Autoría de 5:45 pm #Destacada, #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito

Brasil – Víctor Roura

1

Aunque no jueguen bien, los brasileños ganan en futbol, aunque no hayan podido conseguir ganar nuevamente la copa mundial (la última vez que Brasil ganó el campeonato de la FIFA fue hace un cuarto de siglo, en el año 2002, en el torneo realizado en Corea y Japón).

      Quién sabe cómo lo hacían.

      Podían estar todo el partido sin crear un momento de tensión, aburriéndose de un lado a otro, casi caminando, entreteniéndose con el balón, mirando la tribuna, y de pronto, en una jugada inesperada y magistral, impredecible y relampagueante, el balón lo empujaban a las redes.

      A veces decepcionaban), ciertamente (como lo han hecho desde 2002, ya sin figuras prodigiosas como Pelé o Garrincha sino ahora ocupados en ganar mucho dinero). Quien haya visto la final en Francia contra los franceses, en 1998, deberá admitir que los brasileños estaban perdidos, jugaron aparentemente sin ninguna estrategia, tan sin su magia característica que parecían aburridos por haber llegado a la final, misma que perdieron por un marcador de 3-0, juego llevado a cabo en Saint-Denis el 12 de julio de 1998, siendo el primer título mundial de Francia en su historia convirtiéndose, además, en el sexto país anfitrión en ganar el torneo.

      Pero estos endiablados muchachos brasileños siempre llegaban a la final. Por lo menos han estado en siete ocasiones, una menos que Alemania que de sus ocho finales se han coronado en cuatro partidos, si bien ya el número siete también lo posee Argentina habiendo sido derroatada cuatro veces, de ahí que Brasil, en este sentido, siga siendo diferente, porque hasta ahora nadie ha podido superar a Brasil en campeonatos adquiridos: han conseguido cinco títulos mundiales en casi un siglo durante las 23 ediciones de la Copa de la FIFA desde su creación en 1930, no realizándose en los años 1942 y 1946 a causa de la Segunda Guerra Mundial

      Una verdadera proeza. Las naciones que ocupan los sitios posteriores son Alemania con cuatro títulos obtenidos (1954, 1974, 1990, 2014), Italia también con cuatro (1934, 1938, 1982, 2006), Argentina con tres (1978, 1986, 2022), Francia con dos (1998, 2018), Uruguay con dos (1930, 1950), España con dos (2010, 2026) e Inglaterra con un título ganado en 1966.

2

Si el futbol se volviera una sorda rutina debido a las cada vez más encerradas tácticas de retención y pasividad de los estrategas (que buscan anotar nada más un gol para, en seguida, montar una férrea muralla en el area grande y olvidarse de jugar en la zona enemiga), los brasileños romperían seguramente estas maniobras de obstrucción e inalterabilidad con sus candentes movimientos y sus peculiares espasmos (de algún modo habría que llamarlos) deportivos: así era, por lo menos, antes que el dinero interviniera en las jugadas definitivas, y está, para reafirmar lo anterior, el supuesto mejor jugador del mundo, el argentino Messi, quien jugara inútlmente en la final contra España  en el reciente Mundial, presencia que de nada le valiera a Argentina tras caer derrotada 1-0 contra Españ en Nueva York el pasado 19 de julio, y aunque Messi tampoco se llevó el denominado Balón de Oro (que le correspondió al francés Mbappé con diez anotaciones), sí se conformó con el segundo lugar con ocho gole, que le acarreará más dinero en su cuenta bancaria, finalmente el objetivo de todo futbolista.

      Pero, sí, uno recuerda aquellas apaciguadas y lentas escenas en Francia, en 1998, y no le cabe en la cabeza cómo estos inventores del futbol, que incluso hasta jugando mal juegan bien, pueden correr por la cancha con tanto desasosiego y desinterés. Verlos jugar, , por lo menos durante el siglo XX, como decía Eduardo Galeano de Pele, bien valía la pena una tregua y mucho más: “Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de los rivales, como un cuchillo —apuntaba Galeano de Pelé—. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si el aire fuera una escalera. Cuando ejecutaba un tiro libre, los rivales que formaban la barrera querían ponerse al revés, de cara a la meta, por no perderse el golazo”.

3

No hay una figura ideal para el futbolista. Así como se sugiere un hombrecito enclenque, enjuto, acaso malhambreado y chiquito para montar los potrillos en los hipódromos, o un ropero, no rapero, caradura con hombros popéyicos, no epopéyicos, para el futbol americano, o un negro rapero, no ropero, con ínfulas de pop star engreído y altanero y con los pies de triple número a la normalidad para el baloncesto, no hay en cambio un modelo absoluto para jugar al futbol. Los puede haber siniestramente guapos o feos como la esdrújula de Rónaldo, desmirriados como si estuvieran en huelga de hambre o búfalos glotones, teatreros o gente irrespetuosa, verdaderos gandallas o caballeros victorianos, drogos y ebrios contumaces, abstemios intocables y aguerridos cachagranizo, presuntuosos y humildes, fascistas e inleídos. Antes de ser futbolista, Garrincha, por ejemplo, era un don nadie: “Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo —dice Eduardo Galeano en su libro El futbol a sol y sombra—. Cuando empezó a jugar al futbol, los médicos le hicieron la cruz: diagnosticaron que nunca llegaría a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomielitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado”.

