La historia de la migración mexica suele contarse como una epopeya que culmina en la fundación de México-Tenochtitlan. La imagen del águila sobre el nopal, la construcción de la gran ciudad lacustre y el ascenso de los mexicas al poder imperial han monopolizado durante siglos la atención de historiadores, cronistas y lectores. Sin embargo, ¿qué ocurrió antes de la llegada al Valle de México? ¿Qué territorios atravesaron aquellos grupos migrantes? ¿Qué huellas dejaron en regiones que hoy parecen ajenas al relato fundacional de la nación? A estas preguntas intenta responder Lauro Jiménez Jiménez en La peregrinación mexica y su paso por territorio queretano. Los hechos ocurridos en Huimilpan y San Juan del Río (Helvética, 2026), una obra que combina investigación histórica, revisión documental y una profunda vocación por rescatar la memoria regional.
El libro parte de una hipótesis tan sugerente como polémica: la posibilidad de que algunos episodios fundamentales de la peregrinación mexica hayan ocurrido en lo que hoy es el estado de Querétaro, particularmente en las regiones de Huimilpan y San Juan del Río. Para sostener esta propuesta, Jiménez recupera y revisita los trabajos de dos figuras fundamentales de la historiografía mexicana del siglo XX: Paul Kirchhoff y Wigberto Jiménez Moreno. Ambos investigadores habían planteado, desde distintas perspectivas, que ciertas estaciones de la ruta migratoria descrita en códices y crónicas coloniales podrían localizarse en el Bajío y el sur queretano. Lauro Jiménez retoma estas hipótesis, las confronta con nuevas lecturas documentales y las articula en una narración accesible para el lector contemporáneo.
Uno de los principales méritos de la obra radica en su carácter pedagógico. Antes de abordar directamente la migración mexica, el autor dedica varios capítulos a construir el contexto histórico y cultural necesario para comprender la magnitud del fenómeno. Así, el lector es conducido desde la Prehistoria y el surgimiento de las primeras civilizaciones hasta la configuración de Mesoamérica y la llamada Gran Chichimeca. Lejos de ser un rodeo innecesario, esta estrategia permite entender que la peregrinación mexica no fue un hecho aislado, sino parte de procesos migratorios mucho más amplios que transformaron el territorio mesoamericano durante siglos.
En términos metodológicos, el libro se sostiene sobre una amplia revisión bibliográfica. Miguel León-Portilla, Federico Navarrete, Ángel Palerm, Enrique Florescano, Christian Duverger y Paul Kirchhoff aparecen constantemente como interlocutores de la investigación. Jiménez no pretende descubrir una verdad absoluta ni resolver definitivamente el enigma de Aztlán; por el contrario, reconoce desde el inicio que la historia de la migración mexica se mueve en una zona fronteriza entre la historia y el mito. Las fuentes indígenas, los códices pictográficos y las crónicas coloniales contienen versiones divergentes y, en ocasiones, episodios claramente simbólicos o sobrenaturales. El reto consiste entonces en leer esas fuentes con rigor crítico sin perder de vista su dimensión cultural y religiosa.
La parte más interesante del libro comienza cuando el autor se adentra en el territorio queretano. Allí despliega una investigación minuciosa sobre topónimos, mapas coloniales, documentos históricos y hallazgos arqueológicos para sostener que lugares como Coatlicámac podrían corresponder a espacios localizados en Huimilpan. La hipótesis adquiere especial relevancia porque Coatlicámac aparece en diversas fuentes asociado a ceremonias fundamentales dentro del proceso migratorio mexica, incluida una posible celebración del Fuego Nuevo. Jiménez analiza con detalle las referencias contenidas en el Códice Aubin, el Códice Boturini y otras fuentes históricas para reconstruir la posible ubicación de estos sitios.

Más allá de que el lector acepte o no la totalidad de las conclusiones propuestas, el valor del libro reside en la seriedad del esfuerzo interpretativo. Lauro Jiménez demuestra que la historia regional puede dialogar con los grandes debates nacionales. Durante mucho tiempo, Querétaro ha sido estudiado principalmente a partir de su papel en la Conquista, la evangelización, la Independencia o la historia política moderna. Esta obra, en cambio, empuja la mirada varios siglos atrás y sitúa al territorio queretano dentro de una narrativa de larga duración que abarca el surgimiento mismo de la civilización mexica.
Existe también una dimensión simbólica particularmente atractiva. Al proponer que episodios centrales de la identidad mexica pudieron desarrollarse en Querétaro, el libro cuestiona ciertas formas de centralismo historiográfico. La historia nacional suele construirse desde los grandes centros políticos; Jiménez recuerda que los procesos históricos son siempre más amplios, más complejos y más descentralizados de lo que sugieren los relatos oficiales. En este sentido, la obra puede leerse como un acto de reivindicación cultural: una invitación a reconsiderar el papel de las regiones en la construcción de la memoria colectiva.
Desde el punto de vista de la escritura, el texto privilegia la claridad expositiva sobre la experimentación narrativa. No estamos ante una obra académica destinada exclusivamente a especialistas, pero tampoco frente a un libro de divulgación superficial. El autor encuentra un equilibrio razonable entre ambos registros. Su prosa es directa, ordenada e incluso didáctica. Cada capítulo avanza con una lógica acumulativa que permite al lector seguir argumentos complejos sin perderse en tecnicismos excesivos. En ocasiones, la abundancia de información y referencias puede ralentizar la lectura, especialmente para quienes no están familiarizados con la historiografía mesoamericana; sin embargo, esa misma densidad constituye una de las fortalezas del volumen.
La trayectoria de Lauro Jiménez ayuda a comprender la naturaleza de este proyecto. Investigador independiente, periodista y cronista queretano, ha dedicado más de cuatro décadas al estudio de la historia regional. Su interés por rescatar la memoria de comunidades y territorios se consolidó durante su gestión en Santa Rosa Jáuregui y ha dado origen a diversas publicaciones dedicadas al patrimonio histórico queretano. La peregrinación mexica y su paso por territorio queretano aparece así como la culminación lógica de una larga vocación intelectual orientada a vincular la investigación histórica con la identidad comunitaria.
Quizá la pregunta más importante que plantea el libro no sea si Coatlicámac estuvo efectivamente en Huimilpan o si Acahualtzinco puede identificarse con precisión en las cercanías de San Juan del Río. La cuestión de fondo es otra: ¿cómo construimos nuestras narrativas históricas? ¿Qué territorios quedan dentro y cuáles fuera de los grandes relatos nacionales? ¿Qué sucede cuando observamos la historia desde la periferia en lugar de hacerlo desde el centro?
En una época marcada por la simplificación del pasado y la circulación acelerada de versiones superficiales de la historia, el trabajo de Lauro Jiménez reivindica el valor de la investigación paciente. Su libro invita a recorrer códices, mapas, crónicas y vestigios arqueológicos para reconstruir un trayecto que, aunque envuelto en zonas de incertidumbre, sigue despertando fascinación ocho siglos después.
Al concluir la lectura, queda la sensación de haber acompañado no sólo la peregrinación de un pueblo, sino también la búsqueda intelectual de un investigador que se resiste a aceptar que la historia de Querétaro deba contarse únicamente desde los márgenes. Y acaso ahí radique la mayor virtud de esta obra: en recordarnos que toda región posee capas de memoria aún por descubrir y que, a veces, los grandes relatos de la nación también comienzan en una vereda aparentemente secundaria.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “PONGAMOS QUE HABLO DE LIBROS”, LA COLUMNA DE CARLOS CAMPOS PARA LALUPA.MX
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