CRÓNICA: JOSÉ ANTONIO GURREA C. / LALUPA.MX
FOTO PRINCIPAL: JOSEP BLANCH
“El viaje es una cura de humildad: te das cuenta del diminuto lugar que ocupas en el mundo”: Gustave Flaubert
Cruzar Benín es como caminar por una guardería que no conoce fronteras. En el Sur, apenas pones un pie en las calles de Cotonú o de Porto Novo, y el aire se llena de un grito muy persistente: “¡Yovo, yovo!”, un término que significa literalmente “blanco” o “extranjero” en la lengua fon. Las niñas y los niños brotan de cada esquina y, en un acto de hospitalidad física, nos atrapan. Sentimos sus pequeñas manos apretando las nuestras, decididos a no soltarnos. El contacto físico es su lenguaje universal; es su forma de decirnos que, por un momento, somos suyos.

En esa cercanía, descubrimos una pureza que desarma. Hallamos en ellos una ingenuidad y una inocencia que en Occidente ya nos resultan ajenas. Al vivir al margen de la tecnología que nos obsesiona —con todas sus luces y sus sombras—, para ellos cada instante es una novedad absoluta. Por ejemplo, nos sentamos con ellos después de hacer una selfie o grabar un video para enseñarles el resultado en la pantalla, y sus carcajadas y sus bailoteos, a la menor provocación, nos contagian y terminan borrando cualquier distancia. Es ahí, en esos momentos de risa compartida y baile, donde comprendemos que, a pesar de sus carencias materiales, estamos frente a la alegría más auténtica que hemos visto en muchos años.



Cuando cruzamos la frontera invisible hacia el norte, el ritmo cambia. Entre las etnias de la montaña como los Somba y los Taneka, los menores son más contenidos, más “formales”. Ya no hay gritos ni tanto baile. Y el saludo, a manera de susurro, se transforma en un solemne Monsieur o Madame. Pero la formalidad no borra el afecto. En territorio Taneka, una vez que toman confianza, se aferran con fuerza a nosotros, uno o dos en cada mano —incluso se enojan con otros pequeños que intentan desplazarlos para ocupar su lugar— y nos acompañan por varios kilómetros hasta un quiosco donde pernoctamos para hacer un picnic. Ahí, les pedimos a nuestros pequeños escoltas que hagan una fila india y los hacemos pasar, uno por uno, para entregarles chocolates y galletas. Ver sus rostros encantados es el punto más alto de esta larga caminata por la aldea.

Desde luego, sobran las vivencias imborrables con las niñas y los niños. Días antes, en Djougou, en la zona central de Benín, no son chocolates ni galletas los que encandilan a los menores. El verdadero tesoro son los plumones de colores que comenzamos a repartir en una comunidad. Lo que empieza como un intento de clase de dibujo termina en una intervención artística colectiva. En cuestión de minutos, aquella guardería al aire libre estalla en risas mientras todos lucen rayas azules y trazos rojos en sus rostros y en sus labios, convirtiendo sus sonrisas en obras de arte vivientes.

Por supuesto no todo es color y alegría: para los bebés de aldeas remotas del norte, que nunca han visto un humano blanco, encontrarse con un “Yovo” es como ver a alguien que se quedó sin terminar de pintar. No entienden si estamos enfermos, si somos espíritus o simplemente bichos raros. Abundan los casos de niños en brazos que nos ven con miedo, con espanto y que cuando osamos acercarnos a ellos, se aferran al cuello materno mientras nos observan con verdadero terror.

El norte de Benín también nos golpea con sus paradojas visuales. A diferencia del sur, donde predominan los trajes tradicionales de algodón colorido, con camisa y pantalón a juego, aquí la vestimenta infantil es un collage de carencias. Resulta desolador observar a niños caminando sobre la tierra seca, cubiertos por camisetas raídas de equipos europeos de futbol. Ver el nombre de un futbolista acaudalado o la publicidad de aerolíneas de lujo de Dubái sobre la espalda o el pecho de un menor en condiciones de pobreza extrema es un recordatorio de la desigualdad global, de un sistema mundial cruel que prioriza el lucro sobre la vida humana.

Hay un contraste brutal entre los ingresos de un jugador de futbol y la realidad de Benín. De acuerdo con datos oficiales convertidos a pesos mexicanos —con base en información de la Organización Internacional del Trabajo y la Asociación de Jugadores de la MLS—, la brecha es astronómica: para que un trabajador con el salario mínimo en este país de África Occidental gane lo que un futbolista como Lionel Messi obtiene en un solo día —alrededor de tres millones y medio de pesos— tendría que trabajar aproximadamente ciento sesenta y seis años. Este cálculo se basa en el ingreso anual estimado del jugador del Inter de Miami, de mil doscientos setenta y cinco millones de pesos dividido entre los trescientos sesenta y cinco días del año, y lo que gana un trabajador de salario mínimo en Benín en un año: veintiún mil pesos.


