Durante años hemos escuchado la frase “peleas como niña” … pero pocas veces nos detenemos a pensar en las verdaderas batallas que enfrentan las mujeres, especialmente cuando se trata de su salud.
Sara es una mujer fuerte, valiente e inteligente. Durante años dedicó su vida a ser una esposa y madre amorosa, así como una trabajadora dedicada. Siempre preocupada por los demás, dejó en segundo plano su propio bienestar.
A los 50 años, su familia la anima a retomar actividades que le despierten nuevos intereses. “Tal vez algo de ejercicio te ayude con los síntomas de la menopausia”, le sugiere su médico. Después de pensarlo, Sara decide correr medio maratón: será el primer gran reto del resto de su nueva vida.
Sin embargo, el cuerpo ya no responde como antes. Los años y las responsabilidades acumuladas dejan huella. Aun así, Sara persiste. Un día, mientras entrena, nota algo extraño: sus músculos se debilitan, su cabeza late con fuerza, siente náuseas y confusión. “Debe ser el cansancio o el estrés de la semana”, piensa… pero esto es lo último que recuerda antes de despertar en una cama de hospital, incapaz de moverse por sí sola. Lo que parecía simple agotamiento era, en realidad, el inicio de una emergencia silenciosa.
Al igual que Sara, millones de mujeres en el mundo libran una batalla contra un enemigo invisible que las acecha desde el desconocimiento: el infarto cerebral, una condición en la que el flujo sanguíneo hacia el cerebro se altera de forma crítica. Durante mucho tiempo se creyó que esta enfermedad era mayormente “cosa de hombres”; sin embargo, la evidencia científica actual demuestra lo contrario: las mujeres, después de la menopausia, no sólo son más vulnerables, sino que con frecuencia enfrentan peores desenlaces clínicos y mayores secuelas.
Pero ¿por qué sucede esto? La respuesta es compleja e involucra barreras poco exploradas. El cuerpo de las mujeres guarda su propia historia biológica, una que a veces juega en su contra. Desde la primera menstruación hasta la menopausia, los cambios hormonales marcan etapas que modifican la manera en que el cerebro responde a cambios en el entorno y al paso del tiempo. Una menarquia temprana o tardía, o una menopausia prematura, pueden alterar la protección nata que biológicamente favorece a las mujeres.
La lista de riesgos no termina ahí, el síndrome de ovario poliquístico, los efectos adversos del embarazo o los tratamientos hormonales, como los anticonceptivos o la terapia de reemplazo, también dejan huellas invisibles. Algunas de estas son inevitables, pero no siempre inofensivas.
Y en ese mismo cuerpo habitan otras amenazas silenciosas: el cáncer de mama, de ovario o las enfermedades inflamatorias que, poco a poco, desgastan los cimientos del sistema. Así, muchas mujeres caminan por una cuerda floja invisible, donde la salud cerebral depende de un equilibrio que la ciencia apenas empieza a comprender y abordar.
A ello se suman los factores clínicos, quizás los más dolorosos, porque ocurren en el lugar donde debería encontrarse la esperanza: el hospital. Allí, la ausencia de protocolos con perspectiva de género provoca que los síntomas femeninos pasen inadvertidos o se confundan con enfermedades poco urgentes. Mientras los manuales describen el infarto cerebral a partir de un cuerpo masculino, muchas mujeres presentan migraña, confusión, náuseas, dolor torácico, debilidad sin parálisis facial, palpitaciones o dificultad para respirar, señales que nadie asocia de inmediato con una emergencia neurológica. Así, el tiempo —el enemigo más cruel en un infarto cerebral— se agota entre diagnósticos equivocados, así como tratamientos tardíos y poco eficaces.
También intervienen los factores sociales, marcados por los roles de género que asignan a las mujeres el papel de “cuidadoras incansables”. Entre el trabajo, la familia y las responsabilidades cotidianas, muchas aprenden a posponer sus propios malestares, a minimizar el dolor o a esperar “un momento mejor” para buscar tratamiento. Ese sacrificio silencioso, tan normalizado, termina por retrasar la atención médica y agravar las consecuencias.
En conjunto, estas condiciones generan una brecha profunda en la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de los infartos cerebrales en mujeres.
Por estas razones, en este artículo nos atrevemos a llamar al infarto cerebral una “enfermedad misógina”. No sólo porque estos discriminan entre hombres y mujeres, sino porque el sistema de salud y la investigación médica también lo han hecho, ignorando durante décadas las particularidades femeninas en una de las enfermedades más incapacitantes y mortales del mundo.
Visibilizar estas diferencias no sólo impulsa la equidad en la ciencia y en la medicina, sino que también promueve la creación de tratamientos más personalizados y efectivos, capaces de reconocer las particularidades biológicas de cada persona.
Pero, sobre todo, salva vidas. Vidas de mujeres como Sara, que merecen correr —literal y metafóricamente— sin cargar con el peso de una desigualdad que también se refleja en la salud.
*Las autoras de este artículo son estudiantes de la materia de comunicación científica de la maestría en ciencias (neurobiología), de la Universidad Nacional Autónoma de México: Stacy Yaravit Ruiz Oropeza y Rebeca Suárez Osorio.
Referencias
- Bushnell, C. D., Chaturvedi, S., Gage, K. R., Herson, P. S., Hurn, P. D., Jimenez, M. C., … & Rundek, T. (2018). Sex differences in stroke: Challenges and opportunities. Journal of Cerebral Blood Flow & Metabolism, 38(12), 2179–2191.
- Eng, P. C., Tan, L. L. Y., Kimball, T. N., Prapiadou, S., & Tan, B. Y. (2024). Ischemic stroke in women: Understanding sex-specific risk factors, treatment considerations, and outcomes. Journal of Cardiovascular Development and Disease, 11(12), 382.
- Gasbarrino, K., Di Iorio, D., & Daskalopoulou, S. S. (2022). Importance of sex and gender in ischaemic stroke and carotid atherosclerotic disease. European Heart Journal, 43(6), 460–473.
- Gibson, C. L., & Attwood, L. (2016). The impact of gender on stroke pathology and treatment. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 67, 119–124.
- Hanna, M., Wabnitz, A., & Grewal, P. (2024). Sex and stroke risk factors: A review of differences and impact. Journal of Stroke and Cerebrovascular Diseases, 33(4), 107624.
- Rexrode, K. M., Madsen, T. E., Yu, A. Y., Carcel, C., Lichtman, J. H., & Miller, E. C. (2022). The impact of sex and gender on stroke. Circulation Research, 130(4), 512–528.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “DESDE LA UNAM”, LA COLUMNA DE LA UNAM, CAMPUS JURIQUILLA, PARA LALUPA.MX
https://lalupa.mx/category/aula-magna/desde-la-unam/




