Si ya vivimos rodeados de imágenes que median nuestra relación con la realidad, ¿qué pasa cuando esas imágenes ya no necesitan una realidad que las sostenga?
Antes, el hacer una fotografía consistía en: presenciar algo, levantar la cámara, encuadrar, enfocar y disparar. Había una conexión entre la imagen y lo que ocurría frente a nosotros. Y, al final del día, la foto funcionaba como prueba de que algo, o alguien, estuvo ahí. Hoy, en cambio, una imagen puede nacer de una instrucción digital que la inteligencia artificial convierte en una “fotografía” sin haber pasado por una cámara. En ambos casos hay una persona decidiendo qué mostrar y qué comunicar, pero la diferencia es decisiva: con IA, esa fotografía perfecta puede surgir de algo que nunca existió.
Eso me fascina y me incomoda al mismo tiempo. Porque la inteligencia artificial puede producir una imagen que conserva la apariencia de ese proceso sin que el proceso haya ocurrido. Hace unos días asistí a una charla sobre el impacto de la inteligencia artificial en la sociedad. Alguien preguntó a la ponente: ¿qué tanto nos ha afectado la IA como seres humanos? Su respuesta se me quedó grabada: “la IA ya es una realidad con la que convivimos a diario. Lo primordial es usarla sin renunciar al pensamiento crítico, sin delegar el juicio y sin perder identidad”.
Lo pienso así: si todo se parece, ¿cómo se distingue una mirada? ¿Cómo se reconoce una voz? ¿Cómo saber si estoy frente a una imagen que nace de una experiencia o frente a una imagen que sólo imita el lenguaje de lo fotográfico? Me cuesta imaginar un mundo donde la singularidad de Graciela Iturbide, la construcción del retratista Platon o la paciencia de recorrer una ciudad con la cámara, como lo haría Alan Schaller, se vuelvan irrelevantes porque “cualquier imagen” puede generarse desde un escritorio. Porque, aunque suene obvio, yo no hago fotografías sólo con un dispositivo: hago fotografías con decisiones. Decido dónde me coloco, qué entra en el encuadre, qué dejo fuera, qué luz busco, qué espero. Esa cadena de elecciones no desaparece porque exista una herramienta capaz de generar una imagen creíble; al contrario: debería ser la base de cualquier imagen que se produzca, venga de una cámara o de un proceso asistido.
La tecnología ya no es una herramienta especializada reservada para unos cuantos. Por eso, más importante que aprender a usarla es no perder de vista algo básico: el sentido crítico. Nuestra capacidad de dudar, de preguntar, de no creerle a una imagen sólo porque se ve fotográfica.
Quizá el reto no sea generar imágenes con IA, sino aprender a no perdernos en ellas. En un mundo donde casi cualquiera puede producir una fotografía convincente, el valor no estará en la apariencia, sino en la mirada: en lo que elegimos, en lo que sostenemos, en lo que decidimos no hacer. Si algo debemos conservar en medio de esta transformación es eso: una voz propia, incluso cuando la herramienta cambie.
Ana Paula Atienza Lozada es maestra en educación y diseñadora gráfica multimedia. También es coordinadora académica de la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro
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