Comparar el ingreso de Messi con el PIB per capita de Benín ofrece una perspectiva aún más desoladora: si confrontamos el ingreso anual del futbolista argentino —mil doscientos setenta y cinco millones de pesos— con el PIB per capita anual del país africano —treinta mil setecientos cincuenta y tres pesos—, resulta que para igualar lo que el futbolista gana sólo en un año, se necesitaría sumar la riqueza anual generada por cuarenta y un mil cuatrocientos cincuenta y nueve ciudadanos promedio de Benín. Es, literalmente, la riqueza de una ciudad entera, como Ouidah, concentrada en una sola persona o, en términos futbolísticos, el aforo del mundialista Estadio Akron, ubicado en Guadalajara, México.



Especias, gritos y acequias: una sinfonía agridulce
Caminar por un mercado de Benín es someterse a un asalto sensorial. El aire es un cóctel espeso fermentado que se siente más como una textura que como un aroma. Por aquí, el picor del jengibre, del curry, del pimiento y los chiles secos se mezcla con el olor penetrante y salino del pescado ahumado o frito. Por allá, el aroma dulzón del aceite de palma y las frituras hirviendo se funde con la fragancia reconfortante del pan recién horneado, que exhala notas de levadura. Acullá, los efluvios orgánicos de pieles, cráneos secos y animales vivos, usados para las ceremonias vodún, se entrelazan con la emanación a humo y madera quemada proveniente de los puestos de cocina al aire libre.





Al asalto olfativo se suma el incesante impacto sonoro: no hay silencios; el regateo en fon, yoruba, bariba o francés, se amalgama con el zumbido metálico de los moto-taxis (zémidjans), que, a punta de claxonazos, se abren paso entre pasillos estrechos; mientras, el grito de vendedores ambulantes, que anuncian agua en bolsa o galletas, se funde con el chisporroteo del aceite de palma caliente cuando entra en contacto con la yuca o el pescado que se fríe en enormes ollas de hierro. En esta babel auditiva destaca también la nota animal: el cacareo de las gallinas y el balido intermitente de las cabras es una presencia constante.

En medio de este aparente caos surge la imagen más poderosa del mercado: las mujeres que cargan mercancía sobre sus cabezas. A diferencia del resto de los transeúntes, ellas no miran al suelo; su mirada está siempre en el horizonte para mantener el centro de gravedad. Se trata de auténticas columnas humanas que se mueven con una elegancia inverosímil en medio del zoco, mientras soportan pesadas canastas o palangas de metal donde llevan de todo: pan, huevos, frutas, pescado fresco o ahumado, telas coloridas, bidones de agua, utensilios de plástico o metal. Esta técnica les permite mantener las manos libres para comerciar o sostener a sus bebés atados a la espalda.


La rigidez del cuello de estas mujeres no es azarosa. La instrucción para aprender esta técnica comienza temprano, entre los cinco y diez años, en una escuela sin aulas donde la única pedagogía es la imitación. Las niñas acompañan a sus madres o abuelas al mercado ensayando con pequeños recipientes para entrenar el equilibrio y, precisamente, fortalecer los músculos del cuello. Para proteger el cráneo y distribuir el peso, tanto niñas como adultas utilizan un pequeño aro hecho de tela enrollada, paja o fibras naturales que se coloca entre la cabeza y la carga.


Sin embargo, detrás de ese caminar elegante se esconde una realidad atroz: investigaciones publicadas en la revista Nature —como las del fisiólogo estadounidense Norman Heglund— señalan que, aunque estas mujeres han desarrollado una eficiencia mecánica extraordinaria para transportar hasta el veinte por ciento de su peso sin gasto extra de energía, el costo estructural es inevitable. Detrás de esa columna erguida existe un desgaste silencioso: vértebras cervicales que se comprimen bajo palanganas de veinte kilos y una fatiga que se instala en la zona lumbar mucho antes de alcanzar la madurez. Una paradoja más de este complejo país: muchas de las columnas humanas que movieron —literalmente sobre su cabeza— parte de la economía de Benín, terminan sus días discapacitadas o con una movilidad reducida.




