos legaron los primeros rastros de escritura”, en lo que conoceríamos como pictogramas, los cuales “podían indicar sólo algunas nociones concretas, ciertos objetos, animales, plantas, etc, y seguramente tales signos no tenían nada que ver con su pronunciación. En ese estadio del sistema (nos encontramos hacia el año 3300 aC) la relación de los pictogramas con la lengua es por completo contingente: sabemos que pájaro se pronunciaba en sumerio mushen y que el pictograma correspondiente a pájaro era leído así por los sumerios, pero nada en ese signo sugería esta pronunciación, pudiendo también ser pronunciado en otra lengua, como en la actualidad podría serio en español (pájaro), en francés (oiseau), en inglés (bird), etc”.
Fascina, qué duda cabe, esta introspección, tan detallada, tan minuciosa, con ejemplos descriptivos y eficaces, de la evolución de la escritura que nos entrega el profesor francés Calvet, políglota prestigiado, autor de una veintena de libros, todos ellos relacionados con la lengua y los idiomas.
Si bien las escrituras surgieron bajo formas diversas, “en lugares y épocas diferentes (signos cuneiformes mesopotámicos, jeroglíficos egipcios, ideogramas chinos, glifos aztecas y mayas, etc), por su parte parece que el alfabeto tiene un origen único, constituyendo una creación semítica surgida durante el segundo milenio antes de nuestra era, en una región que actualmente correspondería a Siria, Líbano, Israel y Jordania. Aunque el término alfabeto pueda dar la impresión de ser de origen griego, formado a partir de las dos primeras letras, alfa y beta, su principio estructural viene de mucho más atrás: con tal de asistir a su nacimiento, haría falta remontarse aproximadamente al año 1500 aC, en esa región cuyos habitantes se expresaban por medio de lenguas semíticas”.
El primer alfabeto de la historia, del cual se conservan restos, es el ugarítico, “aparecido por lo menos 14 siglos antes del comienzo de nuestra era en las costas de lo que hoy es Siria (excavaciones de Ras Shamra)”.
Es un misterio el origen de la escritura.
Bien que lo sabía Calvet, pero no por ello dejó de escudriñar en el pasado: tenía la esperanza, vana, de que en un mañana se encontrasen más pistas para poder agregar, al definitivo rompecabezas de la literatura, ese necesario fragmento que tanta falta está haciendo.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX
https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/victor-roura-oficio-bonito




I gotta bookmark this internet site it seems very beneficial invaluable
Hi! I could have sworn I’ve been to this site before but after checking through some of the post I realized it’s new to me. Nonetheless, I’m definitely delighted I found it and I’ll be book-marking and checking back frequently!
I have not checked in here for some time as I thought it was getting boring, but the last several posts are great quality so I guess I will add you back to my daily bloglist. You deserve it my friend 🙂