      Garrincha murió a los 49 años en su natal Brasil.

      El mejor jugador, luego, es el que menos lo parece. Como aquel enteco Cruyff (Amsterdam, 1947-2016, fallecido a la edad de los 68 años), que a la postre hiciera historia en su Holanda: “Este flaquito eléctrico había entrado al club Ajax cuando era niño —dice Galeano—: mientras su madre atendía la cantina del club, él recogía las pelotas que se iban afuera, limpiaba los zapatos de los jugadores, colocaba los banderines en las puntas del campo y hacía todo lo que le pidieran y nada de lo que le ordenaran. Quería jugar y no lo dejaban, por su físico demasiado débil y su carácter demasiado fuerte. Cuando lo dejaron, se quedó. Y siendo un muchacho debutó en la selección holandesa, jugó estupendamente, marcó un gol y desmayó al árbitro de un puñetazo”.

      Lo dicho: no hay un modelo idóneo para un astro del futbol. Ahí está Maradona: bajito, nalgón, rechoncho, pero nadie lo alcanzaba. Ponía el balón exactamente donde él lo dispusiera, y no había contrario capaz de alterar sus dominios territoriales. Incluso, ya completamente mofletudo, encarrerado en la grandilocuente obesidad, Maradona, durante la despedida en el Estadio Azteca de Carlos Hermosillo, jugó mejor que varios, innumerables, esbeltos jugadores que alinean en la primera división del futbol mexicano.

      Hace ya varios años jugaba con el Morelia un hombre manco, de nombre inolvidable: Villalón, que corría como si lo moviera el viento. Nunca se arredraba ante ningún encontronazo, aunque jamás figuró en la selección mexicana, tal vez por prejuícios incompatibles de los directores técnicos.

      En la Alemania de Rudi Voeller, que entrenara a la selección de fútbol entre los años 2000 y 2004, jugaba un negro, lo que hablaba de los evidentes cambios en medio siglo de la germania europea. Y lo que son las cosas: en Corea el ídolo era Ahn, el jugador más, diríamos, “occidentalizado” del equipo, el de menos —y válgase la curiosa y aséptica redundancia— rasgos rasgados.

4

Brasil fue nuevamente campeón en 2002, a principios del siglo XXI. No fue ninguna sorpresa para su pueblo, pero lo mismo lo celebraron, por última vez (ya que no ha podido volver a cimbrar los estadios como antes) en grande: pareciera el único objetivo en vida de los brasileños. Hay algunos poblados y caseríos de dicha nación sudamericana que no tiene iglesia, “pero no existe ninguno sin cancha de futbol —precisa Galeano—. El futbol es el día que más trabajan los cardiólogos de todo el país. Un domingo normal, cualquiera muere de aburrimiento. Cuando la selección de Brasil naufragó en el Mundial del 66, hubo suicidios, ataques de nervios, banderas patrias a media asta y crespones negros en las puertas, y una bailandera procesión de dolientes cubrió las calles y enterró al futbol nacional con ataúd y todo. Cuatro años después, Brasil ganó por tercera vez el campeonato mundial [en el año 1970 al vencer a Italia 4-1 en la final del Mundial de México], entonces Nelson Rodrigues escribió que los brasileños dejaron de tener miedo de que se los llevara la perrera, y fueron todos reyes de manto de armiño…”

      Y hubo fiesta en Brasil de nuevo, como casi cada cuatro años en el pasado siglo, y si su equipo es eliminado antes de la fase final hay llanto, sí, conmoción, asfixias angustiantes, pero nunca la venganza o el coraje contra sus jugadores, como ocurriera en 1994 cuando veintenas de fanáticos enloquecidos (¿qué fanático no enloquece con la turba?) quemaron la casa de Joseph Bell, el derrotado arquero de Camerún, o cuando cayó asesinado, acribillado a tiros —ya en su patria—, el defensa colombiano Andrés Escobar por haber cometido la desgracia de anotar un gol en su propia portería en un partido clave, que los dejó fuera una vez más de la siguiente ronda semifinalista. El futbolista Escobar fue asesinado el 2 de julio de 1994 en las afueras de Medellín, diez días después de que anotara un autogol en el Mundial de Estados Unidos. Tenía 27 años de edad.

      Ah, la particular y exquisita cultura del futbol.

5

Como Brasil en el futbol ya no es lo que antes era, también se acabaron los desgarrones patrios.

      Las cosas han cambiado, drásticamente.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALLUPA.MX

https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/victor-roura-oficio-bonito

(Visited 6 times, 6 visits today)
Last modified: 17 agosto, 2026
Cerrar