En las afueras de los mercados de Benín, el asalto sensorial experimenta su “lado B” que el olfato es el primero en padecer. Ahí, el olor cambia a algo más crudo: aguas estancadas, desechos orgánicos en descomposición y animales vivos que esperan ser vendidos. Es un olor a vida y muerte conviviendo en pocos metros. Para la vista tampoco es agradable: parte del suelo de los mercados es, en realidad, un “plastisuelo”. Bajo el aroma de las especias y del pan recién hecho, pisamos capas de bolsas de plástico compactadas por el lodo y el tiempo hasta parecer rocas. En un país donde el consumo de productos empaquetados ha crecido más rápido que su infraestructura, la basura se ha vuelto parte del ecosistema.


Al “plastisuelo” se suman las acequias a cielo abierto, hoy arterias de basura estancada donde el plástico flota sobre materia orgánica en descomposición. Cerca de los baños públicos, el aire es irrespirable; sin agua corriente, las instalaciones emanan olores fétidos que el calor de abril recrudece. Ante la falta de vertederos, la solución es el fuego. Es común ver, cerca de los mercados y afuera de las aldeas, restos de hogueras donde aún asoman plásticos a medio quemar.

En este entorno, las cabras —omnipresentes en Benín— merodean como “limpiadores” desesperados. La escena es inquietante: hurgan entre los desechos y terminan ingiriendo plásticos que saturan sus estómagos. Esta falsa saciedad las condena a morir de inanición, mientras sus tejidos absorben químicos que terminan en el plato humano a través de la leche y la carne. Desde 2018 la ley prohíbe las bolsas no biodegradables en el país, pero en las calles la normativa es letra muerta.

Ante este colapso sanitario y la ineficacia de las leyes, la respuesta oficial ha sido radical. El gobierno beninés avanza en su proyecto de construcción de modernas naves techadas para reubicar a los comerciantes de los mercados urbanos. Sin embargo, surge una duda inevitable: ¿se asfixiará la autenticidad local bajo esas paredes de concreto? Aunque el cambio promete higiene, muchos temen que el alma vibrante y profundamente humana de estos espacios se diluya, dejando una Benín más aséptica, pero despojada de su propia identidad.

El descenso a los infiernos
Recorrer la Ruta de los Esclavos en Ouidah —antiguo epicentro de la trata trasatlántica en África Occidental— es caminar sobre una de las cicatrices más profundas de la humanidad. No es sólo un trayecto histórico; son cuatro kilómetros de un duelo necesario para intentar asimilar el calvario de quienes transitaron estas tierras encadenados. Durante más de tres siglos, entre el XVI y el XIX, este puerto fue el escenario de una extracción quirúrgica de seres humanos, un holocausto africano que despojó a este lugar de entre dos y tres millones de personas, aunque las cifras globales de la trata ascienden a entre doce y quince millones.

El horror se iniciaba en la Plaza de las Subastas. Aquí, el Reino de Dahomey entregaba a los cautivos a cambio de mercancías que hoy parecen un insulto a la vida: cañones, pistolas, pólvora, tabaco y, sobre todo, cauris —pequeñas conchas de caracoles marinos— y alcohol. Por ejemplo, una pistola podía cambiarse por 16 esclavos varones o 21 mujeres, o una sola botella de aguardiente o whisky podía ser el precio pagado por la vida de un niño.

Cerca de la plaza se alzaba la casa de Francisco Félix de Souza, el brasileño que operaba como el engranaje principal de este tráfico. En sus estancias, los seres humanos eran despojados de su nombre para ser rebautizados como “piezas de Indias”, una fría categoría contable que sólo reconocía a los hombres jóvenes y sanos como una unidad completa. Prisioneros capturados en lo que hoy es Níger, Nigeria, Burkina Faso y el interior de Benín, aguardaban el último estigma: ser marcados con hierros al rojo vivo con las iniciales de sus compradores: portugueses, franceses, ingleses u holandeses

Antes de partir, los cautivos eran confinados en el Zomachi, “la casa que no conoce la luz”. En estas celdas diminutas y sin ventilación, cientos de cuerpos eran hacinados en una oscuridad total diseñada para quebrar el espíritu. El objetivo era anular la noción del tiempo y del espacio; quienes lograban sobrevivir a semanas de inanición y aire viciado eran considerados ‘aptos’ para la travesía.

El protocolo de Dahomey utilizaba el Árbol del Olvido, requiriendo que hombres y mujeres giraran nueve y siete veces, respectivamente, para borrar sus recuerdos y su identidad, marcando el incio del olvido de sus raíces. En contraste, el Árbol del Retorno, a corta distancia, ofrecía un consuelo final a través de tres vueltas adicionales, buscando que las almas regresaran a su tierra ancestral tras la muerte.

Tras el ritual del olvido está la cuarta etapa: Zomai, “la casa donde no entra la luz”. En este barracón de oscuridad perpetua, los cautivos eran obligados a permanecer en cuclillas, hacinados hasta trescientas personas en un minúsculo espacio. Durante esperas que podían alargarse tres meses, comían y hacían sus necesidades en el mismo sitio, rodeados por el silencio impuesto y la barrera de idiomas distintos. La escultura que hoy preside el lugar intenta dar rostro a esa amalgama de etnias unidas por el mismo dolor.

Cerca de allí, se encuentran las fosas comunes que se usaban para desechar los cuerpos de aquellos que morían por agotamiento, hambre, enfermedades o castigos durante los cuatro kilómetros finales de la ruta. También eran arrojados allí vivos quienes eran considerados “no aptos” o demasiado débiles para sobrevivir a la travesía trasatlántica.

Tras cuatro kilómetros de polvo y martirio, la arena se abre para revelar la Puerta del No Retorno. Al frente, el horizonte infinito del océano impone un silencio que golpea con la fuerza de una ola. Es inevitable intentar habitar, aunque sea un instante, el cuerpo de los condenados: llegar allí tras semanas de tortura, con los grilletes mordiendo los tobillos, para enfrentarse por primera vez al mar. Para aquellos hombres de la sabana, el Atlántico era una masa rugiente y desconocida. Cerré los ojos unos minutos y traté de imaginar el pavor de esos seres al ver las siluetas de los barcos aguardando para devorarlos. Al subir a bordo, no sólo dejaban atrás su tierra; cruzaban el umbral hacia una dimensión donde imperaba el terror y la crueldad. Ese horizonte que hoy nos transmite paz, era, para ellos, el mímisimo descenso a los infiernos.


A bordo de los barcos, el horror se multiplicaba a escala masiva. En naves diseñadas para doscientas personas, se hacinaban hasta seiscientos africanos dispuestos en capas horizontales, como simple carga inerte. El destino final eran las plantaciones de Brasil —el principal receptor—, Haití, Cuba, Estados Unidos y las Antillas. Entre el quince y el veinticinco por ciento de los cautivos perecía durante el traslado. Entonces, sus cuerpos eran arrojados por la borda, tratados no como seres humanos, sino como desechos.

Aunque el sistema fue diseñado para el silencio absoluto, es posible leer testimonios que hoy son pilares de la memoria. Uno de los más desgarradores es el de Olaudah Equiano, quien narró el hedor asfixiante de las bodegas y el pavor visceral frente a la inmensidad del mar. Otro es el de Cudjo Lewis, último superviviente del Clotilda —barco que llegó a Estados Unidos en 1860—, cuyo relato recupera el terror de haber sido vendido por el propio rey de Dahomey. A través de sus voces podemos asomarnos al horror que la historia intentó sepultar.

Esta ruta es el recordatorio de que la opulencia de las metrópolis se cimentó sobre la deshumanización absoluta (véase “París: el brillo de la extracción” en la tercera entrega de este trabajo). Al terminar el recorrido queda claro, insisto, que más que una mera ruta histórica, Ouidah es un espacio de memoria necesaria frente a una de las etapas más sombrías de la humanidad, una herida abierta que nos obliga a preguntarnos cómo fue posible que, durante cuatro siglos, el mundo normalizara este saqueo de vidas.

África, adictiva
Benín se despide de nosotros como un lugar donde el tiempo no corre, sino que se superpone. Al final de este viaje, queda la certeza de que esta nación es una tierra donde los protocolos medievales de los reyes y la hospitalidad más descarnada caminan, siempre, de la mano. Nos llevamos grabada la espiritualidad de ceremonias vodún, el sincretismo de las misas cristianas fundiéndose con la herencia yoruba, la generosidad de musulmanas que conservan su libertad expresiva, la contagiosa risa de una infancia auténtica y la mística de los pueblos que, como los Tofinu o los Taneka, hicieron del aislamiento su bandera de libertad. Desde luego, también nos queda la impronta de la camaradería y la complicidad de los colegas que acompañaron a LaLupa.mx, en esta travesía que recordaremos hasta el final de nuestra vida. África es adictiva, ya lo dijo Josep Blanch.


















Gracias por esta serie tan interesante y tan impregnada de la profunda vivencia que tuvieron en este viaje. Uno puede tener una sensación vívida que no se obtiene a través de un documental de NatGeo. Felicidades… El banquete de imágenes de la 4a entrega, es un regalo por si mismo.
Estas experiencias transmitidas por este medio me han dejado sin aliento, conocer en toda su crudeza otras realidades me provoca un sentimiento intolerable de impotencia a la vez que un reconfortante consuelo al presenciar la alegría de la infancia que no cede ante la adversidad.
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